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Cómo salir del clóset sin tumbar la puerta

¿Decirlo o no decirlo? ¿Abandonar el clóset o no? Año 2020 y todavía muchos se hacen las mismas preguntas ante la hostilidad y la incomprensión. Pero algo está cada vez más claro y lo dice aquí Iván Zambrano al contar su experiencia, visibilizarse es decir "existimos". Y siempre será un gran paso

Mi historia es la del patito feo que se convirtió en cisne, pero se quedó pato.

No tenía a quien parecerme. No recuerdo que en el colegio celebráramos a algún héroe abiertamente gay. Aunque Bolívar no tuvo hijos, siempre fueron enfáticos en su jujú con Manuelita Sáenz. En los noventa todavía los gays éramos los actores de reparto de las comedias románticas, el mejor amigo de la protagonista, el que la peina y la aconseja. El que en pantalla tiene permitido botar plumas pero no darse un beso.

Ser gay en los noventa era sentirte aludido cada vez que escuchabas un “Ayyyy vale”, el grito de guerra para advertir que alguien “botó las plumas” o “se le mojó la canoa”. El “¡Ay vale!” suele cantarse en coro para someter al escarnio público al sujeto del chalequeo (que no es lo mismo que el bullying, porque si denuncias el chalequeo, te sale más chalequeo por sapo).

Desde niño tienes una corazonada. Ese pálpito se transforma en un secreto que te cuentas los domingos. Dudas siempre en silencio. No crees que seas gay. En tu cabeza oyes a un Pepe Grillo retrógrado, esa voz interna que se alimenta de lo que repiten la televisión, la maestra y el cura. “Ser gay es condenable y risible”. Somos los invertidos divertidos. Para la gente éramos estilistas y devorábamos hombres. El Machazo y Charlie Mata.

Para la época los gays son una parodia, una amenaza y una secta que se mantiene con las ganancias de Zara, Bershka y Pull & Bear. Cuando pides respeto ponen cara de fastidio. Dudas y temes de si de verdad eres un depravado. Con el tiempo ese cemento se seca y queda una sólida capa de culpa. Culpa por no tener la culpa de haber nacido marico.

El homosexual no nace dentro del clóset. A ese cuarto oscuro te empujas tú mismo cuando no quieres que te descubran, como si tuvieras la frente marcada, como si en un cajón gigante se pudiera contener la terquedad del alma. Pasa el tiempo y se añejan la culpa y la vergüenza en el mismo barril.

No conoces a más nadie que sea como tú. No tienes con quien hablarlo. Y no poder expresarlo te oxida el autoestima. Todo el tiempo eres un marciano que se esconde las antenas, hasta que un día, finalmente, encuentras a alguien de tu mismo planeta.

Otra vez ese corrientazo en el pecho. Ese ardor ciego que se siente cuando te gusta alguien.
Yo me empeñaba en buscar la manera de anular mi deseo y ese método solo me trajo alergias en la piel. La fase de negación, el clóset sellado al vacío. Ya venía aguantando preguntas incómodas de tías, sermones del padre, chistes fáciles de la tv y al Pepe Grillo retrógrado.

Al clóset se entra temprano, apenas te enteras de que serás la oveja rosa de la familia. Te vuelves un ermitaño que se aparta de los demás y de sí mismo. Y ahí te quedas, tratando de ser menos amanerado, engrosando la voz , caminando rígido, como un soldado de plástico que no quiere ser llevado al paredón.

No me gustaba pensar que estaba literalmente encerrado en un clóset, porque además soy claustrofóbico. Suficiente asfixia con el oleaje de la ansiedad. Empiezas a nadar en contra de la corriente. Y en ese río lleno de piedras, chocas con tus propias creencias homofóbicas de crianza. Empieza una lucha entre lo que sientes y lo que piensas. Una batalla de identidad tan intensa que te saca canas a los 12.

El primer clóset del que sales es el de tu propia homofobia.

Hay clósets que se cargan con el lomo, y son un alivio cuando los sueltas.

Hay clósets cerrados bajo llave, como un depósito para esconder los secretos de la familia. Clósets transparentes, para los más evidentes, para los que aplican la de Juan Gabriel: “lo que está a la vista no se pregunta”. Hay clósets blindados o con la puerta entreabierta. De caoba, latón o cartón piedra, el clóset siempre será para guardar la ropa y el pesebre, nunca para pasar media vida ocultándote.

El silencio es un buen escondite, pero sofoca demasiado.

Ser gay no es una elección, no es un club al que te suscribes. Tampoco queremos que el homosapiens se extinga. La homosexualidad es un mecanismo biológico para evitar la sobrepoblación de las especies, no es exclusiva del hombre. Todos conocemos a un perro gay con una dueña que no lo acepta, por ejemplo.

Para la iglesia católica somos una plaga de infértiles. No tenemos una función clara pues no podemos casarnos ni tener hijos, las mismas razones por las que los departamentos de Recursos Humanos nos prefieren, porque no nos tienen que dar reposo post natal ni seguro conyugal. Maricos pero rentables.

Los gays estamos en un limbo jurídico. La ley no nos ampara y el cielo se reserva el derecho de admisión. Eso fue lo que le entendí al padre Moisés:

“Si naciste así, homosexual, puedes entrar en el cielo (porque la empresa lo asume como error de fábrica). Pero si te desviaste en el camino, sí es pecado mortal, al igual que la masturbación…”.

Desde ese día me despedí de la iglesia de Montecristo, en la Rómulo Gallegos. Encontré línea directa con el jefe. Me permití creer en un Dios que no me creó para ser un monstruo.

“Nos enseñaron a quedar bien, pero no a ser felices”. El estigma nos calla. El miedo al rechazo lleva a muchos a inventarse otra vida, con una fulana novia en Maracay que no aparece en el registro electoral ni en las reuniones familiares. Si aceptas decir una mentira, aceptas decirlas todas.

En el clóset dejé guindadas las máscaras que use para camuflarme. Mientras menos llamara la atención, mejor. Me movía el instinto de supervivencia social y el deseo natural de ser aceptado, de no estar al margen, de no ser un chiste repetido de Radio Rochela. Tampoco quería ser el tipo que se casaba para que no se perdiera el apellido de su familia ni los tequeños de la fiesta.

Hace 10 años lo hizo Ricky Martin. Ahora salieron del clóset Pablo Alborán y Bob Esponja. Y aunque la gente dijo que la homosexualidad de los tres era obvia, el acto de decirlo en voz alta es liberador. Uno no sale del clóset para una audiencia, uno sale del clóset para vivir sin ocultarse ni evitarse a uno mismo.

La homosexualidad no se “diagnostica”. No hay síntomas que buscar. No hay que estereotipar. Puede haber esponjas heterosexuales que vivan en una piña debajo del mar o machos vernáculos que coman perros calientes sin cebolla ni mostaza. No pasa nada.

Visibilizarse es valioso para una comunidad. Se sale del clóset para decir: existimos.

La homosexualidad no se quita con electroshock, hipnosis, ni maratones de ESPN y Meridiano TV. La sexualidad es un sentir que se manifiesta sin mayor explicación. La energía sexual y emocional se mueve sola. Uno no decide de quién se enamora. Nadie tiene control sobre eso. Es como el eterno debate de las caraotas con azúcar. A cada quién le gustan de un modo y punto. Puedes respetarlo y no compartirlo, pero no hay que meter la lengua ni en plato ni en culo ajeno.

“Lo que pasa es que ahora hay más maricos que antes”. No. Lo que hay es menos gente dispuesta a vivir con miedo.

Uno no elige ni familia, ni país, ni sexualidad.

Lo que decides es cuánto tiempo lo callas, y si eres feliz así, no hay problema. Pero si en expresarte encuentras paz, adelante.

La parte más difícil de salir del clóset es finalmente abrirlo desde adentro, sin manilla ni garantía de nada. Toca empujarse, como quien se lanza el regaderazo de agua fría. Es confirmar el secreto a voces o dar el batacazo. “Sí, soy gay / homosexual / marico” o como le digan en su pueblo a los hombres a los que les gustan otros hombres.

Y en esos tres segundos que se sienten como un temblor de un minuto, empiezas de nuevo la vida.

¡Feliz día del orgullo gay!

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