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“Dijeron que me eché a perder la vida, pero no creo que un niño te destruya”

“Dijeron que me eché a perder la vida, pero no creo que un niño te destruya”
Venezuela lidera la tasa de embarazo temprano en América Latina. Si en la región, de cada 1.000 jóvenes, entre 15 y 19 años de edad, se embarazan anualmente 76, en el país lo hacen 101 adolescentes. Organismos que trabajan por la salud sexual y reproductiva como Plafam aseguran que aunque 9 de cada 10 jóvenes conoce los métodos anticonceptivos, solo 1 de ellos lo usa.
Venezuela sigue siendo un país joven. De sus 31,1 millones de habitantes, 27% tiene entre 10 y 24 años de edad. De estos, 1 de cada 3 es una niña adolescente. Es decir, 9,3% de la población total tiene entre 10 y 19 años según datos oficiales del Instituto Nacional de Estadísticas.
El embarazo adolescente es una realidad palpable y cotidiana para este sector. 101 de cada 1.000 adolescentes entre 15 y 19 años se embarazan anualmente en el país, mientras la tasa en el resto de los países de América Latina se ubica en 76 por cada 1.000.
El representante auxiliar del Fondo de Población de Naciones Unidas en Venezuela, Jorge González Caro, dijo en rueda de prensa el lunes 11 de julio que se trata de un problema estructural que tiene entre sus causas la pobreza, la falta de educación, la desigualdad de género y la violencia, entre múltiples factores.
La realidad de estas jóvenes supera la celebración de una efeméride. Ellas no saben de cuándo, por qué y para qué hay un Día de la Población o cuándo, por qué y para qué hay un Día del Niño. De hecho, muchas de ellas, a pesar de pertenecer a un grupo etario que las hace ser llamadas niñas, no piensan ni sienten como tales. Se consideran mujeres. Y lo son.
Angelimar Durán tiene 16 años de edad y ocho meses de embarazo. El miércoles 13 de julio asistió a un taller de maternidad en la Asociación Civil Niña-Madre, cuya sede queda en la vereda 92 de Coche. Su mamá, Eloísa Arroyo, decidió apoyarla a pesar de que otros miembros de la familia y su propia pareja criticaran el embarazo no planificado de la niña.
“Al principio pensé: estoy embarazada, me destruí la vida. Muchos me dijeron que me la eché a perder, pero yo no creo que un niño te destruya. Si Dios me lo dio es porque más adelante puedo tener problemas. Quizá no es la edad perfecta pero igual no dejaré de estudiar. Con un niño o sin él yo puedo salir adelante. No voy a durar con mi bebé toda la vida en la barriga. Hay chamas que empiezan a estudiar a los 25, yo esperaré que tenga un añito y luego seguiré mis estudios”, comenta la joven, quien tiene fecha de parto para los primeros días de agosto, pero por ser primeriza podría dar a luz a partir del 17 de julio cuando cumple ocho meses de embarazo.
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A Eloísa, su mamá, le toca más duro. Es de Carora, estado Lara, pero vive en Los Aguacaticos, en El Valle, desde hace 22 años. Madre de Humberto, Brian, Angelimar y Skarleth tiene que correr con los gastos de la familia haciendo empanadas en un local de comida. Llevaba nueve años con su pareja pero el hombre objetó el embarazo de la niña y resolvió irse de la casa.
“Me dijo que yo la estaba alcahueteando y que con toda la confianza que le dimos esto no podía pasar. Yo le respondí que si quería irse se fuera pero que a mi hija no la echaría como a un perro”, cuenta Eloísa.
Ni madre ni hija son felices al recordar cómo ocurrió. Simplemente no fue deseado. Eloísa comenta que el comportamiento de su hija cambió desde noviembre de 2015. Desapareció la amabilidad que tenía hacia sus hermanos, “les salía con retrecherías”, lloraba mucho y estaba de mal humor.
“Empecé a verle la barriga más gorda y le dije que se fuera a hacer unos exámenes. Creía que eran parásitos. Hasta que agarró un cuaderno y me lo escribió todo. No he querido preguntarle nada porque se pone a llorar. Hubo un tiempo que no quería tenerlo, pero un día fuimos a donde la doctora y allí, cuando le hicieron el ecosonograma, escuchó las palpitaciones del niño, vio su tamaño y dijo que sí, que lo tendría, pues ella contaba conmigo. No es la primera muchacha que tiene a su hija sola. Ahí estoy yo, luchando con ella”, reflexiona Eloísa.
Después de saber lo que le había sucedido, Eloísa acompañó a su hija a hacerse una prueba de embarazo. La niña le confesó que previamente había tenido miedo de contarle su experiencia pues pensaba que la echaría de la casa. Eso es pasado. Mientras evolucionó el embarazo, Angelimar dejó de ir a una tienda de ropa, donde trabaja algunas horas, y se concentró en cuidar su barriga. Dice que tiene una prima que también salió embarazada a los 17 años de edad, pero a su juicio “ella sí se quedó estancada”, algo que no quiere imitar.
“Yo no quiero verme así. Al principio era una chama de por allá, del campo, criada por una tía, pero ya he aprendido bastante. Desde que tenía 13 años empecé a pensar distinto, veía a las niñas como muy tontas, muy gafas. Gracias a Dios me tocó una jefa que me dijo que había que pensar en grande. Ella también trabajó desde los 12 años de edad, luego estudió, y se hizo abogada. Ella es mi ejemplo. Ahora mi prioridad es mi hijo. Quien me va a amar primero tendrá que amarlo y respetarlo a él. Mi familia, tías y primos, hablaron demasiado de mí pero yo ando con mi cara en alto. No me quedaré callada”.
Angelimar se toma unos segundos para contestar cuando se le pregunta por el mensaje que le daría a los padres cuyas niñas se han convertido en mamás: “Creo que no deberían regañarlas, criticarlas o guardarles rencor”, responde, para añadir con cierta firmeza: “Deberían ayudarlas a pesar de que hayan salido embarazadas tan temprano”.
El Fondo de Población de Naciones Unidas, Unfpa (por sus siglas en inglés), propone que se invierta más en las jóvenes para romper el círculo de pobreza y que se les garantice el acceso a la educación de calidad, pues advierten que mientras más educada sea la mujer se planteará metas vocacionales y profesionales diferentes a la maternidad, y por ende decidirá con mayor consciencia retrasar el momento de su embarazo.
Angelimar no era la única chica presente en la sede de Niña-Madre. Otras 10 jóvenes embarazadas escuchaban el taller de maternidad donde la facilitadora, Claudia Clemente, les habló sobre cómo lograr una alimentación balanceada a pesar de la crisis, qué hacer si les daba insomnio, y cómo tenían que realizar el trabajo de parto, mucho antes de llegar al hospital. En resumen, cómo apropiarse de su nueva realidad y tener soltura y respuesta ante ella.
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Algunas intervenían, otras caminaban con sus niños en brazos, y unas pocas se quedaban calladas, sentadas en sillas dentro de ese círculo humano trazado en una sala donde había banderitas colgadas en el techo como decoración.
Además del taller de maternidad, en Niña-Madre se les ofrece formación en el área de emprendimiento para crear microempresas. Les dictan cursos de repostería, pasapalos, tejido, foami, piñatería y dulcería, entre otros. Les dan cursos de autoestima, para que evalúen sus recursos y posibilidades y sepan que sí pueden salir adelante.
“Les reforzamos mucho su proyecto de vida, para que reconozcan que pueden hacer muchas otras cosas. La propia experiencia les dirá que tener un hijo no es algo fácil. Después de que paran se darán cuenta de ello y planificarán mejor su destino”, opina Clemente, quien trabaja en esta asociación civil desde hace 20 años.
Gladis Madriz, directora ejecutiva de la ONG, explica que el fenómeno no es nuevo. La distinto es que antes las niñas que llegaban buscando apoyo eran de 16 o 17, y ahora lo hacen desde los 12 años de edad.
“No te puedo decir que se trate de una sola causa: la mayoría de ellas son hijas de madres adolescentes y también desean serlo. No tienen un proyecto de vida sólido, también son muy vulnerables a la moda, que todo lo orienta hacia lo sexual y, además, son víctimas de la presión del grupo, que se los exige”, explica Madriz.
Esa misma tarde, en una sala contigua, se ofreció un taller de bombonería. El chocolate quedó sabroso. Madriz muestra la sala. Tiene cocina empotrada con tope de granito, nevera y sillas de madera. Provoca cocinar. La Unión Europea financia este Programa de Fortalecimiento para el Empoderamiento Económico de las Mujeres Adolescentes y Jóvenes, que al año prepara alrededor de 500 de ellas en Niña-Madre.
Ahora, más allá de enseñarles a producir dinero con algún oficio para que puedan reencauzar sus vidas, Gladis y Claudia creen que hay que insistir en el uso de anticonceptivos, no solo para prevenir el embarazo sino también para evitar una infección por transmisión sexual. Ambas aseguran que las muchachas saben que existen pero no los usan.
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Este dato lo confirma Valeria Díaz, responsable de comunicaciones de Plafam, una asociación civil que tiene 30 años trabajando en Venezuela y cuenta con cuatro sedes en Las Acacias, Petare, Altagracia y Guarenas.
“A pesar de que 9 de cada 10 adolescentes conocen los métodos anticonceptivos, solo 1 de cada 10 los usa”, sentencia Valeria al informar que la institución ofrece un paquetico de 28 pastillas anticonceptivas para tres meses por 1.000 bolívares, una opción de anticonceptivo inyectable que cuesta 900 bolívares y los condones (garantizados por la International Planned Parenthood Federation, Ippf) a 150 bolívares cada uno, cuando en la calle un paquete de tres condones cuesta alrededor de 2.000 bolívares.
Valeria asegura que diariamente recibe y responde al menos 100 preguntas por el correo info@plafam.org.ve, una dirección donde los chicos plantean las dudas más inverosímiles y nadie les pregunta por su edad o su nombre. Por esa vía ella aprovecha de decirles que en Plafam la atención es de lunes a viernes, entre las 7:00 de la mañana y las 4:00 de la tarde, y que cada consulta, sea de ginecología, pediatría, fertilidad o control prenatal, cuesta 1.500 bolívares.
“Más allá de eso no puedo garantizar que vengan, pero es vital para nosotros capturarlos cuando se acercan por primera vez. Muchos de ellos no son atendidos en los hospitales y ambulatorios si no están con sus representantes y me ha tocado decirles a los doctores, en charlas educativas, que el artículo 50 de la Lopna les da ese derecho. A partir de los 14 años pueden y deben recibir atención sexual y reproductiva, aunque no los acompañe un adulto”, explica Díaz.
Desde enero hasta mayo de este año Plafam ha atendido a 9.367 jóvenes, de 14 a 21 años, en sus cuatro sedes. Su personal está conforme con el servicio que prestan pero reconocen que son una ONG muy pequeña para dar respuesta a toda la población.  
Están conscientes de que la tasa de embarazo temprano en el país, 101 por cada 1.000 adolescentes entre 15 y 19 años, responde principalmente a un patrón cultural: una construcción social. Nelmary Díaz, gerente de programas de Plafam, sugiere que esta realidad se aborde desde un marco integral donde se estudie el problema de la violencia sexual y la paternidad irresponsable, se revisen las políticas públicas y se ofrezcan posibilidades de nuevos proyectos de vida para los jóvenes: “El embarazo temprano incide en el aumento de la pobreza y el crecimiento de la mortalidad infantil. Se trata de un problema de salud pública y tenemos que hacer algo para cambiar esto”.
Quizá ya sea tiempo de entender, como lo dice Díaz, que la sexualidad no es solo un asunto de vaginas, penes o métodos anticonceptivos. Que la sexualidad no es solo sexo. Sino que se trata de seres humanos que sienten, sufren y sueñan, en un contexto determinado.

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