El concierto de los conciertos

Nunca más cierto aquello que decía Azorín que “el adjetivo cuando no da vida, mata”. Creo que ningún adjetivo que yo use para describirlo será suficiente. Y es que el concierto de los cuarenta años de nuestro Sistema de Orquestas fue para mí el concierto de los conciertos… y hay que ver que yo he ido a muchísimos…

El concierto de los conciertos

No solo fue la música escogida y el virtuosismo al que nos tienen acostumbrados. Desde que sonaron las primeras notas de la Glosa Sinfónica Margariteña del Maestro Inocente Carreño interpretada por quinientos músicos de cuatro generaciones, pensé una vez más en la odisea que ha sido crear El Sistema. Y una vez más aplaudí con todas mis fuerzas la convicción del Maestro Abreu, esa convicción que lo llevó a sortear toda clase de obstáculos hasta llegar al día de hoy, cuando 623.000 niños, jóvenes y sus familias han sido beneficiados en formar parte de un círculo virtuoso de valores. La mayoría de ellos, provenientes de los sectores más empobrecidos de nuestra sociedad, al verse expuestos al orden, la disciplina, la responsabilidad, la solidaridad y sobre todo, la excelencia de una orquesta como las nuestras, salen de la miseria.

Pero quiero hablarles del concierto. Mi hija y yo fuimos dos de las privilegiadas en asistir. La noche anterior, en función privada para miembros de El Sistema, asistió el Maestro Abreu y me cuentan quienes allí estuvieron que la ovación que le brindaron duró casi un cuarto de hora. La gente gritaba “¡Maestro, Maestro!”. Igual situación se repitió a la mañana siguiente -aunque no estuvo presente- luego del video resumen de las primeras cuatro décadas de la obra más importante que se haya llevado a cabo en nuestro país. Ahí retomaron sus instrumentos desde Frank Di Polo, Gregory Carreño, Rodolfo Saglimbeni, Ulises Ascanio, Valdemar Rodríguez, Florentino Mendoza, Luis Jiménez (profesor de Dudamel), Dionisio Segado, Francisco Rodríguez y tantos otros nombres que se me escapan, hasta Christian Vásquez, Dietrich Paredes, Diego Matheuz, Víctor Rojas, Eduardo Méndez…

Recuerdo que una vez Frank Di Polo –quien fungió de concertino en la Glosa Margariteña- me contó que en el primer ensayo hace cuarenta años el número de atriles doblaba el de los músicos. ¡Una orquesta no se formaba con once músicos! Sin embargo, el Maestro Abreu, montado en su podio, les decía entusiasmado: “ustedes van a ver qué maravilla va a ser esta obra, somos los pioneros”. Solo él, en su genialidad, podía imaginarse en lo se convertiría aquello que comenzó en un garaje.

Un coro de mil voces, dirigido por la Profesora Lourdes Sánchez, acompañó a la orquesta de cuatro generaciones en la Cantata Criolla de Antonio Estévez y a los solistas Idwer Álvarez y Gaspar Colón Moleiro. El coro nuevamente nos electrizó con su interpretación de la Oda a la Alegría de la Novena Sinfonía de Beethoven, con Álvarez y Colón, Katiuska Rodríguez y Mariana Ortiz. Los mejores solistas para el mejor coro y la mejor de las orquestas.

Dudamel dirigió todo el concierto, excepto dos de los “encores”. El primero, el Amén y el Aleluya de Händel los dirigió el Maestro Gregory Carreño, uno de los directores más populares y queridos entre los niños y jóvenes de El Sistema. Ahí nuestro director más famoso volvió a ser violinista, pues fungió de primer violín junto a un violinista de la Sinfónica Infantil, Frank Di Polo y los concertinos de la Simón Bolívar, Alejandro Carreño y Ramón Román. Luego, volvió Dudamel al podio a dirigir Alma Llanera y Venezuela, interpretadas por la orquesta, el coro y los músicos del Programa Alma Llanera del Guárico y coreadas por todo el público. Por cierto, entre los cuatristas se encontraba el Pollo Brito, también exalumno de El Sistema. ¡Qué momento tan emocionante! El final (que nadie quería que llegara) y segundo “encore” que no dirigió Dudamel, fue apoteósico: el pequeño José Luis Alvaray, percusionista de la nueva Orquesta Nacional Infantil dirigió el Himno Nacional, cantado por los mil integrantes del coro, los quinientos músicos y las dos mil trescientas que llenamos el Teresa Carreño.

Nuestro Sistema de Orquestas se ha desarrollado y crecido a lo largo de cuarenta años hasta convertirse en la referencia mundial que es hoy. Muchas personas han tenido que ver en ese crecimiento y desarrollo, pero nada de eso hubiera ocurrido si no hubiera sido por el querido y admiradísimo Maestro José Antonio Abreu, el hombre que estaba seguro de que tocar y luchar eran parte de la misma cruzada, el hombre que sabía que si insistía y persistía podía cambiar la cara de la pobreza y lavarle la cara al país, el hombre que se fue detrás de su sueño… ¡y lo hizo realidad!