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Atletas paralímpicos, no hay impedimento que valga

Después de los Juegos Olímpicos, desde el 7 de septiembre llega la hora de los deportistas con algún impedimento motor, visual o intelectual. En Río 2016, Venezuela podría ampliar su historial de 11 medallas desde Sidney 2000, aunque la preparación distó de ser perfecta y varios atletas discapacitados se quedaron por fuera a pesar de que alegaban haber cumplido las marcas exigidas

La madre de Yomaira Cohen Epieyu, una mujer de la etnia wayúu, quedó atrapada en un ascensor de Maracaibo en la noche de Navidad de 1982 y dio a luz sin que la recién nacida contara con suficiente oxígeno. La hoy agroecóloga graduada de 33 años creció con una parálisis cerebral que afecta levemente la coordinación de su pierna y brazo izquierdos, pero ella dice que el único momento en que le acompleja su condición es cuando la invitan a una fiesta y no puede ponerse tacones.

Abrahan “Tigre” Ortega se estrelló en una moto contra una unidad de transporte público en 2011. Conserva su miembro superior izquierdo, pero una lesión en los nervios del plexo branquial impide que pueda moverlo o experimentar sensaciones táctiles. Samuel Colmenares se quedó dormido junto a su acompañante en un camión accidentado que transportaba material de construcción de Maracay a San Carlos en 2005 y a los 18 años le amputaron su mano dominante, la derecha.

Fernando “Ferrari” Ferrer recibió un disparo de escopeta en medio de una trifulca en una época en la que admite que era un joven “desadaptado” de 20 años y perdió la vista, pero no la vida. A Belkis Mota le diagnosticaron una distrofia de retina cuando estudiaba en el Pedagógico de Caracas a los 25 años y cada vez que acude a un examen oftalmológico su condición progresa para peor. Omar Monterola nació con parálisis cerebral. Denisos Martínez salió del infierno: tenía problemas de aprendizaje y recogía cartón y aluminio en el relleno sanitario de La Guásima, en el estado Carabobo, hasta que la abuela Nelly, encargada de su crianza, lo inscribió a los ocho años en una escuela de educación especial. El ingeniero mecánico Rafael Uribe se desplaza con una pierna nueve centímetros más corta que la otra, y sin embargo, salta como un hombre de goma.

Victor Hugo Garrido
MALANDROS EN EL VALLE

Después de los Juegos Olímpicos vienen los Paralímpicos, del martes 7 al domingo 18 de septiembre en los mismos espacios en los que se compitió en Río 2016, y las historias de los 23 venezolanos que acudirán —entre ellos los lanzadores de jabalina Yomaira y Abrahan, el semifondista Samuel, el tenismesista Denisos, la nadadora Belkis, el saltador de altura Rafael o el velocista Fernando, que emula a Usain Bolt en la pista con la ayuda de un guía que corre a su lado como un hermano siamés— también hablan del país.

Abaleado por un automóvil

En muchos casos son ciudadanos de origen humilde, rescatados de manera más o menos azarosa por algún entrenador anónimo que detectó en ellos la capacidad de sobresalir en un deporte precisamente por las “mutaciones” —como los incomprendidos superhéroes de la película X-Men— que les hacen tan excepcionales: algún impedimento motor o visual, ausencia de una o más extremidades, enanismo o alguna dificultad intelectual que afecta específicamente su desempeño deportivo —no incluye síndrome de Down. Y ahora agradecen las becas que reciben del Estado, que en ocasiones no pasan de ocho mil bolívares, o la oportunidad de alojarse en las residencias del Instituto Nacional del Deporte en la localidad capitalina de La Vega.

Otros rompen ese molde, como Edson Gómez, un ex gerente del Banco Exterior que el primero de febrero de 1997, a los 26 años, fue víctima de un atraco para quitarle su automóvil y recibió cinco disparos, entre ellos uno en la médula espinal que le confinó para siempre a una silla de ruedas. En la terapia de rehabilitación en el hospital Pérez Carreño empezó a jugar tenis de mesa y a los 45 años sigue practicando ese deporte en un nivel paralímpico dentro de la clase 4: “atleta sentado con equilibrio no óptimo debido a inestabilidad de la pelvis”. Porque una de las cosas que hay que aprender sobre los Paralímpicos es su compleja nomenclatura. En atletismo, por ejemplo, el número 11 se refiere a impedimento visual total o casi total, el 20 a dificultades intelectuales, el 37 a parálisis cerebral y el 46 a la amputación o inhabilitación de miembros superiores.

Además de controles antidopaje tan o más estrictos que los de los Juegos Olímpicos, los deportistas deben cumplir rigurosas certificaciones internacionales para descartar la simulación o exageración de alguna condición. Los paralímpicos no siempre son cándidos ejemplos de inspiración. Aquí también están en juego glorias nacionales y enormes egos que necesitan masajes, un factor frecuentemente soslayado cuando se analizan las motivaciones de la alta competencia. Que lo diga el hoy tristemente célebre sudafricano Oscar Pistorius, quizás el atleta discapacitado más famoso de todos los tiempos y actualmente encarcelado por asesinar a su novia.

luis paiva
MALANDROS EN EL VALLE

La laceración de la lástima

“Si hay algo que le molesta a 99% de las personas que tienen algún tipo de discapacidad es que lo vean con lástima, o diferente a alguien ‘normal’, entre comillas. La imagen que me gustaría que dejaran estos Juegos es que, a pesar de tener alguna discapacidad, eso no nos impide ser grandes atletas. Somos personas como cualquier otra”, deja claro Mauricio Briceño, un caraqueño de Brisas de Propatria con ambliopía bilateral que practica un arte marcial a tientas —prácticamente ha perdido toda la visibilidad del ojo izquierdo—: el judo paralímpico, que se basa en la intuición y en la anticipación de la más mínima vibración de movimiento que escapa del cuerpo del contrincante.

Una judoca es la única medallista de oro de Venezuela: Naomi Soazo, la campeona en Beijing 2008 que regresará para sus terceros Juegos en Río 2016, y que estuvo a punto de retirarse del tatami después de Londres 2012 al alegar que el deporte de contacto podía agravar su condición de retinitis pigmentaria. Un riesgo siempre implícito.

yomaira cohen
MALANDROS EN EL VALLE

“Cuando se llega a niveles de alta competencia, seas atleta olímpico o paralímpico, el deporte deja de practicarse como profilaxis. Cuando vas más allá del umbral humano, el organismo siempre lo cobra”, recuerda Ramón Rodríguez, el cubano que entrena a los dos ciclistas con una única pierna de la delegación, el apureño Cirio Molina —una ex promesa futbolística del equipo Táchira que a los 17 años quedó amputado por un osteosarcoma en el fémur izquierdo— y el merideño Víctor Hugo Garrido, discapacitado desde los 22 por un accidente en moto y un tricampeón mundial al que solo le falta una medalla paralímpica para completar un currículo que incluye un maratón de Nueva York completado en muletas en 1997. A punto de cumplir medio siglo de vida, desde 2011 se desempeña además como funcionario del consulado venezolano en Bilbao. “Estimo que, pese a ser una directriz del presidente Hugo Chávez, a veces se palpa cierta diferencia —con respecto a los atletas convencionales— y ello no debe suceder. El desarrollo deportivo y competitivo se debe realizar en igualdad de condiciones y oportunidades”, señala Garrido desde España.

No es el único ejemplo de longevidad. La paradoja del deporte paralímpico es que no se “forma”. Por definición, el talento es escaso, y a veces nunca aparece la generación de relevo. La delegación de Venezuela en Río 2016 incluirá a una abuela de El Tigre de 62 años acosada a los seis meses de vida por la poliomielitis: Zuray Marcano, profesora jubilada de castellano que ha sido presidenta de la Asociación de Escritores de Aragua y que aparenta unos 20 años menos, y un caso insólito en una disciplina que depende de la fuerza muscular: la potencia, el equivalente al levantamiento de pesas sin ayuda de los cuádriceps de las piernas.

belkis mora
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Exclusiones incómodas

El deporte paralímpico se conecta a la perfección con el discurso de presunta inclusión de la revolución bolivariana —el mismo que, con la ayuda de un carnet de discapacitado, permite saltarse las interminables colas por alimentos que se forman en el país—, y ciertamente los resultados no han sido mezquinos: 10 medallas de todos los colores desde Sidney 2000, a las que hay que agregar un bronce en 1992 del hoy prácticamente olvidado Yolmer Urdaneta, multiatleta zuliano con déficit visual y pionero en los podios paralímpicos, del que se cuenta que posteriormente se quitó la vida rodeado de todas sus preseas y trofeos.

En Río 2016 también hay esperanzas, sobre todo con la lanzadora de jabalina wayúu, Yomaira Cohen —categoría de parálisis cerebral—, el corredor de medio fondo barloventeño Luis Arturo Paiva —dificultades intelectuales— o la abanderada y velocista zuliana Sol Rojas —invidente. Aunque la narrativa también tiene grietas. Los practicantes de atletismo hicieron parte de su preparación final para Brasil bajo la tutela de Mikhail Poliakov y Elena Goncharova —esposos y entrenadores rusos radicados en el país desde principios de siglo— en el estadio caraqueño Brígido Iriarte, cuya pista de tartán casi ha desaparecido bajo las pisadas del deterioro.

omar monterola

La delegación tricolor será bastante más pequeña que la que se envió a Londres 2012 —era de 30 deportistas—, y algunos atletas en sillas de ruedas se quedaron por fuera a pesar de que alegaron que cumplían con las marcas mínimas exigidas. Se presenciaron casos incómodos como el de José Rafael Zambrano, un corredor aragüeño de Zuata que está ubicado undécimo en el ranking mundial de los 1.500 metros planos de T38 —una de las categorías de parálisis cerebral— y que aseguraba entusiasmado en el Brígido Iriarte que estaría en Río “representando con orgullo a mi país, mi estado, mi municipio y mi parroquia”, cuando en realidad no sería así.

“Me daba pena que me vieran el brazo inmóvil al caminar, hasta que vi a otras personas con problemas iguales o peores que el mío y que llevaban una vida normal en la pista atlética. Nunca acudí a un sicólogo: mi sicólogo es el deporte”, apunta Abrahan Ortega, el lanzador de jabalina del accidente en moto. “No me gusta faltar a ningún entrenamiento. Soy ‘correctamente’ en mi broma. Siempre me dice cosas la gente, pero no le paro. Me gusta como soy yo y cada día hago más cosas yo misma”, desprende Yescarly Medina, una maracayera de 24 años que luce récord panamericano en 100 metros planos con parálisis cerebral —14,04 segundos— y que maravilla con la inesperada lógica de sus construcciones verbales. “De niña corría por el patio, me caía, me abría unos huecazos y mi mamá me regañaba y me echaba limón y alcohol. Ahora se siente orgullosa y feliz de mí”, relata la zuliana Greilyz Villarroel, aquejada por múltiples condiciones visuales —estrabismo, glaucoma o retinitis— desde su etapa de gestación y ahora una corredora de velocidad acompañada por un guía al que considera “mis ojos, mis piernas y mi todo”. Esas pequeñas historias son las que, más allá de la grandilocuencia oficial, sostienen el genuino espíritu paralímpico.

delegacion vzlana