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Venezuela: la triste, la deprimida a punto del suicidio

Los sicólogos y psiquiatra alertan: cada vez son más los venezolanos que se sumen en la tristeza o depresión. Las razones abundan pero no lo medicamentos para contrarrestar los estados sicóticos. Pese a que el Instituto Nacional de Estadísticas no ha entregado cifras desde 2012, un mal latente crece en sigilo: el suicidio

Mariale Rodríguez hoy tiene 25 años. Es periodista, egresada de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB), y trabaja en un periódico digital. Vive en Las Flores de Catia, junto a su familia adoptiva: su abuela postiza, Dolores, su abuelo Nino, su tío Carlitos y su madre Yasuri. Ninguno de ellos entiende la depresión que atravesó entre el 2013 y 2014, cuando todavía estaba en la universidad y debía esconderse para salir con su novio.

“En mi casa hay una persona que es mi abuela postiza. Es autoritaria, muy mandona, muy quisquillosa, le gusta que se haga todo lo que ella diga. Desde que yo era pequeña, siempre quiso tener mucha autoridad en mí: gobernaba mi manera de vestirme, me exigía en los estudios y me controlaba adónde iba… me sometía, literalmente. Mi primer novio oficial fue en el 2010. En el 2013, mi abuela ya estaba con un nivel autoritario muy alto y me controlaba muchas cosas de mi vida personal, íntimas, de mi pareja… (…). Después de todo lo que yo había vivido, explotó la depresión. Yo lloraba muchísimo, porque mi abuela me decía que si mi novio quería ir a mi casa tenía que afeitarse, criticaba su forma de caminar, me imponía hora de llegada, mi insultaba, me regañaba, hubo amenazas de agredirme físicamente (…). Me pegaron hasta los 18 años. Dolores me decía que era una gafa, una estúpida, que no servía para nada. Me dice actualmente que soy una burra, una profesional burra. Dice que mis amigos son basura. Una somatiza de diferentes maneras los sentimientos. A mí me dio la depresión”.

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Dolores la amenazó con llevarla a un ginecólogo para comprobar si era virgen. Su psiquiatra, Patricia Galíndez —psicoterapeuta y vicepresidenta de Fundabipolarve—, le aseguró que hacer eso era quebrantar la ley: significaba violación a la intimidad.

Galíndez define la depresión así: “Es una alteración patológica del estado del ánimo con descenso del humor que termina en tristeza, acompañada de diversos síntomas y signos de tipo físicos, como pérdida de apetito, insomnio o cansancio; y emocionales, del pensamiento, del comportamiento y de los ritmos vitales. Esos síntomas persisten por un tiempo habitualmente prolongado: mínimo dos semanas”.
Manuel Llorens, psicólogo y escritor, quien atiende casos de depresión en la Unidad de Psicología del Parque Social de la UCAB, asegura: “La depresión es un cuadro de malestar emocional clasificado entre los trastornos afectivos en los manuales diagnósticos internacionales. La discusión si es o no una enfermedad tiene una larga historia. Sin embargo, el uso del término trastorno termina siendo en la práctica como si fuera una enfermedad”.

Las causas que la desencadenan, explica Patricia Galíndez, suelen ser una mezcla de factores biológicos —genéticos, condición física, enfermedades asociadas— y ambientales —obstáculos en la vida cotidiana, familia, problemas sociales, políticos y económicos. De estos factores dependen las posibilidades de que la depresión disminuya o empeore. En el caso de Mariale el detonante fue su situación familiar: las agresiones de Dolores, la poca intimidad de la que disponía al compartir cuarto con su madre y una historia turbia.

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Por lo poco que sabe, cuando su madre biológica quedó embarazada de ella, se enteró de que su pareja —progenitor de Mariale— estaba casado. Lo despachó y decidió asumir la responsabilidad de su futura hija ella sola. Como no tenía quien la cuidara estando embarazada, Dolores, su tía, se ofreció a atenderla. La relación entre ambas se estrechó. Cuando nació Mariale, decidió dejarla un tiempo en la casa de Dolores, mientras ella atendía a su padre, recién diagnosticado de diabetes. Mariale nunca más volvería a vivir con su madre biológica. Aunque siempre iba a visitarla, a Guatire. Una vez, durante unas vacaciones, cuando tenía 14 años, sufrió una violación. “También lo superé sola. No le dije nada a mi familia. Las únicas personas que se enteraron fueron mis psicólogos y mi ex pareja”.

¿Quién abusó de ella? “Un primo que vive cerca de mi casa. Yo todavía lo veo. Lo trato de hola y ya. Él actualmente tiene una hija, de cinco años. Yo digo que la vida es como el Seniat: nadie se va sin pagar la factura (…). Estábamos en casa de mi tía. Él intentó abusar. Recuerdo que me metió en un escaparate. Sí me metió cosas. Pero bueno, gracias a Dios no hubo penetración ni nada. Y después yo quedé como shockeada. Ahora yo salgo sola con un hombre y le digo a alguien de confianza: mira, toma este número, si yo no respondo en tanto tiempo, llama. Porque a uno le queda esa desconfianza, es un mecanismo de defensa”.

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Esa experiencia la llevó a esperar hasta los dos años de noviazgo con su ex pareja para darse permiso de perder la virginidad. Un año más tarde, llegaría la depresión. “Yo tenía relaciones y no sentía nada o me ponía a llorar. La depresión te pone el autoestima muy bajo. Pensé en retirarme de la carrera, porque yo decía que era una buena para nada. Pasaba hasta una semana sin bañarme: son actividades que cuando uno está mal le cuesta llevar a cabo. Para mí en ese momento era difícil hasta comer. Me la pasaba todo el día en mi cama o en la computadora”.

Para Mariale, parte de la solución hubiese sido mudarse de casa. Pero lograr la independencia absoluta en Venezuela es casi imposible. El Índice Nacional de Precios al Consumidor (INPC), elaborado por el Banco Central de Venezuela (BCV) y el Instituto Nacional de Estadística (INE), registró hasta septiembre del año 2015 una inflación acumulada de 108,7%. Por otro lado, en el informe semestral de Perspectivas Económicas del Fondo Monetario Internacional se pronosticó, a principios de 2016, una inflación del 700%.

“Efectivamente, las dificultades que estamos viviendo aumentan la cantidad de ansiedad y depresión en la población. La impotencia, la frustración y el estrés aumentan los conflictos familiares, interpersonales, la angustia por el futuro y la dificultad de resolver las necesidades diarias. Todo eso eleva la posibilidad de sufrir de cuadros de ansiedad y de depresión. El riesgo principal de la depresión es que aísla a las personas, las tiende a encerrar en sus casas e incrementa los riesgos de suicidio. No tengo estadísticas pero tengo la impresión de que el suicidio está aumentando, porque me han llegado muchos casos de supervisión de riesgo suicida”, opina Manuel Llorens.

El INE ofreció datos de suicidios hasta el 2012. Si se toman las cifras desde el 2009, la tasa por año iba subiendo: 631 en el 2009; 663 en el 2010; 739 en el 2011; y 788 en el 2012.

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La realidad del país enfrenta a los venezolanos a situaciones diarias que los acercan a la tristeza. Y, si no tienen las herramientas para lidiar con ella, pueden acabar deprimiéndose. Explica el psicólogo César Contreras: “La tristeza es un estado emocional, si se quiere, transitorio. La depresión es una enfermedad con unas implicaciones un tanto más graves. Una persona puede estar triste sin deprimirse, pero toda persona que esté atravesando por un episodio depresivo experimenta tristeza. Lo que las define también es un criterio temporal. Para poder diagnosticar depresión, tiene que haber alguno de los síntomas asociados, persistentemente, por un período de dos semanas. La tristeza puede ir y venir”.

En el 2014, Robert Lespinasse, expresidente de la Sociedad Venezolana de Psiquiatría, aseguró que los trastornos depresivos habían “aumentado enormemente por la conflictividad, la violencia y la inseguridad”. Ese mismo año, Ovilia Suárez, directora del programa nacional de Salud Mental del Ministerio de Salud, informó que las consultas psiquiátricas se habían multiplicado. Entre los 12 hospitales psiquiátricos que hay en el país, más los servicios de psicología, psiquiatría e higiene mental en los centros públicos, se registraban entre mil y dos mil consultas al mes.

Dos años antes, justo cuando el INE dejó de publicar datos estadísticos sobre suicidios, el Ministerio del Poder Popular para la Salud aseguró que en Venezuela el 6,9% de la población sufría de depresión. Y, a la luz de casos como el de Ana María Perdomo, una ama de casa que se suicidó a sabiendas de que la escasez de medicinas no le daría oportunidades contra el cáncer, no parece que estos trastornos puedan disminuir a corto plazo en Venezuela.

“Yo a veces pensaba: mi familia no es feliz conmigo y yo tampoco, creo que lo mejor es irme del mundo terrenal. Entonces empezaban los conflictos internos. Me decía: pero tú puedes, vas a salir adelante, no te quites la vida. Te digo, o sea, ¡es muy arrecho quitarse la vida! Y yo no me la quité por eso: me dio muchísimo miedo. Yo me saboteaba: para que tengan efecto las pastillas de la depresión tienes que tomarlas de forma continua, si las paras, así sea por una semana, pierden todo el efecto; yo las paraba de golpe y el riesgo era que me dieran todas las contraindicaciones. Lo hacía a propósito, para hacerme daño. Recuerdo que la última vez que lo hice, me tocó ir a la Universidad Central de Venezuela (UCV), al servicio de psiquiatría del Hospital Clínico Universitario, que es gratis, y empecé a ver la depresión de otro modo. Ahí había gente peor que yo: gente literalmente loca que no podía por sí sola. Y yo decía: ¡wow, qué arrecho es esto! Para mí la depresión era como un cáncer: estás en un proceso de diálisis y no sabes qué hacer. Era muy duro”, exclama Mariale.

Y la escasez de medicinas lo puede hacer más difícil aún.

En el 2015, la psiquiatra Astrid Matute, coordinadora de la sección de Gerontopsiquiatría de la Sociedad Venezolana de Psiquiatría, declaró para el diario El Nacional: “No hay clonazepan ni antidepresivos como escitalopran, venlafaxina, paroxetina, fluoxetina y citalopran. Los más críticos son los antipsicóticos incisivos, para tratar las crisis de los pacientes: haloperidol y risperidona. Otro asunto son los anticonvulsivantes para pacientes bipolares y otros con lesiones cerebrales. Es difícil conseguir lamotrigina y oxcarbazepina. Hay pacientes que necesitan litio, y no se encuentra; y pacientes con demencias y depresión que ameritan hormonas tiroideas como el eutirox, pero no hay”.

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No obstante, la gravedad de lo anterior, en lo referido a la utilidad de los medicamentos, Manuel Llorens asegura: “La depresión se trata con psicoterapia. La psicoterapia provee apoyo emocional para sobrellevar el malestar y reflexión para intentar comprender por qué reaccionamos emocionalmente de la manera que lo hacemos, buscando restablecer el funcionamiento previo. En cuanto a la medicación antidepresiva, ha habido una fuerte controversia en los últimos años. Porque después de un fuerte boom de estas medicaciones en la década de los noventas, se ha demostrado que la eficacia fue sobreestimada y no son tan efectivas como prometieron ser. Aunque se sigan recetando al por mayor, actualmente se considera que los antidepresivos pueden ser efectivos pero solo en las depresiones muy graves”.

En Venezuela, casos como los de Mariale abundan. Patrica Galíndez lo tiene claro: “Para mí, la peor historia de depresión es la que vive el pueblo venezolano en el día a día. Vemos individuos que, callados, van tolerando más y más desgracias; personas indolentes ante el sufrimiento ajeno, absolutamente desesperanzadas. Una sociedad que va mermando minuto a minuto sus capacidades de repararse a sí misma, porque las necesidades básicas no están cubiertas”.

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