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De Cúcuta a Caracas: tu vida en manos del gobierno venezolano

Alejandra pasó 23 días confinada en un hotel en Caracas tras embarcarse en la penosa odisea de regresar desde Cúcuta. Durante un mes no fue dueña de su destino: todo lo decidía el gobierno. O el oficial a cargo. "Es como un secuestro", dice. Este es su testimonio: una idea de lo que tienen que vivir quienes aspiran a volver a casa en medio de la pandemia

De Cúcuta a Caracas: tu vida en manos del gobierno venezolano

A partir del tercer piso el hotel seguía funcionando: las parejas entraban a lo suyo, pasaban algunas horas y se iban. Todo normal para un establecimiento de esta naturaleza: discreción. Una ventanita giratoria para recibir el servicio a la habitación sin que nadie te vea. Y así. Lo que no sabían esas parejas es que debajo de sus fugaces encuentros estaban al menos 100 personas pasando la cuarentena obligatoria tras vivir la odisea de regresar al país a través del corredor humanitario entre Cúcuta y San Antonio del Táchira. O si lo sabían, parecía no importarle a nadie: ni a ellos, ni a los administradores del hotel.

Los vecinos del Hotel Vizconde, en La Candelaria, sí estaban al tanto: tener a esa gente allí daba miedo. Miedo a la COVID-19.

Adentro también había temor. Por la posibilidad de que aparecieran casos positivos. Por la incertidumbre de no saber cuándo saldrían de allí. Por la escasa información oficial que les daban. Por sentir que nada estaba en sus manos.

Porque es así: una vez que cruzas la frontera, las decisiones ya no las tomas tú.

La habitación de Alejandra estaba en planta baja. Un cuarto que nadie usaba, en realidad: una cama matrimonial y una litera. Un solo bombillo. Un aire acondicionado que no enfriaba. Ninguna ventana. Sin luz del exterior. Un baño. Allí le tocó estar con cuatro personas. Por fortuna, venía con ellas desde el principio de su regreso.

Apenas al llegar les indicaron que no salieran ni al pasillo. Asume que en parte por prevención y en parte para que el hotel pudiera seguir recibiendo a las parejas urgidas de un rato de intimidad.

La primera cena, lo recuerda claro Alejandra, la recibieron por la ventana giratoria: pasta con pollo. Y de ahí en más, siempre pollo. Incluso mezclado –una vez- con una mortadela descompuesta que los intoxicó a todos: a los aislados y a los militares y milicianos que los custodiaban.

Los días y noches iniciales en ese confinamiento oscuro y caluroso transcurrieron con relativa calma. Había que ocuparse de cosas: mantener aseada la habitación, ayudar a sus compañeras de espacio. Lo usual.

Alejandra tiene una ventaja: es psicóloga, transmite aplomo cuando habla, hay liderazgo en su actitud. Y logró aprovechar el tiempo para empezar un curso en línea a través de su teléfono. Pero además, manejaba algo de información: una prima había salido una semana antes de Cúcuta y le iba contando su experiencia para que ella tuviera una mejor idea de lo que venía. Pero una cosa es que te cuenten y otra vivirlo. Eso, que es tan obvio, no deja de ser importante.

Como era de esperarse, el frágil orden en la convivencia del hotel se quebrantó cuando las normas dejaron de cumplirse. ¿Qué tanto respeto podían imponer milicianos de avanzada edad que tenían que pasar por los mismos rigores del confinamiento? ¿A quién se le pudo haber ocurrido que era buena idea meter allí a señores de 70 años a riesgo de que terminaran contagiados de COVID-19?

La primera pregunta tiene respuesta: eso duró poco. Se abrieron grietas en la disciplina. Entró licor. Posiblemente algo de droga. Uno de los aislados instaló a su novia en el piso 3. Hubo música en las noches. Ruido. Discusiones. Corrió de boca en boca la historia de una mujer que tuvo sexo con varios de los migrantes recluidos.

“Una noche escuchamos un ruido terrible: era un aparato que avanzaba regando cloro por los pasillos”, cuenta: “Nosotras dejábamos la puerta medio abierta para que circulara el aire, y nos la cerraron de golpe. El olor a cloro ahogaba. Nos tuvimos que ir al baño y abrimos los chorros de agua. Nadie explicó nada, solo ordenaban, a los gritos, que nos quedáramos en los cuartos. Esa noche se llevaron a la chica del piso 2 sobre la que se decía que había tenido sexo con varios muchachos: su prueba había dado positivo”.

Eran rumores. Nada de información formal. Pero en algún momento el oficial que estaba a cargo les dijo: “La vaina no es juego”. Y sin explicar mucho les confirmó que algunos estaban contagiados. Otra noche de cloro, más adelante, se llevaron a quienes tuvieron contacto –de cualquier tipo- con la joven del piso 2.

Entrar y salir de Cúcuta

Alejandra estaba en Cúcuta, pero no es migrante. Su plan de viaje era parar en esa ciudad unos días y luego seguir hasta Bogotá donde haría una certificación profesional. La pandemia no la dejó.

Llegó a Cúcuta el 11 de marzo y allí recibió la noticia de que el curso se suspendía por la cuarentena: “Colombia cerró sus fronteras y luego lo hizo Venezuela”, cuenta. Tenía la suerte de hospedarse con sus familiares, así que pasó un mes más o menos tranquila. Pero el hogar llama: dos hijos y su esposo la esperaban en Caracas.

Veía en la televisión lo que ocurría en la frontera: “Hay menos censura allá”.

Cúcuta

(Schneyder MENDOZA / AFP)

Una prima se aventuró primero en el corredor humanitario y le iba contando por teléfono cómo era el proceso. Así que se decidió: la añoranza, el factor económico.

En fin, la necesidad de estar en casa.

La verdad es que Alejandra no se llama Alejandra. Prefiere que su relato aparezca sin su nombre verdadero: nunca se sabe lo que puede pasar. Tampoco estaba sola. Con ella iban su hermana y su madre, una señora de 74 años. La prima le contó que al llegar a San Antonio le hicieron una prueba rápida para detectar COVID-19 y eso le inspiró algo de confianza. Su mayor temor era contagiarse. O que se contagiara su mamá.

El 29 de abril tomaron un taxi hasta el sector La Parada y allí empezó la historia: “Había mucha gente esperando. Los trocheros te caen como zamuros, te dicen que sin ellos no vas a poder pasar. Te meten miedo. Cuesta mucho sacárselos de encima”.

A las 10 de mañana abrieron la frontera y comenzaron a pasar en lotes. El tercer grupo fue el de ellas: eran 74. Caminaron dos o tres kilómetros bajo el sol, ahogadas por los tapabocas, con la piel ardida: “Al llegar al primer punto de control te echan agua con cloro, te revisan los antecedentes, te toman la temperatura y te piden tus datos personales. Luego pasas a una carpa grande y te hacen una prueba rápida. A las 5 de la tarde estábamos en la fila para abordar un autobús”.

Cerca de las 7 de la noche llegaron al terminal de San Antonio del Táchira. Les tocó medio dormir al aire libre, todos tirados en el piso, en turnos para cuidar las maletas: “La oscuridad no te deja ver las dimensiones del lugar”.

Por lo que le había dicho su prima, pensaba que la segunda noche sería en el interior del terminal. Pero al salir el sol pudo apreciar mejor el panorama: gente que llevaba tres días a la intemperie, baños portátiles colapsados, anotarse en una lista, en otra, en otra. Horas y más horas bajo el sol. Y seguían llegando autobuses.

Hasta que apareció uno cargado de migrantes que venían de Cali. Se corrió la voz de que habían varios casos positivos a bordo. La angustia aumentó: el coronavirus les pasó por al lado.

De pronto, les indicaron que se iban en otro autobús a un Punto de Atención Social Integral (PASI) cercano: “Salimos como a las 2 de la tarde del 30 de abril. Nos tocó un liceo bastante grande, llamado ‘Manuel Díaz Rodríguez’. Ahí nos contaron que Freddy Bernal estaba en la zona y que fue a supervisar porque se enteró de que había contagios entre quienes llegaron de Cali y ordenó que aceleraran los traslados, que había que desalojar el terminal”.

Reunieron a gente de Caracas, Vargas y Miranda. En cada aula instalaron a 13 o 14 personas y estimaban que pasarían ahí al menos una semana. “Era un liceo muy abandonado, sucio, los baños tapados. Nos dieron unas colchonetas, pero no le daban tapabocas a la gente. Nuestro grupo se mantuvo hasta el final. Éramos 13, entre ellos un doctor, una familia, algunos profesionales y una bebé. Nos tocó el aula 9”.

El espíritu de ese grupo se mantiene hasta hoy: entre ellos se llaman “Los sobrevivientes del aula 9”.

Prueba tras prueba

En el Hotel Vizconde los aislados recibieron la visita de médicos durante los primeros días: les tomaban la temperatura, les hacían preguntas. Nada más allá. Pero iban.

Llegaron el 5 de mayo y el 10 les hicieron pruebas rápidas: todas negativas. El 15 les tocó la PCR. Y por ese resultado sí había que esperar.

“El médico que nos hizo la prueba parecía un niño”, recuerda: “Y no usaba tapaboca. Tuvimos que darle uno”.

El encierro, la comida, la percepción de estar sanos y atrapados. La poca información. La convivencia de personalidades tan disímiles. El relajamiento de las normas. La “viveza” de unos. El cóctel no auguraba nada bueno. Así que empezaron a pasar más cosas. Por ejemplo, una muchacha se fugó por una ventana del primer piso: amarró unas sábanas y escapó corriendo. Como en las películas.

“Diría que la gente empezó a alzarse”, cuenta Alejandra: “Se fue creando un ambiente como de protesta, de queja permanente. De irrespeto. Nos hicieron la PCR y se suponía que en tres días nos daban los resultados. Pero no llegaban. Y empezaron a aparecer los casos positivos”. Y con ellos las noches de “limpieza” con cloro.

Y más tarde, los “colectivos”.

Un día un grupo de exaltados acorraló al médico que permanecía en el hotel: le exigían los resultados. Así se enteró Alejandra de que ese doctor dormía allí también. Después de eso, no volvió. Y esta acción tuvo consecuencias.

A las 11 de la noche del día siguiente aparecieron unos hombres golpeando a las puertas. Gritaban por los pasillos que sabían lo que estaba pasando en el hotel y que no lo iban a tolerar más. Que no aceptaban más quejas por la comida. Que todo se estaba demorando por el relajo interno: “Y dijeron que el capitán que estaba al mando era un traidor, que había roto las normas y que por eso lo sacaron del lugar”.

Y algo más: “Los que no tienen nada que ver con eso, quédense quietos. Sabemos quiénes son. No es con ustedes”.

En efecto, el capitán fue removido del lugar. “Llegó un teniente muy serio, que no soltaba información”, cuenta Alejandra: “Lo único que decía era que él recibía órdenes. Le pedí que trajeran a un médico para que viera a mi mamá porque tenía una pierna muy hinchada. Desde afuera mi familia presionó también y así logramos que la examinaran”.

Trascurridos unos días, otro rumor empezó a circular en el hotel: los resultados de las PCR se habían extraviado. Eso explicaba la tardanza. Pero Alejandra recibió una información más confiable, aunque también desesperanzadora: las pruebas se habían mezclado con las de otros grupos. Por un error de clasificación, todo el proceso se retrasaba.

¿Cerca del hogar?

“En el grupo del aula 9 ninguno era migrante”, aclara Alejandra sobre el tiempo en el liceo de San Antonio. Eso los unía. De alguna manera los hacía sentir diferentes: no cargaban el fardo del desespero de quienes volvían con hambre y sin recursos.

En el liceo improvisaron un comedor. Y cerca de allí estaba una venta donde se podía comprar comida y refrescos: la única bebida fría en medio de ese calor. Un lujo para muchos: “Había gente que no tenía nada, ni un pañal para ponerle a sus bebés”.

La primera noche pudieron dormir tranquilas. En la mañana se establecieron comisiones de trabajo para encargarse del lugar y al grupo del aula 9 le tocó el aseo de los baños. El lugar tenía agua, los militares que custodiaban resultaron cordiales. Pero no daban explicaciones.

Rápidamente se gestó una especie de convivencia de sobrevivencia: “Las que hacían uñas, se pusieron a hacer uñas. Los barberos cortaban el pelo… Al tercer día de estar en el liceo nos hicieron pruebas rápidas y todos salimos negativos. Eso hizo que la gente se relajara un poco. Yo igual trataba de mantener mis medidas de prevención, de no ir a otras aulas, no salir mucho”.

El quinto día era el de irse. Todos tenían que estar listos a las 7 de la mañana. Y les hicieron una advertencia: no hay comida para el viaje. En realidad dos: la caravana de autobuses no se detendría hasta llegar a Caracas, así que ni comida, ni acceso a baños durante al menos 14 horas.

Las primeras filas de puestos estaban ocupadas por el equipaje: esa era la manera de separar al chofer de los pasajeros: “Nos pidieron una colaboración para ese señor al que tampoco le habían dado ni agua”.

El viaje duró el doble de lo previsto. Era una caravana de 10 autobuses que debía detenerse constantemente sin explicaciones y sin que nadie pudiera bajar a estirar las piernas. En el camino, al pasar entre Mérida y Trujillo –cree Alejandra- en algunos momentos se acercaron personas a regalar frutas a los retornados: “bienvenidos”, llegó a escuchar.

No le dijeron lo mismo en Tazón a la mañana siguiente. Pero ya estaba más cerca de casa. O eso creía.

“Ahí nos bajamos todos. Te echan agua con cloro. Te dan un tapaboca nuevo. Te hacen una prueba rápida y reorganizan los autobuses por ciudades”.

Les indicaron que iban a ir al Hotel Alba Caracas, algo que ella ya sabía por su prima, quien para ese momento estaba aislada en las residencias Anauco Suites. A las 11 de la mañana –todavía sin haber comido- llegaron a ese especie de campamento de recepción en el que se convirtió el hotel. A su grupo lo atendieron casi a las 2 de la tarde.

“Pasas por varias estaciones donde te hacen un chequeo médico básico, te van pidiendo información, te miden, te pesan, te preguntan por qué regresaste. Después una epidemióloga nos dio la bienvenida y nos dijo que íbamos a estar aislados en hoteles, que allí nos harían pruebas rápidas y a los siete días la PCR. Y que si el resultado, tres o cuatro días más tarde, era negativo, nos mandaban a la casa”.

«Es como un secuestro»

Ya todo eso había pasado: incluso los “tres o cuatro días” después de las PCR. Se las hicieron el 15 de mayo, para ser exactos.

El 25 de mayo llegaron con una lista de resultados negativos: “De 72 personas que nombraron, solo 13 eran del hotel. Ese desorden nos desanimó”. En la madrugada del 26 otra lista: “La mayoría sí eran del grupo, pero no estábamos nosotras”. Ese día a otro grupo lo mudaron al Hotel Bruno, en las cercanías de Plaza Venezuela.

Finalmente el 27 leyeron sus nombres: “Era una lista corta, pero estábamos mi mamá, mi hermana y yo. Se suponía que saldríamos en dos o tres días. Nos hicieron otra prueba rápida que también dio negativa”.

Ya no había duda posible: las cinco pruebas rápidas que les hicieron confirmaron que estaban sanas y la PCR lo demostró de manera concluyente. ¿Qué más faltaba por hacer?

“Yo presionaba porque la pierna de mi mamá estaba cada vez peor. Nos dijeron que al día siguiente nos iban a llevar otra vez al Alba para una especie de acto. También había rumores de que iban a mudar a las otras personas. Pero a las 2 de la tarde del día previsto para salir seguíamos allí. No había ni almuerzo. Algo no me cuadraba, estaban todos tensos”.

Les ordenaron permanecer en las habitaciones, pero unos ruidos en el pasillo alertaron a Alejandra: el encargado del hotel estaba sacando a gente en silencio hasta que uno de ellos empezó a gritar que se iba. Y fue entonces cuando les dieron otra mala noticia: solo podían irse si todo el grupo de la habitación ya había recibido el resultado de la PCR.

“Si faltaba alguien, el grupo se tenía que quedar. Y en nuestra habitación faltaba la chica que estaba con su esposo. También estaba una mujer con 37 semanas de embarazo a la que no le habían hecho ni un eco desde que cruzó. Ella logró salir por su condición. Pero nos quedamos más o menos 70 personas”.

Tuvieron que pasar a la acción: “Dijimos que nos íbamos como fuera. Y se armó una protesta. El oficial que estaba a cargo llamó al coronel del Alba, pero su respuesta fue que pasaría a hablar con nosotros en uno o dos días, que estaba ocupado”.

28 de mayo. A las 2 de la tarde se juntaron en el lobby del hotel. Golpeaban la puerta de salida. Gritaban. Coreaban consignas. Se declaraban secuestrados. El ruido alertó a los vecinos. Llegaron los curiosos. Hicieron circular un video que fue difundido a través de las redes de El Estímulo y fue reproducido por algunos periodistas en Twitter.

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Un grupo de venezolanos que regresaron de Colombia por la frontera han pasado 24 días de aislamiento en el Hotel Vizconde, en La Candelaria, al centro de Caracas. Algunos de ellos decidieron protestar hoy por considerar que están prácticamente secuestrados por las autoridades en ese lugar sin la atención necesaria y habiendo resultado negativas sus pruebas PCR. En el grupo se encuentra una señora de casi 80 años con una dolencia en una pierna producto del encierro, menores de edad y una mujer embarazada. Aseguran que durante la protesta fueron amedrentados por "colectivos". Hasta el momento nadie les da información sobre cuándo podrán volver a sus hogares. #Caracas #cuarentena #covid19

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“No estamos infectados, estamos secuestrados”, gritaban. El administrador del Vizconde cerró el acceso a los pisos superiores para que no lo hicieran desde las ventanas. Por el lobby pasó una pareja de salida que se sorprendió por la situación: no sabían lo que sucedía en ese hotel. Los familiares de los retenidos se acercaron al lugar. Los custodios amenazaron con llamar a los colectivos. Un policía desde afuera les mostró su arma. Y la protesta se mantuvo.

El oficial accedió a asegurarles que saldrían quienes ya tenían el resultado de la PCR, pero presionaron para irse todos. Y a las cinco de la tarde -23 días después- les dijeron: “Se van”.

Llegó un autobús en el que salieron rumbo al Alba Caracas. Y en la noche, finalmente, Alejandra pudo volver a abrazar a su esposo y a sus hijos.

“Lloré al llegar a mi casa. Hasta entonces era como que no caía en la dimensión de lo que habíamos vivido. Supongo que era un mecanismo de defensa: estaba con el virus al lado… Eso es como un secuestro. Al principio no lo ves porque crees que te están cuidando. Pero te van quitando tu libertad, tus derechos. Y al que protesta, lo callan”.

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