¿Cómo sobrevivir en hiperinflación?

Una vez desatada la hiperinflación es muy difícil frenarla. Por eso, la única fórmula para sobrevivir a una hiperinflación es un cambio radical en la política monetaria lo que, en nuestro caso, implica un cambio de gobierno.

¿Cómo sobrevivir en hiperinflación?

Es como sobrevivir en un asilo de locos. Porque vamos a estar claros: la inflación es uno de los comportamientos más locos del ser humano. Es un desarreglo colectivo que nos pone a todos a correr para dejarnos tirados en el mismo lugar o, incluso, más atrás. El ganadero percibe que el dinero que recibe por la venta de una vaca no es suficiente para criar otro animal. Decide, por tanto, aumentar el precio del ganado.

El veterinario que asiste al ganadero se da cuenta de que lo que cobra por sus consultas no le alcanza para comprar carne y mantener a su familia hasta final del mes. Toma la decisión de aumentar sus honorarios y se lo comunica al ganadero. El agricultor y el industrial perciben situaciones similares y hacen exactamente lo mismo. Incrementan los precios para cubrir los nuevos costos.

El trabajador, cuyo salario no le alcanza para nada, moviliza al sindicato que, a su vez, exige un aumento general de sueldos y salarios. Después de muchos conflictos, discusiones y negociaciones, luego de numerosos aumentos y remarcajes de precio, todo el mundo recibe más para recibir realmente menos. El aumento de ingresos, tan pronto ocurre, se desvanece con el incremento de costos en un juego imaginario por el que recorremos un camino circular que termina en el punto de partida.  Que agotador, que desgaste.

Lo curioso de la hiperinflación es que todo el mundo conoce sus causas y mecanismos y, sin embargo, se repite. Ocurrió en Alemania en 1922-23, en Hungría, en 1945-46, en Argentina, en 1989-90, en Zimbawe, en 2007-2008. Sobrevivir en medio de una hiperinflación es difícil y doloroso. Su efecto es devastador, principalmente sobre los pobres y los asalariados.

Los pocos consejos prácticos son difíciles de aplicar por las grandes masas desposeídas. ¿De qué vale recomendarles que no tengan ahorros inmovilizados en bancos si no poseen ninguno, que se endeuden hasta donde más puedan, si nadie les da crédito, que compren divisas y bienes duraderos, si la vorágine monetaria corre más rápido que sus menguados salarios? Sabemos que la causa de la inflación es un gobierno irresponsable que emite dinero inorgánico y mantiene un gasto deficitario en una economía en la que la demanda de productos y mercancías supera ampliamente la oferta.

La falta de voluntad o disposición para ceñir la expansión monetaria no es, sin embargo, una simple variable económica. Implica una mentalidad. Es una actitud complaciente, un temor a poner límites a las demandas improductivas de la población. En el fondo, lo que dispara decididamente la hiperinflación es la pérdida de confianza de los ciudadanos en la moneda del país como símbolo de su propia capacidad generativa, el quiebre de las expectativas.

Una vez desatada la hiperinflación es muy difícil frenarla. Por eso, la única fórmula para sobrevivir a una hiperinflación es un cambio radical en la política monetaria lo que, en nuestro caso, implica un cambio de gobierno.