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Crisis de Táchira: La raza no se entrena

Reaparecieron las indeseadas filas interminables para cargar combustible, con todo y que desde hace ya tiempo hay un TAG que se coloca en el vidrio del vehículo para “controlar el contrabando y mejorar la distribución” en el país de la gasolina más barata del mundo.

Crisis de Táchira: La raza no se entrena

Calles tenebrosamente oscuras, huecos por doquier en el asfalto, falta de efectivo en los bancos, madrugonazos por número terminal de cédula para poder adquirir algún que otro producto básico (si es que la diosa fortuna permite que el día que le toque haya alguito en el supermercado), largas esperas por una bombona de gas que no llega.
Así vive el tachirense. Así es el día a día de un pueblo que creció brindándole la fuerza productiva al país y hoy padece los peores embates de una crisis incontrolable. La angustia que toca el quehacer diario no puede desvincularse de lo que significa también el Deportivo Táchira. La tacita de plata del pueblo fronterizo, el adorado equipo por el que su gentilicio infla el pecho cuando en el resto del país y el continente se habla de sus colores, para más Inri, también está sumergido en otra crisis: la de juego y resultados. Una gotica más para que el tarro de las angustias esté a punto de desbordarse.
No es exagerado. El tachirense siempre encontró en su equipo la escapatoria a situaciones adversas. Ir el domingo a Pueblo Nuevo, incluso muy recientemente, significaba la escapatoria a una semana de duras pruebas de supervivencia. Hoy, esa querencia se ha transformado en rabia, en desilusión.
 
La eliminación de la primera fase de la Copa Libertadores a manos del modesto equipo paraguayo de Capiatá pasó por debajo de la mesa. Un equipo renovado con un nuevo cuerpo técnico se permitió las licencias de que la gente asumiera que era un nuevo comienzo tras la salida de Carlos Maldonado y que había que darle tiempo. Una marcha apabullante en el Apertura presagiaba que la relación inversión – resultados daría pronto sus frutos pero un pequeño bache deportivo en el peor momento posible (justo antes y durante la Liguilla final) los dejó fuera de carrera ante el carambolesco La Guaira de Saragó.
Asumido el duro golpe de una pronta eliminación cuando el favoritismo le sonreía, “Sachi” Escobar y la directiva arrancaron un plan renove del plantel. Los pesos pesados continuaban pero buena parte en papeles secundarios. Fichajes de menor peso en el nombre, pero con destacada actualidad transformaron un equipo de linaje en algo más obrero.
Sin embargo, el peso del ataque seguía recayendo todo en el paraguayo Víctor Aquino. Táchira no fue al mercado para conseguirle un compañero (Ni Pérez Greco, ni Infante, ni Sosa, ni Darwin Gómez son delanteros), situación que se ha complicado con el agravante de que Jan Hurtado ha entrado en conflicto por su renovación.
Esa pugna ha influido inequívocamente en el andar del equipo porque no existen alternativas para fortalecer la artillería y cuando menos competencia hay en un puesto, todos sabemos cuáles son las consecuencias. Un lujo desperdiciar a un subcampeón del mundo Sub 20, tengan razón o no la directiva o el agente del jugador en sus posturas.
La crisis de resultados ha regresado. Las tres derrotas consecutivos y la eliminación de la Copa Venezuela de manera temprana por un segunda, no es otra señal de que la situación complicada tras la eliminación del Apertura, no ha sido superada. Novenos en el Clausura con un partido menos, la realidad es que con una buena racha Táchira se vuelve a meter en la pelea, pero lo que preocupa es que a medida que avanza el torneo, el equipo más se aleja de su juego y lo que más se aprecia como problema es la pérdida de la raza que otrora ayudaba a que algo se pudiera sacar a punta de una “echada de bolas”.
Vistos los hechos, ese intangible es el que más inquieta: la falta de raza, el poco sentido de pertenencia y real compromiso de algunos miembros del plantel. Es cierto, es difícil medirlo, pero la sangre cuando hierve, huele y se deja notar. En cancha, la escasez de ideas y reacción en el juego denota el desconocimiento real del peso y significado de la camiseta que se enfundan. Es desconcertante ver a Giovanny Romero, a Yúber Mosquera, a Edgar Pérez Greco o a Gerzon Chacón (cuando juega) gritando al vacío para dar instrucciones y exigir reacción de sus compañeros sin una respuesta favorable.
No se puede ser flemático si se quiere vestir de aurinegro. El que lo haga debe saber soportar la crítica que se dispara desde la radio, desde el abasto o desde la panadería. No es posible que se le pida a un jugador que cobra 1.420 salarios mínimos que no escuche los programas radiales para que no se vea afectado, desconcentrado o preocupado por los reclamos que hace la prensa.
¿Preocupados? No pareciera. Preocupado el señor que se levanta a las 2:00 de la mañana a hacer la cola del Garzón para ver si consigue una Harina Pan para llevar a la casa y darle de comer a su familia.
 
Sería bueno preguntarle a William Méndez, Daniel Francovig o Laureano Jaimes si hoy día serían capaces de subir un selfie a Instagram con una paupérrima frase de Paulo Coelho después de un varapalo en Pueblo Nuevo. Hasta el mismo aficionado ha dejado de elevar al olimpo a las figuras de nuevo cuño que juegan en Táchira precisamente porque aquella vieja estirpe se ha ido perdiendo, a pesar de que aún hay una buena cantidad de dolientes que exigen. La raza no se entrena: se contagia.
Se está perdiendo el alma. No es culpa de si Sachi Escobar es permisivo o no con sus dirigidos. No es culpa de una directiva que ha desenfundado todos los recursos necesarios para que a la estructura de los jugadores y cuerpos técnicos no les falte absolutamente nada. El ojo del huracán no está ahí. La esencia se está perdiendo y la están dejando perder. ¿Cómo es posible que a un chamito de la cantera le dé ladilla ir a un partido de Táchira a servir de recoge pelotas, cuando eso debería ser un privilegio de pocos? ¿Dónde está ese amor incomparable con los colores amarillo y negro?
La reacción debe llegar, es indudable y no pasa por salir de Escobar, un zorro viejo en vivir situaciones como estas en instituciones donde la presión es tal o mayor. El ejemplo es claro: a Daniel Farías le pidieron la cabeza en una paila de aceite hirviendo. El hoy técnico de The Strongest tuvo que mandar a su familia a Puerto La Cruz porque sentía muy próximo el peligro de una presión asfixiante.
La directiva le apoyó y él murió con la suya, pero además entendió que en Táchira se juega con algo más que el talento individual y un perfecto orden táctico, para así despedirse de San Cristóbal aplaudido de pie por la prensa que hasta de incapaz le tildó, o como Gelmín Rivas, que lloró con lágrimas de hombre en el camerino ante la crítica y supo aprovechar esos episodios para entender el nivel del compromiso que estaba asumiendo y así luego irse al extranjero como el último mejor 9 en vestir la atigrada.
La reacción llegará. Más temprano que tarde. Desde el juego que hoy escasea en ideas, desde los goles que hoy se fallan, desde el acomodo que hoy es un problema. Cuando se rescate ese sentimiento particular, intrínseco e inequívoco de lo que es jugar en Deportivo Táchira, se habrá cumplido con el primer punto de partida para una urgentísima recuperación.]]>

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