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¿Xenofobia o intolerancia? La relación con la comunidad asiática en Venezuela

Tras conocerse la precandidatura de Jousy Chan al Miss Venezuela la polémica incendió las redes. Los rechazos a la joven despertaron la alarma en muchos sobre la posible xenofobia en Venezuela hacia la comunidad asiática

Las redes sociales estallaron aquel día. En pantalla, una joven alta, de buena figura, con una tez un poco colorada y ojos rasgados respondía al mundo la incertidumbre de su origen: “Mi papá es chino, mi mamá venezolana y por eso tengo esta combinación”. Bastaron solo segundos para que el video difundido en Twitter se hiciera viral y se conociera que aquella joven de nombre Jousy Chan, producto del mestizaje entre venezolanos y la comunidad asiática, era una precandidata al certamen de belleza más importante del país, el Miss Venezuela 2020.

Llovieron entonces las emociones. Hubo halagos, bendiciones y buenos deseos; manifestaciones de que por fin la belleza venezolana sería representada desde todas sus mezclas. Pero también hubo descontentos, críticas y quienes insistían en que ese no era el estereotipo de la mujer nacida en la “tierra de gracia”. Tras el video de la modelo carabobeña, no fueron pocos los que alegaron que Jousy tenía todo el derecho de participar puesto que en el certamen han concursado candidatas con ascendencias europeas, por ejemplo, y que todos esos ataques y comentarios eran la evidencia perfecta de que en Venezuela la xenofobia existe.

Es sorpresa, no rechazo

El sociólogo Tulio Ramírez asegura que lo ocurrido con la modelo carabobeña no es más que producto de la “novedad” y no un manifiesto de xenofobia a la comunidad asiática. “En el certamen del Miss Venezuela han participado personas de color, menos oscuras, blancas, y cuando han participado personas con una condición que no es lo común, no hay ninguna actitud de rechazo sino más bien de sorpresa”.

El sociólogo resalta que Venezuela no es un país que se caracteriza por la xenofobia, mucho menos a la comunidad asiática; de hecho, añade que los únicos ataques que se han conocido en los últimos años fueron hacia la comunidad judía por el verbo del fallecido Hugo Chávez, acción que detonó una serie de ataques principalmente a los templos de esta cultura.

«Yo creo que las fusiones, mientras haya valores en común y mientras haya una curiosidad real y verdadera y una apertura, para crecer, indiferentemente de la cultura de la que provengas, siempre se van a encontrar puntos de confluencia»

“Se han visto episodios xenofóbicos pero por parte del discurso oficial, básicamente con motivos religiosos y específicamente con la comunidad judía. Los venezolanos no solo hemos sido tolerantes y receptores de culturas diferentes, sino de inmigrantes con religiones totalmente diferentes. Si caminas por Caracas, en Quebrada Honda hay una sinagoga árabe frente a una iglesia, y muy cercano a ambas hay un templo judaico y, más arriba, una iglesia católica. Aquí se ha distribuido la feligresía no solo de origen, sino que muchos venezolanos se han integrado a esas religiones”.

Pero, con el anuncio de la modelo en Instagram de que no fue seleccionada para el certamen por no “no cumplir con los requerimientos y estereotipos de los organizadores del concurso”, la polémica continúa sobre la mesa: ¿sufre la comunidad asiática, en general, muestras de discriminación en el país?

 

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La intolerancia sobra

La comunidad asiática comenzó a asentarse en Venezuela a mediados del siglo XIX, explica el sociólogo Tulio Ramírez. Desde entonces la interacción con los venezolanos ha sido satisfactoria. “No podemos hablar de rechazo y, además, no hay una manifestación de rechazo en las calles con respecto a la comunidad asiática, diferente a lo que pasó con nuestros compatriotas en Perú, Ecuador, donde sí hubo reacciones callejeras de xenofobia ante la avalancha de inmigración. Esos ataques de violencia sí son ataques xenofóbicos, pero un chino o un coreano o un japonés trabajan en cualquier parte, abre su negocio y hace vida como cualquier venezolano”.

Sin embargo, hay quienes se han sentido atacados, no por una sociedad entera, sino por unos pocos que parecen no tolerar los diferentes orígenes y las mezclas de los venezolanos.

Lucy* nació en Caracas, Venezuela, hace 22 años. Su nombre de pila nada tiene que ver con la comunidad asiática en Venezuela, pero en su cara una estampa en sus ojos delata su vínculo con la cultura: a diferencia de Jousy, Lucy es hija de un hombre venezolano y una mujer cantonesa.

Pese al fenotipo, la joven no se siente china, incluso su contacto con sus parientes maternos es mínimo pues la rigidez de la familia hizo a su madre escoger entre irse del país y olvidar la vida que en Venezuela hizo, o quedarse con su nueva familia y olvidar cualquier apoyo de los suyos: cuando Lucy tenía tan solo seis meses, la mujer se despidió de su bebé para siempre.

«Mis papás tuvieron que aprender que el Niño Jesús y el Ratón Pérez llegan. En mi casa se ha hecho arepa, mondongo guisado, lengua y bollitos de Navidad, todo con sus desaciertos y siempre con salsa de soya»

“Fue un proceso turbio. Mi papá es moreno y, para los chinos, si tienes la piel de color eres pobre. Eso significa pobreza. O al menos para mi familia. A él no lo querían y se lo aceptaron porque pensaron que era un simple enamoramiento, pero terminaron casándose a escondidas. Yo fui la deshonra, porque cuando eres chino te lo aceptan porque eres hombre, es una cultura muy machista. La mujer se debe casar con alguien de su misma cultura y que se casara con mi papá fue una patada para ellos”, comenta la estudiante.

El único contacto que Lucy tiene con su familia materna es su abuela y algunas conversaciones ocasionales con una prima. De la cultura sabe poco, admite que ha investigado por curiosidad pero no porque se haya desarrollado en un ambiente propio. Toda su vida ha sido “la china”, en su colegio no enfrentó bullying ni racismo, pero en la universidad “se conoce todo tipo de profesores”.

“Me hacen comentarios como que los chinos vinieron a destruir Venezuela, que están con Chávez, con Maduro… y todo recae en mí porque siempre que hacen esos comentarios no miran hacia otro lado sino a mí”, recuerda, mientras agrega que una profesora de Redacción, la mandó a lanzar una moneda china de la suerte al aire porque iba supuestamente mal en la materia. “Yo tengo buenas notas”, asegura.

“Estos ataques pueden ser una manera que tiene el venezolano de defenderse de lo que está pasando fuera del país: que somos vistos como una plaga, como venezolanos malandros que hacen cosas malas, que somos víctimas de ataques xenofóbicos y quizá sea esta una manera de protegerse del exogrupo”.

Lucy confiesa que generalmente los comentarios no le duelen, los lleva con calma. Siempre es el blanco de los chistes con sus amigos, especialmente en este tiempo de coronavirus y, tras la polémica de Jousy también fue señalada; pero lo que en verdad sí le hiere es que la subestimen, que le digan que su “nariz de china” la hace menos bella y que crean que por su apariencia ha tenido la vida fácil.

“Una profesora me dijo que yo no pasaba carencias, que al vivir en el Centro y no en China, obviamente yo no era pobre, que no le viniera con ese cuento. Que ella nunca había visto a un chino pidiendo por la calle sino atendiendo su puesto. Mi familia puede ser china, pero yo no estoy con ellos”.

Sus experiencias le hacen pensar que en efecto la xenofobia a la comunidad asiática sí existe.

Siempre un chiste

El psicólogo Héctor Vivas explica que “muchas veces por nuestra cultura se pueden encubrir actos xenofóbicos o racistas detrás del chiste o detrás del buen humor que pueda tener el venezolano”. Asegura que este tipo de comentarios pueden tener connotación xenofóbica que, a su vez, es “una expresión de intolerancia o de poca tolerancia, y que al final nos habla de lo difícil que se nos puede hacer asimilar aquello que es diferente a nosotros, sobre todo en estos momentos históricos que vivimos”.

Asimismo, el especialista agrega que las situaciones de amenaza promueven que los grupos sociales sientan la necesidad de protegerse. “Estos ataques pueden ser una manera que tiene el venezolano de defenderse de lo que está pasando fuera del país: que somos vistos como una plaga, somos vistos como venezolanos malandros que hacen cosas malas, que somos víctimas de ataques xenofóbicos y quizá sea esta una manera de protegerse del exogrupo”.

No obstante, Vivas insiste en que comentarios como los que Lucy recibe sobre su origen y su belleza pueden causar un daño importante en la psique de cualquier persona. “Estos comentarios si se hacen de forma sistemática pueden generar incomodidad y algunos síntomas depresivos o incluso ansiosos en las personas”, dice y agrega que todo depende del contexto, cómo se hace y quién lo hace porque no es lo mismo que lo diga un amigo que un desconocido.

«Es importante esclarecer a dónde pueden ir estas personas porque si un profesor me dice equis cosa, yo debería poder conversarlo con él en primera instancia, y si veo que la cosa continúa, dirigirme a las autoridades correspondientes”. El especialista insiste en la importancia de no naturalizar situaciones como estas no solo en personas de la comunidad asiática sino también en cualquier venezolano con ascendencia extranjera.

Tulio Ramírez resalta que Venezuela no es un país que se caracteriza por la xenofobia; de hecho, añade que los únicos ataques que se han conocido en los últimos años fueron hacia la comunidad judía por el verbo del fallecido Hugo Chávez, acción que detonó una serie de ataques principalmente a los templos de esta cultura.

Dos veces oriental

Kaoru Yonekura Horiuchi dice ser doblemente oriental. Sus padres son de Yamanashi, Japón, y ella nació en Maturín, estado Monagas. Se enorgullece de sus raíces y muchos la reconocen como una “criollita” más. Sin embargo, aunque no cree que haya xenofobia hacia la comunidad asiática, sí ha sido víctima de comentarios que rayan en el racismo.

“Me ha pasado dos veces que me han explicado algo y no entiendo. Entonces, una vez me dijeron: ‘¿Pero qué, hablo en chino? ¿Tú no hablas chino?’ y la otra vez fue: ‘¿Quieres que te lo diga en chino?’. En otra ocasión supe que me llamaron ‘china de mierda’. Enseguida noté que el insulto estaba en el ‘china’ y no en ‘de mierda’, así que corregí de inmediato: ‘Disculpe, soy japonesa’». Para ella y sus familiares el problema no está en ser comparados sino en que se les reconozca por quiénes son y se les respete.

“Lo peor fue un tipo que iba caminando me dijo: ‘sóplame la lumpia’. (…) Lo he contado y ha dado risa. Eso también molesta, no solo como japonesa, asiática, sino como mujer”.

Héctor Vivas añade que lo que marca qué tan ofensivo puede ser lo que se diga es el vínculo que exista entre el emisor y el receptor del comentario. “Algo muy común del venezolano es que dicen chino a alguien que tiene los ojos achinados; y si lo conozco y hay un contrato o un consenso implícito de que lo voy a llamar así no debe haber problema, contrario a decírselo como un tema discriminatorio”.

Cálida fusión

Tulio Ramírez asevera que si algo llama la atención en la comunidad asiática que hace vida en Venezuela es la interacción de estas culturas a diferencia de las europeas, como por ejemplo los españoles o portugueses. Las comunidades asiáticas no son “tan sociables pero sí han convivido más de 70 años (con los venezolanos). No es lo sociable que es el latino, pero ellos conviven aquí y siguen conviviendo”.

Y es que las comunidades asiáticas no solo han convivido por más de medio siglo en el país, sino que también el desenvolvimiento en Venezuela les ha llevado a adoptar características propias del criollo, a aportar al desarrollo de la nación y a fusionar ambas culturas para destacar lo mejor de ambas.

«Me hacen comentarios como que los chinos vinieron a destruir Venezuela, que están con Chávez, con Maduro… y todo recae en mí porque siempre que hacen esos comentarios no miran hacia otro lado sino a mí»

“El aprendizaje del himno nacional fue una tarea familiar. Mis papás tuvieron que aprender que el Niño Jesús y el Ratón Pérez llegan. Quizás lo más adoptado ha sido la preparación de la comida venezolana. En mi casa se ha hecho arepa, mondongo guisado, lengua y bollitos de Navidad, todo con sus desaciertos y siempre con salsa de soya. Somos comedores de mango y nísperos. Saludamos con beso y abrazo. Mi papá sigue el béisbol venezolano, es de los Leones y creo que su español mejora gracias a eso”, comenta con cariño Kaoru.

Japonesa y trujillana

Hana Kobayashi es una “aragüeña, hija de japonés y mamá trujillana”. Pese a no conocer a toda su familia por parte de papá, sabe que el desenvolvimiento de su progenitor en el país estuvo lleno de flexibilidad y calidez. Considera, desde las experiencias que ha vivido dentro de la comunidad nikkei, que “una vez que un japonés decide quedarse en Venezuela no solamente se siente cómodo con las costumbres sino que también las entiende y naturalmente está dispuesto a adaptarse”.

No le es descabellada la idea de que la comunidad asiática y los venezolanos puedan integrarse y converger pues ella y su hermana son muestra de ello, son también hijas de un mestizaje. “Mi papá japonés se adaptó increíblemente bien a la cultura, y más que adaptarse creo que simplemente en Venezuela encontró su sitio. Para mi papá era muy natural desenvolverse, amaba la calidez del venezolano. En el caso de mi familia venezolana, no sé si es porque son andinos y veo códigos muy similares a lo japoneses que tienen que ver con la disciplina, rectitud, la palabra”.

Recuerda que en casa, una de los grandes vestigios de la fusión de ambas culturas es la comida, pues su mamá adoptó la salsa de soya, ingrediente fundamental de la cocina japonesa, como una herramienta infaltable incluso para elaborar platos venezolanos tradicionales. También rescata que la gastronomía evidencia a la perfección la unión de ambas culturas y señala el Plátano roll como referencia de ello.

«Una profesora me dijo que yo no pasaba carencias. Que ella nunca había visto a un chino por la calle pidiendo sino atendiendo su puesto. Mi familia puede ser china, pero yo no estoy con ellos»

“Yo creo que las fusiones mientras haya valores en común y mientras haya una curiosidad real y verdadera y una apertura, para crecer, indiferentemente de la culturas que provengas siempre se van a encontrar puntos de confluencia”, dice Hana.

La oportunidad de trabajar no solo la cultura venezolana sino también la japonesa le han permitido a Hana entender que «en el mundo, como está ahora, hay que trascender las apariencias, hay que trascender los orígenes».

«Yo creo que ya es hora, un poco hablando desde el medio al que yo pertenezco, el medio artístico, que simplemente las oportunidades aparezcan por tu talento y que haya mucho más merecimiento, no por cómo lucimos ni por las conexiones que tenemos ni de donde vinimos. Simplemente que más allá de asiáticos, rubios o negros que simplemente empecemos a ver a las personas porque la diversidad realmente está en que indiferentemente donde vengamos, indiferentemente de los códigos que tengamos o como luzcamos, al final creo que lo importante es quién es cada quién, qué tiene que aportar y qué cosa puede construir y que todos los códigos con los que viene cada persona -culturales, sociales, étnicos- sirvan para que el mundo pueda ser más rico”.

 

*El nombre fue cambiado a petición de la fuente