Volver a la educación, el anhelo de los maestros emigrados

No son pocos los maestros venezolanos que celebran su día, pese a la debacle del sistema, a la distancia de las aulas. Con nostalgia recuerdan el oficio, un golpe aún más duro que los que el Estado ha sometido a los integrantes del noble gremio

La decisión se había postergado días, semanas, meses, quizá años. Pero el tiempo no espera a ningún hombre y Leonor Rodríguez ya debía terminar de definir el rumbo de su vida y la de su hija de tres años. No fue fácil aceptar que las cosas en Venezuela no estaban bien, y que posiblemente no lo estarían en un futuro cercano. Pensó en sus seres queridos, en lo que había construido en su tierra, en la vida que ya tenía y en su trabajo, pero especialmente en  la educación de los niños que formaba desde las aulas de una escuela pública en el estado Vargas.

Leonor es licenciada en Educación Preescolar egresada del Pedagógico de Caracas, pero se desempeñaba desde hacía 13 años como profesora de educación básica, entre el cuarto y sexto grado. Le dolía, y aún le duele, saber que el estado de la institución en la que laboraba y las condiciones de vida de los niños que enseñaba solo le importaba a ella y a unos cuántos colegas, pero no al Estado. Renunciar a la lucha y dejar de brindar su grano de arena fue la estocada que rompió su corazón.

Rodríguez partió en junio de 2019 a Galicia, España, cuna de la familia paterna de su hija. Tuvo “la oportunidad de hacerlo y sabiendo que era la mejor decisión que podía tomar no le quise dar más largas”. Su pasaje tenía fecha para un lunes y ella laboró hasta el viernes previo. “Despedirme de mi profesión no fue fácil. A mis alumnos no sabía cómo darles la noticia”, explica. Estuvo tres meses meditando la manera de hacerlo, pero la fecha llegó y no le quedó otra opción que anunciarlo sin anestesia: el jueves sería su penúltimo día.

La migración de profesores venezolanos en 2019 fue de 30%, mientras que desde 2015 hasta diciembre del año pasado la nómina se redujo en un 50%

“Representantes y colegas me hicieron una despedida de sorpresa. Tenía un grupo de sexto grado que me tocaba promover y todos se hacían ilusión con ese momento y en el alma me dolía saber que ya no iba a estar; sin embargo, para la fecha de su promoción les grabé un vídeo con unas palabras muy sentidas y de vuelta recibí una video llamada de todos ellos reunidos celebrando. Fue un momento muy emotivo, representantes con lágrimas, los niños también”.

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Ya son siete meses desde que pisó Galicia. Su vida es otra. “Para quienes aman la docencia, para quienes se han casado con la educación en Venezuela despedirse de ese quehacer diario es muy difícil. Uno sale de su país sabiendo que, o al menos en mi caso, uno no vuelve a ejercer, y si así ha de ser probablemente pueda tomarse un tiempo”. Y el tiempo está pasando y aún no regresa a las aulas. En Galicia para ejercer la educación debe homologar, un proceso que puede tardar incluso dos años; luego debe prepararse para demostrarle al estado que está capacitada para estar a cargo de un grado; y, por último, pero no menos importante, debe dominar la lengua gallega. Sus papeles están en regla y así pasen 10 años no dejará de intentarlo, tomará todas las oportunidades que pueda para volver a ejercer.

De acuerdo con las denuncias, el salario del docente mejor pagado es equivalente a $10 mensuales

Leonor extraña a sus alumnos y extraña dar clases “tanto como al resto de mi familia y al queso”. A pesar de que los últimos años las condiciones del sistema fueron desmejorando, mantenía las esperanzas en sembrar en los niños los “valores que tanto carece ahorita la sociedad venezolana”: formarlos “como mejores seres humanos”.

Mantiene contacto con los que dejó recientemente, pero también con los que vio crecer. En redes sociales siempre hay un intercambio de sentidas palabras y por qué no, el mensaje cargado de ilusión de que cuando “las cosas mejoren en Venezuela ellos tienen la esperanza de volvernos a ver”.

Adiós a la madrina

Desde el inicio del año escolar 2016-17, Crisbel Rivero les había informado a sus alumnos la posibilidad de retirarse antes de culminar el año escolar. Su permanencia en Cagua, Venezuela dependía de que el Saime le diera su pasaporte. La licenciada en Educación Física, egresada del Pedagógico de Caracas con Maestría en Orientación de la Conducta, salió del país por una situación de peligro que corría ella, su esposo y sus hijos. “No era un secreto para el régimen que no pertenecía a su ideología castrista-comunista”.

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Hacerle entender a los jóvenes que educaba lo que pasaba no fue una tarea sencilla, pero como profesional se ocupó de desarrollar en sus niños un pensamiento crítico que les permitiera discernir lo bueno y lo malo. “Ellos entendían mi situación y la que enfrentaba el país, de ambos lados sentimos tristeza, estos chicos son como unos hijos para mí. Comencé siendo su profesora desde el primer año hasta su sexto año”. Sin embargo, sabiendo lo que pasaría y con la esperanza de que la partida sería tras terminar el año escolar, los alumnos del último curso la eligieron como madrina de promoción. “No pude acompañarlos. Eso me partió mi corazón y el de la mayoría”.

«Los más pequeñitos lo manejaron con la inocencia propia y con el entendimiento que le da a esa edad saber que ya no nos veríamos»

Dejar la profesión fue tan difícil como dejar a su familia y amigos. Al oficio se entregó por siete años y considera a cada alumno un hijo que la carrera le regaló. “Pienso en mis estudiantes, para mí son unos hijos. Algunos ya en la universidad con pensamientos de lucha para cambiar esta dictadura, otros con hijos, otros trabajando. Algunos me manifiestan la nostalgia, me dicen que me extrañan y quisieran poder cambiar todo para que las cosas volvieran a ser como antes”.

Ahora radicada en Nueva York, Estados Unidos, repudia en lo que han convertido al sistema: un órgano corroído por la corrupción, integrado en las cúpulas por “personas sin estudio” y donde la meritocracia no existe. “Tus años de vocación y tus estudios son necesarios a la hora de ejercer como director o cualquier cargo en el ministerio de educación”. Para Rivero aún es complicado pensar si extraña ser profesora en Venezuela, pues las condiciones de trabajo y el salario “son indignantes”.

Los alumnos del último curso la eligieron como madrina de promoción. «No pude acompañarlos. Eso me partió mi corazón»

“Desde la distancia puedo ver las noticias; lo observo como una debacle educativa porque ya estaba en decadencia. Ese último año de trabajo los estudiantes no tenían qué comer, no asistían a clases porque tenían que hacer una cola en días específicos para comprar comida, no tenían dinero para el pasaje, no tenían zapatos para hacer deporte ni la indumentaria adecuada. Sin agua, sin electricidad, sin servicio de comedor, entre otros factores. Me obligaban a aprobarles la asignatura sin la asistencia obligatoria. Actualmente sé que está empeorado y la deserción escolar aumenta”.

Pero, aunque se sienta divorciada de la profesión en Venezuela, la vocación aún le corre por las venas y espera pisar nuevamente una cancha para impartir a sus alumnos los conocimientos y valores que alguna vez impartió en Venezuela. No poder ejercer en su nuevo hogar ha sido duro pues “realmente es para lo que nací”. No obstante, para aliviar el dolor que causa el tiempo, estudia el idioma y se prepara para volver a una escuela.

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Cuenta cuento para los más pequeños

“Extraño dar clases en Venezuela porque allí me formé, viví las mejores experiencias y era simplemente feliz durante esas horas donde ellos (sus alumnos) creían que iban a pasarla bien y a aprender, pero la que realmente disfrutaba era yo, la que salía cada día con una nueva versión de sí misma era yo, extraño educar”, expresa con nostalgia Johanna Soto, licenciada en Educación Preescolar egresada de la Universidad Católica Andrés Bello.

Johanna tomó un avión con rumbo a Miami en abril de 2016 “debido al caos que sentía vivía el país en todos los sentidos”. Sus alumnos tan solo tenían tres años, pero explicarles que su maestra no volvería a estar con ellos fue quizá más difícil que hacerlo con sus alumnos más grandes.

La estrategia que utilizó entonces fue crear un cuento, donde la protagonista era ella. “Les mostraba que yo era ese personaje que iba a tener que estar en otro lugar, que íbamos a estar lejos. Así les das la seguridad de que de corazón están siempre juntos, aunque uno a veces no se vea. Me era más fácil y para mí también era más llevadero explicarlo. (…) Fue un poco más complicado con los papás”. Con sus alumnos más grandes, de ocho y 10 años, lo habló directamente “explicándoles mis deseos y aspiraciones”.

En ninguno de los casos fue sencillo. “Los más pequeñitos lo manejaron con la inocencia propia y con el entendimiento que le da a esa edad saber que ya no nos veríamos, lo cual generó tristezas al momento de contarles esa parte del cuento; pero procuré darles un vuelco de optimismo y esperanza. Con los grandes fue un poco más complicado porque te expresan de manera más explícita el proceso de desapego. En ambos casos y para ambas partes estuvo presente la ansiedad de separación pues se vuelven parte de ti y tú de ellos”.

«Uno sale de su país sabiendo que, o al menos en mi caso, uno no vuelve a ejercer, y si así ha de ser probablemente pueda tomarse un tiempo»

“Cerré lo que sería el segundo lapso. Me tocó inventar esto para incorporar a la persona que se iba a quedar que era mi auxiliar. Le dejé la evaluación del primer y segundo trimestre, ya poco o nada iba a variar los diagnósticos de los niños. De las clases particulares lo solucioné con los papás que son el apoyo para el avance académico”.

Tras casi cuatro años residenciada en Estados Unidos, Soto no ha podido ejercer nuevamente. Su enfoque se centra en lograr la estabilidad de una nueva vida “y eso implica hacer muchas más cosas que te den soporte”. No obstante, la meta sigue estando tatuada. Piensa a diario en sus pupilos, los añora; pero se refugia en saber que les dio lo mejor de sí, “procuré brindarles aprendizajes a través de risas, creatividad y diversión y sé que eso puede permanecer en el tiempo”.

Al sistema educativo lo ve “hundido en un caos absoluto” y sabe que el proceso para reconstruirlo será largo. No obstante, no descarta la posibilidad de “aportar algo para sumar y mejorar la realidad actual” de la educación en Venezuela.

Educación en ruinas

Desde el año 2015 la renuncia de maestros en el país ha aumentado a un ritmo acelerado. Las razones ya están más que dichas: el maltrato al gremio es un hecho.

Raquel Figueroa, coordinadora de la Unidad Democrática del Sector Educativo (Udse), aseguró, el pasado 11 de diciembre en rueda de prensa, que el año 2019 se caracterizó por la por la violación de los derechos humanos en la educación. “El gobierno eliminó la dignificación de la carrera, que se demuestra en el salario y en las condiciones de trabajo”.

De acuerdo con las denuncias, el salario de los maestros mejores pagados es equivalente a $10 mensuales. Los menos privilegiados ganan aproximadamente $5, una cifra que no alcanza ni siquiera para cubrir los gastos de la cesta básica.

Según datos de Udse, la migración de profesores venezolanos en 2019 fue de 30%, mientras que desde 2015 hasta diciembre del año pasado la nómina se redujo en un 50%, es decir, de 527 mil docentes tan solo hay activos 273 mil aproximadamente.

Dayana Cárdenas es educadora, pero desde hace cuatro años aproximadamente trabaja en el área administrativa de una institución escolar en Antímano. Asegura que el desgano al trabajo es una realidad. Cárdenas explica que casi 90% de los profesores atraviesan un desánimo muy grande ante la situación del sistema, principalmente porque “el sueldo que nos pagan de verdad que no nos alcanza para nada. Es más, lo que gastamos en pasaje que lo ganamos quincenal”.

«Despedirme de mi profesión no fue fácil. A mis alumnos no sabía cómo darles la noticia»

“Hay mucha apatía porque no vemos reflejado en nuestro salario el esmero y la dedicación que tiene un docente con la educación en los niños. En mi escuela hay dos turnos y todos mis compañeros tienen un compromiso de trabajo porque hay una vocación”. Sin embargo, subraya que la situación cada vez es más cuesta arriba.

“La jerarquía de docentes es del uno al seis. En mi caso soy docente cuatro, me faltan dos escalafones para ser el máximo docente y yo lo que cobré fueron 250 mil bolívares, la diferencia que hay entre el docente cuatro y el docente seis son como 40 mil bolívares”, expresa Cárdenas quien estaba haciendo una especialización, pero tras los embates del Estado contra el gremio decidió dejarla a un lado.

Con dolor observa la situación de la educación y sabe que se repite en más del 80% de las escuelas venezolanas. Sin la fuerza para seguir luchando contra la corriente, Dayana espera poder partir a Perú el próximo mes con su esposo e hijo.