Sobrevivir a la larga noche petareña

Plomo y lluvia ambientan la velada en Petare. Nadie está a salvo cuando El Patrón grita fuego. Un enfrentamiento en la zona 8 debilita a las numerosas filas de Wilexis, quien tampoco se salva y sale herido en una pierna. Incomunicados ante la lluvia, una familia resiste los embates de la noche. Clímax presenta la serie Escenas de Petare, escrita desde sus entrañas

Viernes, 4 de octubre, 6:30 pm. Una ráfaga de disparos retumba al otro lado del cerro, el corazón de Isabel se sobresalta, mientras lava unos platos en el fregador. Se asoma por la ventana y aprecia el nublado cielo del atardecer petareño. Viene un palo de agua, el cordonazo de San Francisco debe estar por caer, nunca pasa de la primera semana de octubre. En la calle no hay nadie, ni siquiera los chamos jugando pelota. Otra hilera de tiros resuena. Preocupada por su nieto mayor, que viene del liceo, se asoma al balcón, se amarra los zapatos de goma y busca el paraguas, está roto, pero igual se abre. Preparada ante cualquier cosa.

Las primeras gotas de lluvia chocan contra el techo de zinc, con un sonido que se va incrementando lentamente pero que sin duda refleja la calma que precede a la tempestad. En cuestión de un minuto, se desata la furia de San Francisco. Llueve a cántaros y las balas al aire son como las gotas del diluvio: no cesan, pero sí aumentan. Isabel no resiste los nervios, se pone un suéter y abre el paraguas en las escaleras, baja corriendo a buscar a su nieto. Por los escalones el agua marrón corre como si se tratara de una quebrada sucia. Y una vez el último rayo solar se despide del lunes, no se va solo, también se lleva la luz eléctrica.

—¡Madurooooooo! —se oye entre la lluvia y los plomos. Isabel conoce la frase que continúa, es como un lema nacional, ella misma lo repetía, pero ya no tiene sentido.

Sin embargo, entre sus labios repite inconscientemente y al unísono con toda la zona:

—¡Coñooooo e’ tu madre!

Llega a la calle y encuentra a su nieto, sano y salvo. Abrazados bajo el paraguas, caminando los dos bajo la lluvia. La franela azul del liceo está empapada de agua, no tiene ni idea de cómo la secará para el día siguiente. Más plomos se escuchan por doquier. Subiendo con dificultad las escaleras, ve una sombra bajando con prisa las escalinatas inundadas. Darielis, la vecina, viene dando gritos y casi desnuda, detrás de ella baja Álvaro, el menor de sus hijos.

—¡Me lo mataron! ¡Me lo mataron! —grita la mujer y no resbala por los escalones.

Isabel se hace a un lado y sin tiempo de preguntar, comprende a medias lo que pasó: el hijo mayor de Darielis es uno de los luceros de El Patrón, juez de paz de la zona, y asesinó a un Polisucre en un enfrentamiento el fin de semana. Las Fuerzas de Acciones Especiales (FAES) estuvieron allanando casas a diestra y siniestra y seguramente encontraron al muchacho.

—Mi primo me acaba de llamar, parece que mataron a mi hermano —Álvaro se detiene y la comenta rápidamente a Isabel, quien termina confirmando sus sospechas. Cuando llega a la casa, llama a su hermana que vive en la zona donde ocurrieron los hechos.

La llamada tarda en caer, la lluvia y la falta de electricidad interrumpen la señal telefónica. En penumbras, camina de un lado a otro con el celular en la oreja. Al fin logra comunicarse: todos están bien, los niños debajo de la cama y ella no puede hablar mucho porque todavía hay funcionarios de las FAES recorriendo el perímetro. Lo que sucedió fue una masacre, 12 caídos de El Patrón y 3 de las Faes. La gente se resguarda donde puede, ni los perros ladran. Uno de los vecinos sufre un infarto, se escuchan gritos y Wilexis, el hombre que controla la zona, fue herido en una pierna.

La supervivencia se resume en pasar doble llave a la puerta principal, rezar el rosario un par de veces y esperar con ansias el amanecer. San Francisco llegó tarde, se quitó el cordón y castiga con lluvia. Wilexis y las FAES le siguen la corriente, pero en lugar de agua, usan balas.