Vender el anillo de bodas para comer

Hasta las prendas más pequeñas contienen un valor, más allá del sentimental. El hambre y la estrechez económica ha puesto a más de uno en la senda de los empeños para deshacerse de objetos preciados y preciosos, para poder sacar dinero y pagar lo urgente: la comida, las medicinas. Un negocio que prospera a la sombra de sus propios peligros

Vender el anillo de bodas para comer

El día que finalmente se dispuso a vender su anillo de bodas, Mayra Campos se enfrentó perpleja al mostrador de la joyería, en Capitolio, y luego se regresó a su casa despavorida con el anillo envuelto, de nuevo, entre su ropa interior. Era su segundo intento en un mismo día. La asaltaba el miedo y la dominaba también la melancolía por aquel sueño de “familia consagrada” que encarnaba el aro de nupcias. Lo que sufrió ese día fue un arrebato de dolor al pensar que se desprendería de una reliquia personal para salir de apuros: comprar la comida de la semana, pagar los medicamentos que había encargado desde Colombia y abonar parte de la deuda que mantenía con la clínica en la que estuvo recluido su padre. Fue en un tercer intento que pudo desprenderse de aquel anillo de inmensurable valor sentimental.

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Hoy la crisis económica embiste también a la otrora clase media y obliga a los hogares más afectados a despegarse del patrimonio familiar, joyas de plata, oro y piedras preciosas que en otros tiempos fueron destellos de la suntuosidad y del lujo que ostentaron hombres y mujeres que presumían el pedigree de una clase acomodada. Se trata de un capítulo que resume la historia de progreso y ascenso de hogares cuya mayor echonería se insinuó en los 80 y 90, cuando el oro parecía ser un bien democrático: cualquier familia atesoraba un suvenir de 20 quilates. No era entonces un lujo exclusivo de los políticos ni de las clases más pudientes.

“Ese día fui a Capitolio, a la esquina de Padre Sierra, ahí donde la gente vende y empeña el oro. Fui a la tienda de Marcos, un comerciante que me recomendó una amiga que había vendido la cadena de bautizo de su hija y que se ha hecho mi amigo. Fue una decisión muy dura porque sentía que se me desvanecía la vida. A mi esposo lo asesinaron hace ocho años en la Cota 905 y el anillo, junto con su ropa, era todo lo que me quedaba de él”. Es el relato de Mayra, una mujer de 62 años de edad, con dos hijos fuera del país y un padre  octogenario, afligido por un cáncer de próstata que lo consume. La vida de Mayra es más una historia de supervivencia que de logros personales. Sus dos hijos se fueron hace dos años a Santo Domingo, pero no han logrado aún aquella estabilidad que tanto anhelaron en una Venezuela convulsa, de experiencias encarnizadas, llenas de dolor y sufrimiento.

“Cuando finalmente me decidí me dieron más de 800 mil bolívares por el anillo. Fue un suspiro. Fui al Mercado de Guaicaipuro, compré carne y algo de comer; pagué 350 mil a la Clínica Razetti y el resto se lo deposité a una amiga que me trajo de Cúcuta una medicina para mi papá. Fue todo lo que hice, dos días después no tenía nada”, agrega Mayra, la mujer de mirada extraviada y párpados caídos. Todo ocurrió el tres de febrero de este año. Aún conserva la factura. El 7 de julio, casi cinco meses después, Mayra continuaba desmembrando los bienes de aquella relación. En esa oportunidad vendió un prendedor que recibió en un aniversario de Gilberto, su esposo, y un cinturón con aplicaciones en plata por los que obtuvo 700 mil bolívares. Así lo cuenta a pocos metros del Palacio Federal Legislativo, mientras espera su turno para empeñar, esta vez, su teléfono celular. “He vendido casi todo, la nevera, la cocina y algunos electrodomésticos que me dejó mi hijo, el mayor. Estoy sola y no han vuelto a mandarme dinero”, dice.

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Hasta 400 mil por gramo

Con el dólar por las nubes, hoy un gramo de oro oscila entre 360 y 400 mil bolívares. En el Área Metropolitana de Caracas existen tres lugares claves para la comercialización: el Centro Joyero del C.C. Ciudad Tamanaco, el bulevar de Sabana Grande y Capitolio, donde la efervescencia política por el arrebato del Poder Legislativo queda en un segundo plano y el interés por el oro domina la calle. En este último punto hay ladrones que se juran “tarjeteros”, intermediarios que dicen comprar oro y se ofrecen para trasladar a los interesados hasta la casa con mejor oferta. Pero en el camino despojan a sus víctimas de sus bienes. La negociación previa ocurre a boca de Metro, bajo la mirada de la Guardia Nacional.

Marcos Liendo, un hombre que incursionó en el negocio de la venta desde 1982, en el centro de Caracas, recibe entre 10 y 20 personas por día que intentan salir del atolladero vendiendo o empeñando el oro familiar. Apunta que desde septiembre de 2016, la compra y venta se incrementó en al menos 50%. En un día ordinario, solía recibir entre 10 y 12 clientes, hoy la cifra se duplica y en algunos casos ha llegado a atender hasta 35. Buena parte de ellos acuden por empeño, cuyo trato oscila entre los tres y cinco meses. Pero el pago de intereses hace que muchas personas no puedan recuperar el bien comprometido. “Hay quienes empeñan sus joyas sabiendo que la van a perder. Se trata de una modalidad que sirve de desahogo y que permite al propietario recibir hasta 40% del costo real de la pieza en calidad de préstamo. Pero el riesgo nace cuando los propietarios no tienen cómo regresar la plata ni cómo pagar los intereses de la deuda”, cuenta.

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Alejandro Plasencia, un hombre que vive de la reventa de oro en Ocumare del Tuy, en el estado Miranda, asegura que en los pueblos la gente está saliendo de sus joyas para escapar de los aprietos económicos. La práctica, que gana adeptos en la ciudad, donde la crisis económica no discrimina a ninguna familia, ha devenido en las zonas más deprimidas en una actividad fraudulenta, donde ganan quienes amañan las balanzas y los pesos. Plasencia retrata con un caso particular la necesidad de quienes venden  su oro para comer. Cuenta que en una noche, una mujer de aspecto andrajoso,  se acercó a su casa para venderle lo que creía un anillo de oro. Buscaba dinero a toda costa para darle de comer a sus tres hijos y calmar sus estómagos. “La mujer llegó a mi puerta, tarde, en la noche, para que la ayudara, me suplicó que le diera lo que tuviera. Pero la pieza no era de verdad”, contó Plasencia.

El negocio del oro, que se desarrolla en un ambiente turbio, sombrío, por el control cambiario que asfixia la economía del país, tiene sus secretos. Y existen básicamente dos tasas de cambio que rigen el mercado: una oficial, que es más una entelequia, una ficción gubernamental, que se calcula en función al dólar Dicom, cuyo precio oficial es actualmente de Bs 11.311, y el dólar paralelo, que esta semana alcanzó los Bs 23.871. Pero en la práctica el mercado funciona bajo el regazo de DolarToday, que fluctúa según el cambio en la frontera con Colombia. “Muchas personas han aprendido las mañas del negocio. Saben si subió la onza. Aprenden a verificar los montos a través de páginas como es.investing.com y están pendientes de que no los engañen. Muchos de los compradores le restan entre 5% y 15% del valor a cada pieza para obtener una ganancia. Y las personas reciben ofertas engañosas”, comenta Plasencia.

Guardar la pieza para engordarla

Danna Molina, un ama de casa que dejó sus quehaceres domésticos para ganarse la vida planchando ropa ajena, dice que conoce muy bien el negocio. Ha vendido dos pares de zarcillos, una cadena de oro y dos anillos. Bienes que adornaron su juventud y que conservó hasta junio pasado, cuando debió vender el último par de aretes para aliviar sus dramas económicos, que son también las penas de una familia embestida por la crisis. “El dinero no alcanza. Hace varios años que vendí un anillo que amaba, preferí hacerlo antes que regalárselo a los delincuentes. El año pasado puse en venta el anillo de grado de mi hijo para pagar una cirugía que le practicaron en una rodilla. Lo arrolló una moto y tuvimos que correr de emergencia. Lo último que vendí fueron unos zarcillos que me regaló mi mamá y que más nunca pude usar”, cuenta Danna, de San Martín. No emite un solo mohín de arrepentimiento por haber negociados sus pertenencias, pero sí se lamenta de haberlo hecho a principios de año, pues hoy habría obtenido el triple del dinero.

En el “pasillo del oro”, como se conoce popularmente el pasaje comercial frente a la Asamblea Nacional, en Capitolio, algunos caminan apresurados, se agitan, parecen conducidos por la premura de quien intenta zafarse de un problema. Muchos son proveedores de última hora, personas que sin planteárselo incursionan en el negocio del oro azuzadas por el hambre y la necesidad. Algunos están asolados por la pobreza o un estado de miseria súbito e insospechable. Andrés Eloy Durán, un octogenario residente de La Pastora, es uno de ellos. Vendió dos juegos de yuntas de oro, que usaba para sujetar los puños de las camisas que lo vestían cuando ejercía como profesor en la Escuela de Trabajo Social de la UCV.

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Durán dice que fue una decisión consensuada con su  esposa. A sus 81 años de edad, cree que “lo material se recupera”, a diferencia de la salud. Una obstrucción intestinal, que le interrumpió el tránsito en sus vías digestivas y le causó una asepsia, lo hizo usuario de bolsas de colostomía. “Un día me paré de la cama, me puse morado, vomitaba y me dolía muchísimo el abdomen. Cuando me desperté habían pasado dos días y estaba cagando en bolsas”, comenta con la desvergüenza de quien asegura haber vivido lo suficiente. Ha transcurrido alrededor de un año desde que ello ocurrió y más de 10 meses desde que vendió sus yuntas, las de toda una vida, para asegurarse las bolsas de colostomía que les fueron traídas desde Perú.

La coyuntura se presta incluso para un negocio más lúgubre: la venta de oro falso y  gold-filled, una aleación cuya materia prima es el latón y que circula como oro. Hay quienes incluso han sido víctimas de estafas. Javier Almeida, un comerciante al menudeo que le saca provecho a los metales en el Bulevar Panteón, en el centro de Caracas, hila su propia historia y anécdotas en torno a la trácala. “Siempre advierto a mis clientes fijos sobre el peligro de vender oro. Tienen que estar bien despiertos. Una vez me llegó una señora diciendo que le fundieron su cadena y que luego le entregaron una barra de gold-filled, con la que supuestamente le probaron que su prenda no tenía valor”.

Mercado turbio

En Caracas, el exceso de control parece aupar la compra y venta de oro. Es el aliciente de una modalidad que florece en la sombra, desde las entrañas de las esquinas el Conde y Padre Sierra, en Capitolio, donde hierven los “tarjeteros”. El negocio no solo incluye oro, también tiene cabida para la plata, dólares, euros y cualquier divisa internacional. En algunos casos también se admite el empeño de teléfonos móviles. Se trata de un mercado que en octubre de 2015 dejó un saldo de 22 personas detenidas durante una operación encabezada por la Superintendencia Municipal de Administración Tributaria y la policía de Libertador. En esa ocasión se cerraron 200 locales comerciales y se incautaron barras de oro crudo, proveniente del mercado primario, las minas y excavaciones auríferas.

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En Venezuela, el oro y demás minerales que se obtienen de la actividad minera son de dominio exclusivo del Estado, de venta obligatoria y entrega al Banco Central de Venezuela. No así las joyas de uso personal, según el Decreto N° 2.165 con Rango, Valor y Fuerza de Ley Orgánica que Reserva al Estado las Actividades de Exploración y Explotación del Oro y demás Minerales Estratégicos. Un instrumento legal que norma la actividad minera y que fue oficializado en la Gaceta 6.210, de fecha 30 de diciembre de 2015. Quienes incurren en infracciones, como lo hicieron algunos comerciantes hace dos años, son sancionados con multas que van desde 400 a 2.000 unidades tributarias. Pero ello no representa ninguna amenaza para quienes se atreven a poner sus productos en el mercado negro, incluso para aquellos que extraen oro de manera artesanal.

“Muchas casas tienen el peso montado. Si la pieza pesa cinco gramos, te dicen tres. Te roban dos o te dañan la prenda. Hay que saber dónde vender. Algunos compradores solo cancelan a través de pagos electrónicos que jamás se hacen efectivo”, agrega Aníbal Monasterio. Su verbo pausado parece contener toda la experiencia de quien sabe transar en ese mercado. Monasterio es de Valencia pero cuenta que llegó a Caracas movido por la fiebre del  metal. Primero tuvo un local en las Fuerzas Armadas, lo vendió y años más tarde se instaló en La Francia, espacio que el presidente Hugo Chávez  expropió en febrero de 2010. “Yo era chavista. Un amigo de la alcaldía de Caracas ya nos había advertido sobre lo que antes de la transmisión en vivo había sido solo un rumor. Pero me tocó, a través de VTV, desde mi propio local ver cómo el presidente acabó con 25 años de trabajo”.