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De regreso a la normalidad que no existe

La pandemia y el tiempo que le sigue, en un país como Venezuela, solo deja al desnudo que no tenemos una normalidad a la cual regresar

De regreso a la normalidad que no existe

 

Europa se encamina al desconfinamiento y en muchos países americanos se preparan medidas para lo que genéricamente se llama el regreso a la normalidad. La pandemia y el tiempo que le sigue, en un país como Venezuela, solo deja al desnudo que no tenemos una normalidad a la cual regresar.

La crisis del coronavirus, en cambio, ha sido para muchos venezolanos una suerte de nuervo escalón en el descenso paulatino de la vida cotidiana. El colapso de una sociedad no ocurre como la erupción de un volcán, pletórica. Muy por el contrario, se va manifestando con ligeros retrocesos y algunas caídas abruptas, tal vez seguidas de ligeras, muy ligeras, recuperaciones.

El tiempo de cuarentena, para la mayoría de los venezolanos, no será solo la época de usar tapabocas y guardar la distancia social: será en verdad el período más largo en el cual el país no tuvo gasolina. Este 4 de mayo se cumplen 8 semanas exactas desde que dejó de venderse combustible en las estaciones de servicio.

La ausencia de gasolina, en este 2020, ha sido más aguda y prolongada que la que se vivió durante el llamado paro petrolero de diciembre de 2002 y enero de 2003. En el Occidente de Venezuela, por ejemplo, las estaciones de servicio desconectaron las mangueras de las máquinas surtidoras. Después de varias semanas de abandono, las imágenes de muchas estaciones de servicio no son de normalidad. Muy por el contrario, parecen ser parte de alguna distopía cinematográfica al estilo Mad Max.

Durante la cuarentena en Venezuela, el servicio eléctrico hizo crisis nuevamente. Un año después del apagón nacional de marzo de 2019, quedaron en evidencia la ineficacia del régimen, la nula inversión en el sector y el manejo desprofesionalizado. Los apagones ocurren en Venezuela también graneados o diariamente, sin una hora precisa, sin conocerse la extensión, sin explicación alguna. El silencio oficial ha sido la única versión pública.

Tan lejos de la normalidad estamos que el régimen ya ni siquiera ensaya respuestas absurdas, como decir que una iguana provocó un apagón.

Ciudades como Barquisimeto pasaron de tener cortes eléctricos frecuentes a vivir apagones diarios por 7 horas, incluyendo horas de la madrugada. A Mérida llegó lo que ya se había ensayado en Maracaibo, el año pasado: programar 12 horas sin luz y otras 12 con luz, con períodos de 6 horas entre cortes y suministros.

Maracaibo, ¿a qué normalidad podría regresar? Durante abril, en medio de la cuarentena y con las personas obligadas a estar en sus casas, el estado otrora símbolo de la riqueza petrolera sufrió 5 apagones generales (en varios municipios), usualmente en horas de la madrugada. Una vida cotidiana normalizada en la cual ni siquiera se pueda dormir con tranquilidad. No es ese un lugar al cual se quisiera regresar.

Hay sectores de la sociedad que no tienen gas doméstico durante varios meses. Se ven obligados a cocinar con leña o, en el mejor de los casos, en hornillas eléctricas, siempre y cuando haya electricidad. Un servicio de agua que solo funciona adecuadamente para una cuarta parte de la población. Entretanto, las otras tres cuartas partes, es decir, la mayoría, no la recibe o debe pagar sumas elevadas. Un buen amigo paga 5 dólares para que le llenen el tanque de su casa, de 1.000 litros.

Cruel paradoja, el gobierno sigue las recomendaciones globales contra el coronavirus, y por tanto recomienda el lavado de manos frecuente. Pero la mayoría no dispone de agua potable constante y en ningún momento se ha anunciado una inversión, por mínima que sea, para garantizar el suministro de tan vital servicio.

En el grueso de países alrededor del mundo, el confinamiento, el encierro, se ha sobrellevado -para bien y para mal- gracias a la existencia de un servicio de internet que permite a los usuarios conectarse con sus familiares, pasearse por opciones de distracción en línea y continuar con las clases aquellos que son estudiantes.

La normalidad de internet en Venezuela es un servicio caído con frecuencia. Una velocidad que no es tal y una anemia generalizada en las plataformas que proveen conectividad. Es anormalidad convertida en cotidianidad.

¿Y cuando pase esta cuarentena, a dónde regresaremos? La normalidad no es tal en Venezuela.

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