Del amor a la muerte: las historias que ellas no cuentan

Muchas mujeres víctimas de ataques violentos optan por el silencio. Ello hace que, al momento de producirse una muerte por violencia de género, las autoridades, la comunidad e incluso la familia cataloguen el hecho como "algo sorpresivo”

Del amor a la muerte: las historias que ellas no cuentan

Del amor a la muerte hay diversos ciclos de negación, encierro e ignorancia. En el bucle de la violencia, matan a millones de mujeres anualmente y todos los casos comienzan por el mismo patrón.

Prohíbe usar esa camisa que te gusta. Cuestiona si llegas unos minutos más tarde. Pregunta con frecuencia quiénes son las personas que trabajan en tu oficina. Advierte que no puedes ver más a tus amigas. Grita frecuentemente. Intenta golpearte. Pide perdón por su supuesto sobresalto. Atina un golpe en tu rostro. Y se repite.

De esas situaciones, Danithsy Nava vivió algunas antes de perder la vida el jueves 20 de septiembre de 2018. Un día común, pero que Wilfrido Campo planificó a la perfección.

Ella era una mujer independiente, lo fue hasta el final. En pleno acto, y bajo la mirada aprobatoria de su exesposo, intentó defenderse de ese desconocido que la ahorcaba desde el asiento trasero de su camioneta. Pero sencillamente, su fuerza no bastó.

El cuerpo de Danithsy lo hallaron autoridades venezolanas en un voladero en la autopista Caracas- La Guaira cuatro días después del suceso. Tenía golpes en su cuerpo y el cuello magullado.

Pareciera que su historia es exclusiva, pero comparte características con los 85 femicidios ocurridos en Venezuela durante 2018, según cifras que recogió Cotejo.info, plataforma de comunicación digital creada por la Asociación Civil Medianálisis, en su informe anual correspondiente a ese período.

Danithsy, asesora inmobiliaria, lo hizo bien desde el punto de vista de su entorno. Tuvo la determinación para separarse de Wilfrido. Le permitió ver a sus hijas. Trató de mantener la convivencia de los divorciados, pero terminó siendo un número más.

Desde su muerte, en Venezuela se han registrado más de 200 asesinatos de mujeres por violencia de género. Sin embargo, ese número no incluye subregistros, asesinatos que no se denuncian o maltratos que inducen al suicidio, pero no se consideran femicidios, a pesar de serlo.

Las víctimas de femicidio tienen nombres distintos, pero lo que antecede a su muerte las une. El dolor no es solo de sus familiares, también las invade a ellas antes de que ocurra el hecho.

Generalmente, la sociedad toma estos casos como hechos fortuitos, cuando son una realidad mucho más compleja.

Son mujeres que, sin querer, viven entre el desconocimiento y una visión normalizada de agresiones psicológicas, físicas y abusos frecuentes. Comúnmente, los ataques vienen de parejas o exparejas, pero ese factor no es excluyente. El agresor también podría ser un desconocido.

Entre la culpa y la duda

Cuando se escucharon los cuatro disparos en la mañana del Día de Reyes, cerca de la parada de autobús, nadie se imaginó que Yuneimar Ginez era la víctima.

Ella era una mujer determinada y feliz, refieren los vecinos del sector El Ingenio, en Guatire. Una mujer «echada pa’alante», que tenía ganas de ver crecer a sus hijos, ambos menores de edad. Pero la verdad era conocida por algunos miembros de su familia.

Eddy Álvarez, su excónyuge y funcionario de la Policía de Miranda, la maltrataba física y psicológicamente. Él mató a Yuneimar delante de sus niños y no le importó huir dejando un charco de sangre alrededor de su cuerpo.

Desde ese día, la historia de esta madre se comenzó a contar. Pero las justificaciones al agresor y la culpabilización a la víctima no se hicieron esperar.

Yuneimar fue señalada porque el padre de sus hijos también era agresivo. Además, se le reprochó que se separara de su asesino.

Mercedes Muñoz, psicoterapeuta y directora de la Asociación Venezolana para una Educación Sexual Alternativa (Avesa), cree que estos argumentos para atenuar la gravedad de los delitos hacia las mujeres surgen de una apreciación psicopática y machista de la sociedad.

Los trastornos psicopáticos se relacionan con la falta de empatía, el remordimiento, el deseo de hacer daño a otros y son rasgos presentes en un agresor, pero no es la regla.

“A lo mejor un hombre tiene este tipo de trastornos, pero eso acontece dentro de una cultura en la que hay muchísimas imágenes y cosas que se normalizan y promueven que ellos pueden controlar, dominar y minimizar a la mujer”, explica Stephanie Zambrano, psicóloga de la Asociación Civil de Planificación Familiar (Plafam).

En un contexto de este tipo, muchas mujeres víctimas de ataques violentos prefieren guardar silencio. Esto motiva a que la mayoría se niegue a denunciar y, al momento de la muerte, esta sea vista por las autoridades, la comunidad e incluso por la familia, como algo “sorpresivo”.

“Todo esto es una cuestión de trastornos en la personalidad. Hay muchas mujeres que son responsables de esto (…) Más que un problema de supremacía machista es una cuestión de sociedad, de cultura, de casa. Todos tenemos un nivel de psicopatía, pero hay unas personas que pasan esa línea”, asegura una fuente de la Fiscalía Nacional de Femicidios.

Yuneimar jamás alertó a las instituciones de protección a la mujer de su situación. Tampoco buscó ayuda de sus allegados. Al igual que Danithsy, solo tomó la decisión de alejarse de su asesino para separar a sus niños de un ambiente hostil.

Ella se convirtió en una de las primeras víctimas de femicidio en Venezuela durante 2020, y hasta ahora se han contabilizado 35 casos.

Sin pruebas, no hay acción

Venezuela fue pionera en materia de derechos y protección de las mujeres. En 2007, cuando pocos países tenían un marco jurídico relacionado con este tema, la Asamblea Nacional aprobó uno.

La Ley Orgánica sobre el Derecho de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia fue un paso aceptado sin distinción ideológica o social. Sin embargo, lo escrito continúa siendo difícil de ejecutar.

Si bien fiscales y jueces afirman que los casos de femicidios y violencia de género se resuelven, existe un número alto de mujeres que no obtienen justicia.

Para Lucía, una mujer trujillana, hubo un resultado eficiente, pues Brandon, su asesino y excónyuge, fue encontrado culpable de propinarle cuatro puñaladas. No obstante, luego de cuatro meses, él continúa sin sentencia.

Esta situación es vista por activistas feministas y de protección familiar como un reflejo de la falta de participación y formación de las instituciones encargadas de brindar protección.

“Esto no es solo palabras, es acción. Se necesita un Ministerio Público con autoridades capacitadas, para que no reproduzcan estereotipos. Tienen que tener claro el tema”, explica la directora de Avesa.

Una fuente de este organismo, que pidió anonimato, dijo a El Estímulo que los testimonios de una víctima no son suficientes para privar a un hombre de libertad.

“Si tú eres víctima de violación, lo callas y un mes después denuncias; cuando te hagan la prueba usted no tiene nada, hermana”, expresa la informante.

Si Lucía solo hubiera recibido golpes el día de su muerte, habría tenido que llevar testigos, mostrar moretones y someterse a evaluaciones psicológicas para que la fiscalía abriera una investigación. Ese proceso toma días y en el transcurso miles de mujeres son asesinadas, porque continúan siendo encerradas o perseguidas por su agresor.

“Lo que dice la ley es que si una mujer va a hacer una denuncia, tú tienes que protegerla. Pero aquí hay una impunidad para todo”, señala Mercedes Muñoz ante esta realidad.

Las pruebas de que Brandon mató a Lucía las halló el Cicpc en conjunto con la Fiscalía Nacional de Femicidios. Por más que botó la ropa de la víctima, en su zapato quedó una pequeña mancha de sangre y el celular guardó el registro de su posición geográfica.

El caso de Lucía se resolvió antes de los 45 días que estipula la ley, pero un asesino puede pasar más de cinco años sin recibir sentencia. Incluso con esa espera, no recibiría la pena máxima (30 años).

Un destino que está escrito

El camino desde el amor a la muerte para una mujer que sufre violencia de género tiene trechos oscuros, que cuesta ver y aceptar.

Existen señales que alertan sobre la normalización de la violencia, la sumisión y la resistencia inculcada desde la niñez, pero la mayoría de las víctimas encuentra el sentido de esta muy tarde.

Ejemplos perfectos de esa situación son Danithsy, Lucía y Yuneimar, mujeres que buscaron ser libres de las agresiones de sus respectivas parejas, pero al final solo quedaron sus restos e historias.

Stephanie Zambrano, psicóloga y activista por los derechos de las mujeres, indica que aunque exista conocimiento sobre el tema, eso no garantiza el bienestar de una mujer.

“No te hace estar vacunada. Sigues siendo vulnerable porque estás en una relación con algún tipo de dependencia emocional”, detalla.

La magnitud de la crisis

En Venezuela, la reducción y minimización del género femenino no solo se relaciona con la percepción sociocultural. También hace un contraste con la crisis sin precedentes que atraviesa el país.

Quienes protagonizan estas historias pudieron ser firmes y separarse, pero hay algunas mujeres que, por las condiciones actuales, dependen de un agresor para sobrevivir.

Ese tipo de casos suelen relegarse por otros asuntos, tales como la causa política y el declive económico. Y esto solo genera un aumento del número de víctimas que, para el momento de la redacción de este reportaje, se desconocen.

Para Mercedes Muñoz, las víctimas de violencia de género viven entre probabilidades, y las historias aquí descritas no son más que el resultado de crónicas de muertes anunciadas.

Mientras las entidades públicas toman los antecedentes a la muerte como “casos de baja entidad”, Muñoz y Zambrano consideran necesaria una atención a las víctimas más allá de la exigencia de evidencias para probar una verdad jurídica.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) asume la violencia de género como materia de salud pública. En distintos informes ha sugerido la promoción de programas de educación sexual y prevención, creación de espacios de debate y habilitación de albergues de protección en caso de amenazas y ataques.

Si las mujeres asesinadas hubieran tenido acceso a espacios y especialistas que sirvieran de guía para reconocer y evitar la violencia, Danithsy habría llegado a su oficina, Yuneimar hubiera tomado el bus con sus hijos y Lucía hubiese ido a buscar a sus niños al colegio.