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Cultura de la violación: el destape de lo que vivimos

En Venezuela los delitos sexuales suelen encontrarse en medio de una concepción pública que intenta justificar al hecho de violencia y culpabilizar a la víctima. En los últimos días el país despertó de golpe a un fenómeno desconocido que ha llevado al ojo público el debate sobre la impunidad, la cultura de la violación y el peso del machismo en un contexto social misógino

Cultura de la violación: el destape de lo que vivimos

El 20 de abril de 2021, la cuenta de Instagram @AlejandroSojoEstupro publicó un primer mensaje, que abrió una situación inédita en un país como Venezuela, en el que la agresión y la violencia sexual suelen estar sometidas a un debate moral que culpabiliza a la víctima. El espacio invita a cualquiera que se considere víctima de abuso por parte de Alejandro Sojo, cantante de la banda Los Colores, a que incluya de manera libre y abierta una denuncia en su contra.

“Estamos recolectando testimonios sobre Alejandro Sojo cantante de los colores para tomar acciones legales en su contra, de momento tenemos 6 testimonios de capturas de imágenes, conversaciones de WhatsApp, FB e Instagram con menores de edad (14,15 y 16 años) con las que Alejandro tuvo relaciones sexuales en Caracas cuando él ya era mayor de edad.

Sí quieres sumar tu testimonio mándalo a esta cuenta, recuerda que no estás sola y se hará todo lo posible para que este hombre no abuse más de ninguna mujer”.

Lo que sucedió a continuación ya puede considerarse uno de los fenómenos más duros del mundo del espectáculo venezolano. Una oleada de denuncias de víctimas agredidas por diferentes figuras del ámbito musical ha desbordado las redes sociales y también, dejado muy claro que la cultura de la violación, el maltrato y el abuso sexual, son parte de la conducta habitual en el medio artístico del país. Un reflejo, claro, de lo que sucede en la sociedad en general.

No se trata solo de la multitud de denuncias sobre delitos como violación y acoso, sino el hecho de que la escalada de visibilidad en los testimonios de las agredidas demuestra hasta qué punto la misoginia y el machismo han normalizado el comportamiento violento hacía la víctima.

Las acusaciones incluyen a bandas de moderado éxito como Los Colores, Okills, y Le’ Cinema, hasta otras mucho más reconocidas como Tomates Fritos, cuyo baterista, Tony Maestracci, fue acusado por la usuaria @Chellesoy de –presuntamente- haber cometido abuso sexual, en un hilo de tweets en el que relata a detalle lo sucedido. El suyo es uno de las docenas de casos que forman parte de lo que parece ser un comportamiento reiterativo y sostenido bajo una burbuja de impunidad.

Durante el fin de semana las denuncias públicas se triplicaron en número y para el lunes, varios de los señalados comenzaron a difundir declaraciones públicas en la que responden a las acusaciones. No obstante, la situación va en aumento y se hace evidente que podría constituirse un legítimo movimiento de denuncia contra el maltrato y el abuso sexual a un nivel por completo nuevo en Venezuela.

Según cifras de ONU MUJERES cada año se cometerán un millón de violaciones. De acuerdo al mismo documento, en el mundo “el 35 por ciento de las mujeres ha experimentado alguna vez violencia física o sexual por parte de una pareja íntima, o violencia sexual perpetrada por una persona distinta de su pareja”.

Es una cifra falsa, por supuesto, porque no incluye a todas las víctimas que no denunciarán, que serán presionadas por sus familiares, esposos, por el miedo natural de la víctima o quizás solo debido a la cultura para guardar silencio.

Por ese motivo, se insiste en que la violación es un delito invisible.

En Venezuela no hay estadísticas sobre estos temas, o al menos ninguna creíble. Eso, a pesar de que los feminicidios y agresiones sexuales han aumentado en frecuencia durante los meses de cuarentena. Pero el país no es la excepción. En muy pocos hay datos claros y los disponibles –además de escasos- no reflejan la crueldad de una circunstancia que enfrenta a la mujer con una idea cultural que no controla y la supera. Porque cuando hablamos de violación, no hablamos solo de sexo. Hablamos de poder, de la destrucción de la identidad femenina. La violación no tiene nombre ni rostro: es un delito anónimo.

Pero el nuevo movimiento en redes sociales parece enfrentarse a esa percepción. Desde el sábado 24 de abril del 2021, más de 23 mujeres han denunciado a través de la cuenta @alejandrosojoestupro todo tipo de abusos sexuales cometidos presuntamente por el vocalista de la banda Los Colores a lo largo de una década.

Entre las acusaciones destacan presuntamente haber mantenido relaciones sexuales con menores de edad de entre 14 y 15 años, lo cual es un delito tipificado por el Código Penal venezolano, incluso si se trata de relaciones consensuadas. También, a Sojo se le señala de acoso a través de redes sociales, de maltrato psicológico y presión contra fanáticas, a quienes enviaba o solicitaba fotografías sexualmente explícitas.

La intención de la cuenta, que para el lunes 26 de abril contaba con más de 17 publicaciones en la que se muestran imágenes que respaldan las acusaciones, es lograr la suficiente cantidad de testimonios para proceder contra el cantante de manera legal. Un objetivo que los administradores dejaron desde el primer post.

En las imágenes compartidas allí pueden leerse desde conversaciones de contenido sexual explícito entre usuarias y Sojo, en la que este último presiona y acosa a través de fantasías sexuales de violación y otras semejantes, hasta relatos detallados de casos de violencia sexual que involucran a menores de edad. La cuenta ha logrado recopilar un considerable número de datos específicos que podrían ser usados en una eventual acusación judicial contra Alejandro Sojo.

No se trata de una situación reciente. Según la usuaria Trucha (@Naguevonei) en el 2018, ya hubo un moderado escándalo alrededor de uno de sus Tweets, en el que denunciaba conductas similares a las acusaciones actuales. No obstante, debido a la presión de redes sociales y seguidores del artista, desistió de visibilizar el caso.

Con el correr de las horas, lo que parecía ser una situación puntual, se convirtió en el detonante de algo mucho más preocupante y complejo. Miembros de otras bandas del ámbito nacional han sido también acusados de diversos crímenes de índole sexual. Leonardo Jaramillo de Okills, Tony Maestracci de Tomates Fritos y Daniel Landaeta de Le’Cinema, también fueron señalados de –presuntamente- haber maltratado y acosado a fanáticas durante los últimos diez años.

A las acusaciones de las usuarias de Twitter, se sumó la de la influencer Danna Alquati, quien relató a través de su cuenta Instagram que Sojo la sometió al mismo comportamiento cuando apenas tenía 16 años de edad y el cantante alrededor de 24. Danna fue enfática al señalar que no ocurrió ninguna agresión física que lamentar, pero se trató de una relación con una menor de edad.

Alejandro Sojo, quien actualmente reside en Buenos Aires, difundió un comunicado en el que admite su comportamiento inapropiado y agradece “a quienes le confrontaron con la verdad” y le hicieron entender que su carrera artística debe tomar una pausa “como medida de escarmiento y reflexión”. Sin embargo, en ningún punto reconoce que cometió delitos o que su comportamiento pueda ser considerado criminal. En lugar de eso, insiste en achacar todo a las actitudes de un “muchacho ignorante e imprudente”.

Luego del comunicado de Sojo, el que hasta entonces había sido manager de la banda Los Colores, Gustavo Casas, incluyó entre sus publicaciones en Instagram un post en el que dice que renunció a su cargo, sin dar mayores explicaciones de su decisión, aunque sí dejando en claro que su relación con el cantante y el resto de los miembro del grupo fue “estrictamente profesional”. La decisión de Casas, que hasta entonces había mostrado su apoyo al vocalista y al resto de la banda, hizo la situación alrededor Sojo aun más complicada.

El miedo, el silencio, el abuso

A diferencia de otros crímenes, en la violación se especula acerca de la posible culpabilidad del agredido. Un punto de vista que supone ponderar sobre cuánta responsabilidad pudo tener la víctima en un hecho de violencia en su contra.

Es ese terreno borroso, esa cualidad que supone interpretable el delito, lo que hace que una mujer violada sea dos veces víctima: lo es a manos de su agresor y también de la sociedad que la ataca con el prejuicio.

Durante los años 70 se acuñó el concepto que define a la llamada “cultura de la violación” y que relaciona a la violación y la violencia sexual a una sociedad que normaliza, excusa, tolera y además, culpabiliza a la víctima e incluso perdona la violación. Una idea que se extiende más allá del parámetro legal e incluye a la sociedad que la admite hasta hacerla casi imperceptible, una sutileza que incluye el rol social de la mujer y la percepción social que se tiene sobre su sexualidad.

Inquieta la idea de que tal vez esa percepción de atenuar, justificar e interpretar la violación sea debido al miedo. La cultura que asume el sexo como acto íntimo y sacralizado, asume a la violación como una ruptura del esquema del valor de lo sexual como simbólico.

El concepto parece ser más pertinente que nunca en Venezuela. Además de Alejandro Sojo, también han sido señalados por delitos –o conductas- similares al del cantante de Los Colores, nombres familiares para los fanáticos del rock nacional. El guitarrista de la banda Okills, Leonardo “Kmaron” Jaramillo, fue el siguiente en ser acusado vía redes sociales, de presuntamente usar su influencia y notoriedad en el ámbito artístico para acosar y hostigar a mujeres menores de edad. La usuaria Isis (@mereqtengue) relató a través de Twitter que fue acosada de forma directa por Jaramillo cuando tenía 17 años de edad. El cantante, de por entonces 23 años, le habría enviado imágenes sexualmente explícitas, que incluyeron fotografías de sus genitales.

La víctima aseguró no ser la única mujer que sufrió un hostigamiento similar y explicó que Jaramillo utilizaba su reconocimiento público para justificar su comportamiento.

“Cáando vamos hablar de cierto músico de OKILLS que tenía el mismo modus que Alejandro? Literal uno seguía la banda y el te empezaba a seguir. Te buscaba conversación por comentarios y luego se llegaba al dm. Pasaban de conversaciones cool a luego pedirte nudes”. La usuaria añadió que aunque no hubo abuso, la situación se tornó abrumadora e incontrolable: “Y no, el pana no llego abusar de mi porque en ese momento Ok***s se había ido a México pero el grooming era intensísimo. A veces estaba viendo clases y me escribía mandándome fotos de su pene, cosa que yo no pedía”.

Jaramillo respondió con un comunicado en el que evade asumir o reconocer lo relatado en redes sociales y además, dijo: “No es el momento de debatir si las cosas son o no son verdad, es momento de apoyar a las mujeres y creerles porque la única verdad es que día a día están expuestas a un machismo estúpido e innecesario”.
Además, insiste en que “el día de hoy puedo decir que soy una persona diferente al chico inmaduro que fui hace unos años”.

El escueto texto no responde a las preguntas que se plantean en redes sobre su comportamiento y esquiva, en especial, responder si mantuvo conductas inapropiadas con menores de edad a través de plataformas online.

La banda también decidió hacer pública su opinión sobre lo ocurrido, con un comunicado en el que deja claro que “desde Okills estamos al tanto de las acusaciones que se han hecho contra Leonardo Jaramillo, miembro de la banda desde el año 2010”. Publicado la noche del 26 de abril, la declaración insiste en que la banda está consciente de lo ocurrido y por lo tanto discute que “acciones a tomar al respecto”. En el texto se informó también que “Leonardo (Landaeta) no seguirá desempeñando ninguna tarea dentro de la banda“.

La violación es algo más

Con frecuencia, la cultura de la violación se encuentra en debate. En especial, en países latinoamericanos en los que el conservadurismo impone un comportamiento que busca analizar la violencia sexual como parte del comportamiento de la víctima. El escepticismo acerca de la violencia sexual como acto ilícito y de agresión suele ocultarse bajo el velo de una mirada complaciente hacia el agresor.

Quizás por desconocer las numerosas posibilidades que supone un acto de violencia semejante, el ciudadano de a pie siempre condenará una violación si puede asumirla como inevitable y si la denuncia se acompaña con evidencia gráfica incuestionable.

Pero, ¿qué ocurre si la violación es algo más que una paliza y sexo forzado? ¿Qué ocurre con las violaciones que no implican violencia física directa? ¿Qué pasa con las mujeres violadas que no gritan, que no pueden defenderse, sino que aceptan, aterrorizadas y sumisas, un hecho de violencia que las supera? ¿Existe un perfil que haga válida o creíble una violación? ¿Cuándo la violencia es menos o más directa? ¿Cuándo el miedo es más destructor? ¿Qué ocurre con la mujer abusada por el esposo?

¿Qué pasa con la mujer que bebió y llevaba una falda corta? ¿Es menos violento y devastador el abuso sexual porque la mujer no gritó ni golpeó a su agresor?

Son pensamientos inquietantes, porque asumen la idea de que existen violaciones “reales” y las que no lo son tanto. Y algunas que parece que la víctima “se la buscó”.

¿Una cita que salió mal quizás? O esos casos donde la víctima soportó la violencia sexual por miedo, por angustia, por no tener otra posibilidad. O la mujer que cree que es normal que el sexo sea violento, crudo. Y las niñas que son obligadas a contraer matrimonio aun con muñecas en los brazos.

¿Es menos violento el sexo no consensuado si la víctima no puede o no sabe cómo defenderse? ¿Es menos cruel una agresión sexual porque la víctima vestía de una manera específica? ¿A dónde conducen todas estas interpretaciones y justificaciones sobre la posibilidad de la violencia sexual?

Un pensamiento inquietante, por donde se le mire.

Lo anterior parece contextualizar el caso relacionado con Daniel Landaeta, baterista de la banda Le’Cinema, señalado de cometer –presuntamente- abuso sexual reiterado.

Isa Seijas (@isatrap_) relató a través de su cuenta que el músico abusó de ella en el año 2018 y que se trató de la escalada de una interacción que comenzó a través de redes sociales. Según el testimonio de Seijas, fue un hecho que le causó un trauma severo del cual aun sufre secuelas: “Tuve pesadillas, personas que no me creían cuando conté todo, sesiones de terapia culpándome por lo que había pasado”.

El hilo de Seijas fue respondido por otros comentarios en los que se afirma que el comportamiento de Landaeta forma parte de un supuesto patrón habitual del músico. “Mismo año, misma historia, misma persona”, señaló Anna, quien aseguró ser también víctima de abuso y violencia sexual por parte de Landaeta. Para el momento de escribir esta nota, ninguna de las redes sociales de la banda Le’ Cinema se encuentran activas ni tampoco, las de Daniel Landaeta.

Para sorpresa de buena parte de los fanáticos, la banda Le’Cinema decidió anunciar lo que denominó una “disolución total” de su proyecto musical debido a que la agrupación se encuentra inactiva desde noviembre de 2020.

Según un comunicado que puede leerse en la cuenta Twitter del tecladista de la agrupación, Elo Mks @elomks, los miembros de la banda rechazaron de forma enfática “cualquier acto que atente contra la integridad de las personas”. El texto pone en relieve la situación de Landaeta y también exhorta “a tener en consideración a las víctimas de estos hechos, pues ahora es cuando más nos necesitan”.

Otro caso que se sumó a la lista de acusaciones fue el de Tony Maestracci, miembro desde hace más de catorce años de la banda Tomates Fritos. El baterista fue acusado de presunta violación y abuso sexual por la usuaria Chelle (@chellesoy), quien narró a través de un hilo de Twitter, la agresión que sufrió al asistir al Festival de Cúsica en Caracas durante diciembre de 2019. Durante los días previos al evento, la usuaria (que residía por entonces en Maracay) formó parte de un grupo de Telegram en el que se organizó el viaje, al cual se unió el músico. Según relata la víctima “el día de el festival, 14 de diciembre, Tony; nos ofrece tickets para bebidas gratis”.

Más tarde, relata que fue invitada por el baterista a una fiesta privada en la que habría ocurrido el abuso sexual. “Recuerdo que me llevó a su cuarto, y luego desperté desnuda, teniendo flashbacks de él encima de mí desnudo. Busqué mis cosas sin encontrar mi cédula, ni mi tarjeta” La agredida detalla que después fue abandonada por el músico en una calle de Caracas y que apenas pudo pedir ayuda para regresar a su ciudad natal.

El 28 de abril la banda Tomates Fritos respondió a la situación, luego de que se conociera la renuncia de Maestracci. En su cuenta oficial de Twitter, la agrupación reconoció las acusaciones contra uno de sus integrantes y puntualizó su posición al respecto: “Tony Maestracci nos ha acompañado por 14 años, a lo largo de nuestra formación. En espera de que esta lamentable situación se esclarezca, él ha hecho pública su decisión de renunciar a la agrupación. Exhortamos a las autoridades a asistir a la denunciante, permitiendo también que se respete el legítimo derecho a la defensa. Reiteramos nuestra solidaridad y empatía con las víctimas que han decidido denunciar y hacemos votos porque exista una conducción del debido proceso en todos los casos”.

Tan machos, tan machistas

Nuestra sociedad consume símbolos y nos convierte en observadores. Lo que está ocurriendo en Venezuela con las agresiones denunciadas y presuntamente protagonizadas por músicos, deja claro que se trata de una versión dolorosa de la ignorancia acerca de los alcances y matices de la violación. ¿Por qué nos parece menos grave que un hombre amparado en su fama hostigue y acose a mujeres? ¿Por qué se relativizan situaciones como la protagonizada por Daniel Landaeta por el mero hecho de que su víctima había consumido alcohol?

El consentimiento es un debate que la cultura venezolana aun no logra asimilar del todo. Para buena parte de una generación educada sobre la base de una percepción misógina sobre un delito sexual, los conceptos sobre lo que puede ser o no admisible, son tan amplios como complicados de entender. Se trata de actitudes sociales que favorecen la violencia sexual (como en el caso de las bandas venezolanas, el presunto encumbramiento e invisibilización de las víctimas), la noción de que la violación puede ser algo sexy, el hecho de estigmatizar a las víctimas que denuncian como mentirosas o incluso, débiles, por el mero hecho de considerarse agredidas.

¿Es admisible que la sociedad disculpe un acto de violencia sexual insistiendo en que “los hombres se comportan como hombres”, como si no pudieran controlar sus impulsos sexuales?

¿Hasta dónde la sociedad vende la idea de que la mujer violada debe cumplir un estereotipo — virgen, agredida, golpeada — y que no admite que algunas mujeres simplemente callen por la misma vergüenza sobre su sexualidad que la cultura les inculca desde pequeñas?

Somos hijas de una sociedad que asume lo femenino como una contraposición a lo masculino y que pocas veces analiza a la mujer más allá de su rol social. ¿Qué ocurre entonces con la víctima? ¿Con la violada que calló por miedo? ¿La que no fue golpeada sino drogada? ¿Qué debe interpretarse de una sociedad que fomenta que se guarde silencio sobre un delito sexual, que denigra a la víctima?

Pero incluso, la cultura de la violación es más sutil que eso: hablamos de los piropos ofensivos que se soportan en plena calle, los que no diferencian la persuasión y la coerción. Hablamos de la gente que excusa al agresor y culpabiliza a la víctima por haber consumido alcohol o drogas. O por estar en determinado lugar. La que hace chistes sobre violencia sexual e intenta normalizar la agresión como una forma de cultura. ¿Hasta dónde estamos conscientes de la manera como el metamensaje de una agresión sexual se consume y se interpreta? ¿Qué tan responsables somos de su proliferación?

Los argumentos anteriores pueden parecer dramáticos, exagerados. Incluso extremos. No obstante, son ideas bastante extendidas, con las que sueles tropezar quizás con demasiada frecuencia. ¿Cuántas veces no se insiste en que la víctima pudo haber evitado la violación cambiando su manera de vestir?

¿Cuántas veces no se sugiere que la víctima incitó al violador por su manera de hablar, de bailar o cuanto pudo beber antes de la agresión? ¿En cuántas ocasiones la víctima debe demostrar que a pesar de su edad o lo que pudo hacer fue sometida a la violencia? Son ideas culturales que parecen sostenerse sobre el estereotipo del instinto “irreprimible del macho” y la cualidad “tentadora” de la mujer.

Y de nuevo, la gran pregunta es ¿por qué un crimen de violencia sexual debe ser analizado como culpa y responsabilidad? ¿Qué hace que un delito sexual sea menos absoluto, menos evidente? ¿Se debe a que la víctima debe demostrar su miedo y angustia? ¿Hacerlo bien visible? ¿Y si no lo hace: es menos grave, más angustioso, menos doloroso?

Es mucho lo que nos falta como sociedad. Pero estos momentos de visibilización, además de su carga de dolor, nos obligan a hablar de esto que muchos prefieren callar. Y muestran una parte de esa realidad que tanto empeño ponen en mantener oculta.