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"Desde allá": un filme desenfocado, perfecto para ganar festivales

Me senté en la butaca con unas ganas enormes de que el laureado filme me sacudiera, como le había pasado a varios amigos, muy buenos analistas de cine, por cierto. Pero sucedió todo lo contrario. A mitad de la cinta sabía que no había vuelta atrás. Asumí el resto del metraje con resignación, a la espera de un cacareado twist, que no termina de funcionar.

"Desde allá": un filme desenfocado, perfecto para ganar festivales

Muchas críticas cinematográficas están hechas de frases prefabricadas. Una de las más repetidas en los últimos tiempos -impulsada por las mezclas de géneros que ahora viven en los filmes – es «puede gustar o no, pero no dejará a nadie indiferente». Es una inteligente manera de lavarse las manos y depositar la responsabilidad del juicio en el espectador. Creo, no obstante, que quienes nos leen agradecen un punto de vista concreto, aunque estén o no de acuerdo. No soy un crítico de cine. Veo mucho cine, eso sí. O al menos lo intento y a partir de allí suelto algunas líneas en este espacio. Por lo tanto, lo que aquí diga no cambiará el destino de Desde allá ni el juicio de quienes la ven como oscarisable. De hecho, estaría muy feliz si lo consigue.

Aclaremos: la opera prima de Lorenzo Vigas no ha parado de ganar premios desde que comenzó a proyectarse. «El éxito no se discute»; me dijo una vez un avezado periodista que cubre la fuente de farándula. Opino lo contrario. Si algo funciona muy bien, es importante mirarlo dos veces, y si es posible, desde allá. Hace poco, por ejemplo, en un evento fuera del país, coincidí con dos periodistas mexicanos de la famosa revista GQ. Les hablé maravillas de la obra de Alejandro González Iñarritu, les conté cómo me hice fan y rápidamente me explicaron que preferían a Guillermo del Toro, «por humilde». Vemos pues, como dice Harry Callahan (Clint Eastwood) que «las opiniones son como los culos, todo el mundo tiene alguna». Y esta es la mía.

¿Qué no me gustó de Desde allá? De entrada, lo que digo en el título de esta reseña. Desde un principio se nota a leguas la mano de Guillermo Arriaga. Ahí están los mismos silencios de Babel, las mismas paradojas de 21 gramos y la misma «complejidad» social que permea a Amores Perros. Aquí coincido completamente con Jordi Costa, de El País de España, quien escribe: «Desde allá, para decirlo a lo bruto, se revela una película maquillada para gustar en las esquinas del circuito internacional de festivales y comete la imprudencia de fagocitar un estilo para degradarl0 en fórmula».

A muchos directores se les acusa de grandilocuentes y de dirigir sus proyectos con intenciones directas de satisfacer a los grandes jurados. El propio Iñárritu marcha al frente en esta lista que incluye a nuevos talentos como Nicolás Winding Refn (Bronson, Drive, Only Good Forgivens), intermedios (Quentin Tarantino y Lars von Trier) o veteranos (Michael Haneke), por nombrar algunos. No tengo ningún problema con el ego del director-escritor cuando lo que sucede en la pantalla muestra -aunque el producto final no esté acabado- trazos positivos de esa gran confianza. Este no es el caso.

Desde allá cuenta la ¿relación? entre Armando (Alfredo Castro), quien se excita con los cuerpos semidesnudos de adolescentes y uno de sus objetos de deseo (Luis Silva). Hasta cierto punto, podría ser una versión oscura de la comedia Fierecilla Domada, de William Shakespeare. Hay ciertas reminiscencias a la obra de Fernando Vallejo (La Virgen de los Sicarios) y Pedro Almodovar (imposible no recordar al español en la escena del beso forzado). Sin embargo, a diferencia del escritor y del director, Vigas no se mete en la piel de ninguno de sus dirigidos. Prefiere contar desde lejos, desde allá, con planos fijos y desenfoques que enfatizan la fría rutina del protagonista y su disfuncional acercamiento a su entorno. Esto, que funciona muy bien al principio, se convierte en una reiteración molesta. Al final, de hecho, consigue que todos nos quedemos por allá, en otro sitio, alejados de lo que estamos viendo. Y las primeras víctimas son los propios actores, que hacen lo que pueden con un guión del que poco se pueden agarrar.

Al respecto, opina Luis Martínez de El Mundo: «Toda la película se construye fuera de campo; es decir, detrás de la pantalla. Es al otro lado, donde habita el drama. Lo que el espectador es invitado a contemplar es la pautada descripción de una rutina que tiembla por dentro como la premonición que lo turbio. Sin duda, un buen inicio que, quizá, habría necesitado algo más. Pesa demasiado el esquema de un cine demasiado identificable que va camino a convertirse en puro gesto, manía incluso».

Por supuesto que no todos están de acuerdo con ello. Variety, Hollywood Reporter y New York Times le dedican extensas y positivas reseñas a la cinta venezolana. Incluso, luego de escribir mis primeras opiniones en Twitter, el periodista y especialista en teatro Edgar Moreno Uribe, me respondió: «Nunca hubo un filme tan criollo como este, salvo El pez que fuma o Macho y hembra, porque plasma un país sin amor y sin padre.». Y continuó: «Esa película es prolongación del mejor cine criollo y lo que le falta es el cuatro, porque todo lo demás está ahí y su soledad.». De hecho, mi amigo José Ángel Casanova, en El Estímulo, realizó un extenso análisis en el que la candidatea al Oscar

¿Es probable que el problema, entonces, sea mío? Sí, es probable. Tal vez haber crecido en una zona popular, haber tenido varios romances en el 23 de Enero, haber jugado con muchos de los muchachos que vivieron entrando y saliendo de las cárceles, robando partes de carros para sobrevivir, me hacen escéptico y distante ante los pocos diálogos que resultan forzados, si bien reconozco un gran esfuerzo por la verosimilitud que rodea y describe al adolescente. Lamentablemente esto se rompe cuando aparecen giros inverosímiles (imposible citarlos sin hacer spoilers), casi obligados para generar un twist que se ve venir a leguas. Y el problema no es que se presienta, porque no hay que ser un prestidigitador para ello. Lo clave es que ni importa, debido a que nunca hacemos empatía con el principal afectado. A ello se le suma un montón de huecos argumentales que seguramente los productores sabrán explotar como virtudes del filme con el típico «la película requiere de un esfuerzo del espectador para rellenarlos».

A pesar de todo lo anterior, valoro la intención de Vigas de contar  una pequeña historia a través de las calles caraqueñas. Hay que seguir machacando allí para construir un testimonio histórico de nuestras tragedias diarias, antes que evadirlas con superproducciones inocuas como Libertador.