De mentiras repetidas a “verdades incontrovertibles”

Repetir o posicionar mentiras, como quiera que se le llame, remite a una vieja práctica de propaganda totalitaria. Sobre la maquinaria que impone falsedades reflexiona Carolina Jaimes Branger

De mentiras repetidas a “verdades incontrovertibles”

Uno de los mayores éxitos de los regímenes totalitarios se fundamenta en su propaganda. Y cuando se habla de propaganda, el primer nombre que viene a la mente es el de Joseph Goebbels, el cerebro detrás del partido nazi primero, y luego como ministro del Tercer Reich, quien no solo encumbró a Hitler a alturas que este -aun dentro de su megalomanía- quizás jamás soñó, sino que también le hizo creer al pueblo alemán que, a pesar de que el país ardía por los cuatro costados por los bombardeos aliados y el ejército alemán retrocedía en todos los frentes, todavía podían ganar la guerra.

A Goebbels le atribuyen la frase que reza “una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad”. Y bien podría ser suya. El hecho cierto es que repetir mentiras para convertirlas en verdades lo han puesto en práctica regímenes como el soviético, el camboyano de Pol Pot, el de Corea del Norte, el chino, el cubano y otros más. El venezolano, por supuesto, ha explotado la máxima hasta el hastío.

Pero hay otra táctica que ha surgido de las redes sociales. Los llamados “bots” o “bots sociales” son cuentas que se usan en redes sociales no solo para generar mensajes de manera automática, sino como instrumentos de divulgación de ideas, campañas y… mentiras. Que repetidas mil veces se convierten en verdades para millones de personas que ni siquiera se han tomado la molestia de chequear si son ciertas o no…

El chavismo las ha usado ad náuseam porque les resulta. Así han creado leyendas negras a quienes quieren destruir o por lo que quieren divulgar, y no solo sus seguidores se hacen eco: los opositores también.

Quizás la primera vez que recuerdo que pusieron a rodar algo así fue con el resultado del referendo revocatorio, donde la guinda del postre fue aquel libro de Jorge Rodríguez que supuestamente tenía “los verdaderos resultados” que daban por ganador al “SÍ” y montaron aquella patraña de recoger los libros. Chávez ganó el revocatorio por amplio margen porque primero, hizo todo para impedirlo y segundo, una vez que no lo pudo impedir, hizo todo para ganarlo. Pero sembrar esa idea en los opositores fue una idea genial, porque eso promovió la abstención y la abstención siempre ha favorecido al régimen.

Así hemos visto cómo pusieron a rodar rumores de que Juan Guaidó se había robado el dinero de la ayuda humanitaria y más recientemente, el de Monómeros.

A Julio Borges le han inventado cualquier cantidad de historias falsas, siendo una de las más graves haber participado en la planificación del atentado contra Maduro.

A Henrique Capriles lo crucificaron con la mentirota de que había entregado las elecciones que le había ganado a Maduro en 2013, cuando lo cierto es que Capriles no tuvo manera demostrar su victoria porque -aun cuando se lo habían asegurado- no tuvo testigos en todas las mesas y sin actas en la mano era inútil reclamar. Lo que hizo fue salvar vidas al no llamar a la gente a que saliera a la calle. Pero hasta el día de hoy está pagando por una culpa que no tuvo.

A Carlos Ocariz le atribuyeron la entrega de Caguaripano y en el Twitter se puede leer la andanada de insultos “porque lo entregó”. ¿Es que acaso es tan difícil corroborarlo, en vez de repetir como loros algo que no es cierto? Ocariz no estaba en Venezuela cuando capturaron a Caguaripano. Estaba con su hijo enfermo en los Estados Unidos. La policía de Sucre, en aquel momento, estaba intervenida. Y el carro donde iba el militar no atendió la voz de alto de unos policías en una alcabala, sino que se dio a la fuga. Lo persiguieron y lo cercaron. Y llevaban armas con ellos. Al detenerlos fue cuando supieron de quién se trataba.

Y así, la máquina de leyendas sigue creando historias rocambolescas, porque pareciera que mientras más rocambolescas sean, la gente más se las cree.

Empecé hablando de Goebbels y voy a terminar con él: estaba tan convencido de que Hitler era una especie de dios (y aseguran que su esposa Magda era todavía más fanática que él), que fueron los únicos que acompañaron a Hitler en el búnker, llevando con ellos a sus seis pequeños hijos. Los demás salieron corriendo, cosa que harán también los de aquí, por aquello de la analogía de las ratas saltando del barco que se está hundiendo.

Cuando Hitler se suicidó y ante la imposibilidad de pensar vivir en un mundo sin él, Goebbels y Magda asesinaron a sus niños y luego se suicidaron. No veo Goebbels o Magdas en Venezuela. Lo que sí veo es a una importante cantidad de esbirros tratando de pactar con aquellos a quienes les levantaron tantas calumnias, tratando de borrarlas, de subestimarlas, incluso de desmentirlas. ¿Qué harán entonces aquellos que por su imbecilidad las convirtieron en verdades incontrovertibles?