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Cuando los chamos de la Sub-20 pierdan

Tarde o temprano sucederá. No han cumplido 20 años y hasta ahora viven un sueño. Sus nombres aparecen en la nómina de una de las cuatros mejores selecciones del mundo. Pero en el deporte todo lo que sube en algún momento baja. Es ley de vida, es entonces cuando debemos recordar todo lo que han logrado en este torneo.

Cuando los chamos de la Sub-20 pierdan

Porque este torneo no es cualquier torneo. No lo es porque sucede en medio de una crisis nacional nunca vista. Varios jóvenes de su misma edad han sido asesinados y miles reprimidos y torturados. La clasificación a la semifinal del Mundial Sub-20 es una de las pequeñas alegrías que hoy celebran todos, amarillos, azules y rojos. No ha sido su obligación, además. La de ganar, se entiende. Porque no solo están compitiendo con otros equipos. La lucha no ha sido justa, porque los venezolanos tienen que pelear también con una Federación corrupta y desorganizada.
A la Sub-20 no hay que admirarla porque gana. Hay que hacerlo porque lucha contra todas las desventajas. Es fácil suponer que tienen, a kilómetros de distancia, a familiares que están protestando en las calles. O haciendo colas para recibir algún producto que el resto de sus competidores consiguen por docenas y de diferentes marcas, sin apenas caminar más de media cuadra.
Pero además les ha tocado ignorar a las redes sociales, donde se confunde crítica con saña. «Oportunista» le decían a Peñaranda porque no fue al Sudamericano y, para colmo, dudaban de su calidad. Se burlaban de la falta de gol Peña. Siempre se puede estar en desacuerdo con las decisiones que toma un jugador o un técnico, pero ya hay demasiado horror y odio en nuestras calles para llevar esas frustraciones a un juego. Porque eso es el fútbol, más allá de nuestras pasiones, un simple juego.
Con el título de esta nota no estoy ligando la caída de la Vinotinto. Pueden ganarle a Uruguay o a cualquier otra selección. Rafael Dudamel ha logrado una madurez en plena competencia admirable. Debemos reconocerlo hasta quienes no comulgamos con algunas de sus decisiones o puestas en escena desde el Sudamericano. Sin embargo, cuando hablo de perder, me refiero a que la derrota está siempre a la vuelta de la esquina, en un partido o en un bajón personal; en una transacción que te lleva a un equipo en el que no verán minutos o en una crisis de ansiedad, como le sucedió a Ronaldo en pleno Mundial. ¡A Ronaldo!
Todos aún recordamos cómo aquella generación de 2009, bajo el mando de César Farías, no pudo establecerse y la transición terminó afectando a Noel Sanvicente y al propio Dudamel. ¿Cuántos nos preocupamos por saber exactamente qué les sucedió a los Romero, Piñero, Garcés, Camacho, Pernía, Garcés, Ramírez, Parra y Lezama? Hablo de sus problemas como seres humanos. Hasta Salomón Rondón, el nombre más importante de la generación, le tocó perder en el paso al fútbol inglés.
Nos olvidamos rápidamente que esta categoría es formativa. Y si los nombres anteriores no lograron establecerse no se trató simplemente porque no tenían lo que se necesitaba, sino porque los torneos cortos pueden tapar deficiencias que solo el trabajo serio, en el que también entran las estructuras de trabajo de cada país, pueden pulir. Estas generaciones, durante el éxito, también son víctimas. Los empresarios se aprovechan de la ingenuidad y por un puñado de dólares truncan ese desarrollo.
Marcelo Bielsa lo resume así: «El éxito es deformante, relaja, engaña, nos vuelve peor, nos ayuda a enamorarnos excesivamente de nosotros mismos; el fracaso es todo lo contrario, es formativo, nos vuelve sólidos, nos acerca a las convicciones, nos vuelve coherentes. Si bien competimos para ganar, y trabajo de lo que trabajo porque quiero ganar cuando compito, si no distinguiera qué es lo realmente formativo y qué es secundario, me estaría equivocando».
Hace unos días pude leer una entrevista a Pedja Mijatovic. El autor del gol de la séptima copa de Champions del Real Madrid responde de la siguiente forma, cuando le preguntan si cambiaría ese tanto por otra cosa: «Por la salud de mi hijo que murió hace ocho años. Y no sólo por su vida. Cambiaría todo lo que he conseguido por haberle escuchado decir algo. Porque él, Andrea, era paralítico cerebral, no hablaba, no caminaba, no se comunicaba… Lo habría dado todo por escuchar ‘hola, cómo estás’. No pudo ser».
Mijatovic remata sobre si hay no algo más importante que el fútbol: «Depende de cómo seas. Yo en los años más bonitos de mi carrera viví la enfermedad de mi hijo. En esos momentos en los que crees que incluso puedes volar, cuando te sentías poderoso y notabas el calor de toda la gente, mi hijo siempre tenía crisis. Muchos días y noches en el hospital. Eso ha sido un contrapeso mío. Yo me decía: ‘No eres nadie, ya vez que no eres nadie, no puedes hacer nada para que tu hijo mejore’. Te preguntas: ¿Quién eres?. Y la respuesta es nadie. Mi hijo ha tenido una misión en mi vida. La de salvar a su padre. Piensas que eres Dios y en realidad no eres nadie«.
Cuando los chamos pierdan, ojalá estemos para ellos, como ellos han estado para nosotros.
 
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