Venezuela no le teme a las tetas

Compuestas por tejido adiposo, glándulas, conductos y ligamentos: las tetas, esta mítica parte de la anatomía femenina, atrae a ambos sexos. Solo hay que voltear a una esquina de este país para desvelar a mujeres de senos exuberantes y cubiertos por milimétricos centímetros de tela

Mastrofobia. Así se denomina a la repulsión que siente una persona al tocar un pecho, acariciarlo o pensar en él. Este padecimiento afecta tanto a hombres como a mujeres. Venezuela, mentado por muchos fanáticos de la belleza como país de las mujeres bonitas y los senos grandes, se ha transformado en una vitrina de silicón. También lista de reconocidos cirujanos plásticos que llenan sus bolsillos con implantes mamarios. Lo interesante es que este fenómeno no solo se limita al afán de quienes se practican esta intervención, sino también a un sinnúmero de “buzos” y fisgones —acaso onanistas— que adoran a estas “amazonas completas” por sus poderosas razones. Entonces, ¿cómo puede si quiera sospecharse la mastrofobia en Venezuela?

“Comprender no lo comprendemos. Resulta difícil poder aceptar la existencia de un miedo irracional al ver, tocar e incluso tener unos senos cerca”, reseña la revista Esquire España, sobre esta aversión. La Dra. Luz Jaimes, sexóloga y expresidente de la Sociedad Venezolana de Sexología Médica, explicó: “Este tipo de trastorno se da por una respuesta de angustia o miedo ante una experiencia traumática causada durante alguna etapa que haya vivido el individuo. En los hombres, por ejemplo, se puede dar por un desafortunado encuentro sexual. Por un pecho que haya segregado algún líquido durante o después del coito”.

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Jaimes señala, asimismo, que la aversión puede provocar en quienes la padecen síntomas como mareos, vómitos o taquicardia. Se extraña, sin embargo, de este mal. “En rato tanto en ellos como ellas. En las mujeres es más difícil que se presente esta patología. A menos que alguna haya sido víctima de una violación”.

En Venezuela nunca se ha diagnosticado o tratado a un paciente con este tipo de trastorno. No hay registros médicos ni siquiátricos por ahora. ¿Late realmente la posibilidad cuando el venezolano tiene impreso en su ADN que el patrón de belleza criolla incluye esbeltez, tetas grandes y cerveza en mano? Al ritmo del regueatón muchas corean: “más tetas que ganas de vivir”.

Le encanta, le da morbo, saliva con frecuencia. El vernáculo de pelo en pecho se babea y desvive por un buen par: mujer trofeo que esté a su lado. Y ella, la mami, mientras la prótesis es más grande, más beneficios recibe: viajes, ropa, camioneta y otras cirugías que la dejen luciendo como Barbie.

Quizá por eso la ciencia ha dedicado un gran esfuerzo a identificar qué hace tan especiales a los pechos femeninos. A lo largo de los últimos años se han alumbrado numerosos estudios que abordan y elucidan estas curvas desde distintos puntos de vista.

La atención y las miradas furtivas son directamente proporcionales a la talla del sostén. Es la teoría que más se amolda a esta sociedad. Mientras existan viriles ejemplares con abultadas billeteras dispuestos a financiar los caprichos de sus amantes —que quieran llevar su vanidad a la máxima expresión— no habrá espacio para la mastrofobia.

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