Venezuela en protesta está de psiquiatra

La locura está a la vuelta de la esquina. Es un perro rabioso que ladra. En un país patas arriba, es casi imposible mantener la cabeza bien puesta —lo mismo que guardar temperancias. El venezolano no solo debe arrostrar dificultades económicas, políticas y sociales, sino también una crisis constitucional que acosa incluso a la psique. La salud mental también sufre en tiempos de resistencia

—Ayer no pude dormir nada. Estuve pegada al Twitter tratando de ver qué pasaba —le comentaba una señora a su amiga, mientras hacían la cola para comprar el pan en una panadería en el Este de la ciudad.
—Yo tampoco pude. Tengo días que duermo mal —respondió su interlocutora.
—Eso es el país. A todos nos tiene mal.
Esta conversación se repite por doquier. Son tiempos de incertidumbre. Se perdió la normalidad de la rutina. Despertarse e intentar salir. Nunca con la certeza de volver. Dormir a duras penas. El teléfono siempre en la mano para revisar una y otra vez las redes sociales, grupos de Whatsapp… cualquier ventana de información. Saber lo que pasa para no perder la cordura por completo acucia una sed abrasadora. Luego del dato, artículo o analista consultado se pierden ánimos, también la tranquilidad. La perturbación menoscaba resiliencias y, sin embargo, la vida sigue. Pero no todo está bien.
La calle está desbordada de expresiones emocionales. Son consecuencias de la crisis política e institucional. La Asamblea Nacional Constituyente, además de ser un desaguisado que no se aviene con el derecho ni con la exigencia popular, se convirtió en germen peligro. La Federación de Psicólogos de Venezuela lo explica mediante un comunicado publicado el día 5 de mayo de 2017. “Desde una mirada psicosocial podemos hablar de una crisis de sentido, ética, de referencias institucionales, de convivencia, del pacto social. Es una crisis humana que ha derivado en una profunda conmoción existencial que se expresa en la vida cotidiana de la gente, en las áreas de lo íntimo-personal y en la vida colectiva”, suscribe el legajo.
El caos y la amenaza de perder la democracia también afectan la psiquis. La situación de protesta continuada, todavía más. “La incertidumbre política, la constante inseguridad han creado un clima de zozobra, que concertado en sobrecarga, o estrés ambiental, afecta la estabilidad psicológica”, explica el doctor en Ciencias Sociales Axel Capriles. En estos tiempos, los sentimientos se mantienen a flor de piel y se exacerban sensaciones difíciles de manejar: frustración, tristeza, rabia, indignación, duelo. Todos estos se filtran en la población, impulsando a nuevas alteraciones que, si no son bien trabajadas, pueden desembocar en patologías psicológicas.
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No es algo nuevo. Más allá de las cifras de organismos internacionales, en el país se desconocen las de pacientes con trastornos mentales. Sin embargo, varios expertos —psicoanalistas o junguianos— coinciden: en el último lustro ha habido un aumento considerable en las visitas a sus consultorios. “En estos momentos se está sufriendo muchísimo de angustia y ansiedad. A pesar de la escasez de medicamentos, hay una gran presión en la demanda de ansiolíticos”, afirma Capriles. Coincide Robert Lespinasse, expresidente de la Sociedad Venezolana de Psiquiatría, quien añade: “Generalmente se ven cuadros de trastornos de ansiedad y cuadros depresivos”.
De la mano de expertos en el área, Clímax desentraña la psique del venezolano en medio del revolú. Tomando como base los malestares que acongojan a algunos, nos atrevemos a diagnosticar. Conocer para poder sanar. Entender que vivimos un escenario donde la locura es compartida. Una Follie à deux. De un bando al otro la aseveración es la misma: “Nos están volviendo locos”.
La angustia perenne
Carolina Solórzano, de 47 años, es abogado y madre. Llevaba días en los que apenas podía mantener la calma. No dormía de la angustia. No era suficiente el temor de no poder abastecer a su familia—a sus dos hijos y a su madre—, y ahora se le suma la falta de templanza en tiempos de protestas. Cada muerto la hacía pensar en que pudo haber sido su hijo. Salir a trabajar o no hacerlo era su dilema diario. “No recuerdo la última vez que me sentí realmente segura en estos últimos meses”, afirma.
Igual decidió salir a manifestar. Pero ese día algo pasó. Carolina no podía respirar. Vio a lo lejos cómo los agentes de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) comenzaban a acercarse a la concentración. No estaba cerca del gas lacrimógeno, pero igual sentía cómo el aire no lograba llegar a sus pulmones. Las manos, dormidas, no las sentía. El resto de su cuerpo temblaba. Su hijo, quien la acompañaba, trataba de hacerla entrar en razón. Carolina solo lloraba. No sabía por qué. Para ella el tiempo se detuvo. Pasaron unos minutos antes de volver en sí.
Cerca de la autopista Francisco Fajardo, en una de las manifestaciones pautadas a principios del mes de mayo, Carolina Solórzano sufrió un ataque de pánico. De acuerdo al psiquiatra Robert Lespinasse, esto se refiere a una “reacción de ansiedad muy intensa, acompañada de la sensación de falta de capacidad para contralar la reacción y de un sentimiento de angustia profundo”.
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Los ataques de pánico son una reacción muy intensa de ansiedad. Esta se refiere a una respuesta de anticipación involuntaria del organismo frente a estímulos, tanto externos como internos, que son percibidos por el individuo como amenazantes. Estos desencadenan en la persona la necesidad de adoptar medidas necesarias para enfrentarse a lo que se supone puede ser un peligro o espantajo. Real o no, el cuerpo no lo distingue. Más bien adopta una visión catastrófica: “La persona ve todo mucho más grave de lo que realmente es. No ven una solución factible”, añade Lespinasse.
El venezolano, acosado por la inflación, por la incesante e inclemente inseguridad, confundido ante el escenario político y lleno de incertidumbre por el futuro, no puede evitarlo. Las preocupaciones dejaron de serlo y pasaron a un término más fuerte: ansiedad generalizada. “Hay mucho temor de no saber qué hacer o de no poder lograr mantenerse en este contexto”, explica la psicóloga María Isabel Parada, quien trabaja para la ONG Psicólogos sin Fronteras.
Quedarse sin ganas
“¿Hasta cuándo?”, se pregunta Andreina Salazar. “Ya yo no sé realmente si vamos a salir de esto. Siento que nada va a mejorar”. Tiene 33 años, es publicista y admite una sensación de derrota que no logra sacudirse. La continua exposición a la ansiedad puede desembocar en distintas alteraciones emocionales. Concentrarse en el trabajo se le hace imposible. Tampoco tiene ganas de salir. Vive cada día con un pesar. “No veo nada positivo. Me siento drenada. Sin energías”, afirma.
De continuar o empeorar su padecimiento, podría transformarse en un cuadro leve depresivo. La depresión, comoun trastorno del estado de ánimo, está caracterizada por sentimientos de abatimiento e infelicidad y culpabilidad, además genera una incapacidad total o parcial para disfrutar de las cosas y de los acontecimientos de la vida cotidiana. “Frente a la situación que se vive, la frustración de no ver solución lleva al estado depresivo. Sentirse vencido produce que la persona se abandone y deje de luchar”, explica Lespinasse. “La desmoralización genera en el individuo la pérdida del interés en resolver los problemas u obstáculos que se presenten”, añade el psiquiatra.
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Trauma tras represión
A veces experiencias puntuales son las que más afectan al ciudadano. Es el caso de Estefanía Ravelo. Tiene 22 años y es estudiante de Artes Audiovisuales. Decidió asistir a las protestas de abril sin imaginarse lo mucho que iba a impactarla. “Nunca pensé ver tanta violencia. Nunca había vivido la represión en una marcha”, admite. Sin buscar el vórtice del asunto, fue alcanzada por él. Se encontraba en Las Mercedes cuando tragó “gas del bueno”. Ella, asmática, tuvo que correr en varias oportunidades no solo para evadir la nube irritante, sino también para eludir los cuerpos de seguridad.
Esto no logró alejarla de la calle. “Seguí asistiendo a las manifestaciones. Pero conforme la violencia comenzó a escalar, el miedo creció todavía más”, tirita como una burbuja. El terror no se disipaba una vez que llegaba a su casa. Pesadillas en las noches y una sensación de miedo comenzaron a acompañarla diariamente. “A veces voy en el carro y siento que huelo las bombas lacrimógenas. O cuando escucho un sonido fuerte siento que es una detonación”, admite.
La situación de Estefanía podría denominarse como estrés post-traumático. Un trastorno asociado a individuos que viven en situación de guerra. “Este trastorno se da un tiempo después del hecho que marcó a la persona. El impacto generó un estado de excitación muy elevado que la mente no logra procesar enteramente. Esto trae como consecuencia que la persona reviva constantemente el hecho”, explica Lespinasse.
La enajenación del chavismo
“Cada loco con su tema”, dice un adagio popular, el título de un disco de Joan Manuel Serrat y el nombre de un grupo de salsa venezolano. Para cada bando de lucha existen trastornos propios. La bancada oficialista, por ejemplo, mantiene una postura de completa normalidad. Hacerse de la vista gorda ante las manifestaciones, la crudeza de la crisis y los fallecidos en estos últimos 60 días. Es lo que establece el doctor Lespinasse como “un estado de negación del Yo”. Un mecanismo de defensa para evadir asumir responsabilidades. “Es querer negar todo lo que ocurre para defenderse ante la situación y así evitar culpabilidad”.
La percepción de que el chavista se encuentra completamente “enajenado” de la realidad no se trata de un verdadero trastorno del pensamiento. No se refiere a una disociación de la realidad o a un trastorno esquizofrénico. “Es la forma clásica del comunismo. El comunista niega todo y culpa al otro, así evitan la responsabilidad de los daños que generan”, afirma el psiquiatra. “En el clima de polarización entre chavistas y el resto de la población, los contrarios se repelen. Pero la argumentación sobre el oficialista enajenado más bien apunta a una percepción del pueblo de que la clase dominante está totalmente ajena al sufrimiento del país, que su discurso no encaja con las características objetivas de la realidad”, añade el Axel Capriles.
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Resiliencia sobre todas las cosas
El diagnóstico añade un elemento sorpresivo. “Hay un clamor que, por un lado, da cuenta de un profundo sufrimiento colectivo manifestado en descontento, ira, violencia, indignación y hartazgo social; pero, por el otro, expresa acciones y formas de resistencia, sueños y voluntades que buscan su cauce ante esta grave y extendida problemática que afronta el país”, estableció la Federación de Psicólogos de Venezuela. A pesar del ecuménico malestar, se impone una fuerza que se sobrepone a las aflicciones. Coinciden los expertos: el venezolano todavía tiene con qué. Una fortaleza del espíritu que mantiene todavía viva la protesta. Un impulso derivado de la determinación: las cosas podrían mejorar.
“Hay una doble respuesta. El miedo y la angustia en contraposición con un ‘nos la jugamos el todo por el todo’. La población siente que este es el momento de actuar. Se impone una esperanza y una resiliencia sobre los sentimientos desoladores”, explica Parada. Coincide Capriles: “Estamos viendo a una población que, aunque desarmada y despojada de sus derechos civiles y constitucionales, siente que puede cambiar la historia del país. Es todo lo contrario al pesimismo”.
El diagnóstico final no es sencillo. Una aproximación la desliza el autor del libro La picardía del venezolano: “Venezuela está disociada, despersonalizada, ha perdido la visión de lo que era, y entre desesperanza, frustración, ansiedad y rabia, anda a tientas en búsqueda de una nueva identidad”. Quizás acorde en democracia.
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