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El derecho a que no te guste esta Vinotinto de Dudamel

La selección nacional sub 20 consiguió clasificarse al Mundial de Corea con un fútbol rácano que nunca potenció a lo mejor que tenía: el talento individual. En un torneo mediocre, sin embargo, le bastó el esfuerzo físico y ráfagas colectivas para conseguir el importante cupo.

El derecho a que no te guste esta Vinotinto de Dudamel

Cuando empiezas a leer a Michel Houellebecq no hay vuelta atrás. Son tan poderosas sus conclusiones y tan finas sus sentencias, que te deprime saber que nunca concebirás siquiera medio párrafo parecido. El escritor francés es dueño de una frase que llevo en los dedos desde que comenzó el Sudamericano sub 20: «El arte debería ser atractivo inmediatamente. Circula la idea de que debe hacerse un esfuerzo para captar la belleza y no estoy de acuerdo». Cambie «arte» por «fútbol» y me entenderán.

No hubo un partido que me gustara de la Vinotinto, no hubo un encuentro que me dejara alguna conclusión sólida sobre la calidad que atesora una de las generaciones más prometedoras de la historia del fútbol venezolano. Observé, sí, ráfagas de ese talento. Alimentadas, más que por el propio juego, por la idea previa que tenemos sobre las individualidades: Yangel Herrera, Yeferson Soteldo y Wuilker Fariñez. Sobre todo este último, que es el portero. Cuando el mejor es el hombre encargado de evitar los goles, se entiende cómo te fue en la competencia.

Jean Kerr, una escritora norteamericana que renunció por un tiempo a su vocación para criar a seis hijos (lo que permitió que su esposo sí publicara y fuera exitoso), decía: «Estoy harta de todo ese sin sentido de que la belleza está en el interior. Eso es muy adentro. ¿Qué es lo que quieres, un páncreas adorable?». La cita, además de divertida, encierra una gran verdad: hay una belleza inobjetable, como la de Sophia Loren, el cine de Akira Kurosawa, las nueve sinfonías de Ludwig van Beethoven, los albumes Abbey Road y Revolver de los Beatles, El rastro de tu sangre en la nieve de Gabriel García Márquez, Los Roques antes del chavismo, Brasil del 70 y del 82, la Francia de Platiní, la Holanda que se alimentó del Ajax y el Barcelona del sextete.

Nótese que en la lista hay equipos ganadores y perdedores. Mario Lobo Zagallo, uno de los técnicos más exitosos, como jugador, director técnico y coordinador de selecciones (4 Copas del mundo), tiene en su top personal a uno perdedor. A la pregunta «¿Cuál es la mejor Brasil que vio?», responde rápidamente: «La Copa del Mundo del 70 es indiscutible, y fue en color. Porque la otra selección brasileña fue la del 58, pero entonces la televisión era en blanco y negro, no tenía la misma expresión del 70″. Y luego se explaya en lo táctico: «Empecé un cambio radical, porque cuando recibí a la selección de Saldanha, que jugaba en 4-2-4, pensé: ‘No vamos a ganar esta Copa’. Cambié tanto que en el 70 jugaron Jairzinho, Tostao, Pelé, Rivelino y Gerson. Eran cinco jugadores que jugaban con la camiseta 10 y los puse juntos, y la selección evolucionó en una manera increíble y lo exhibió al mundo. Jamás puede ser comparada con otra selección. La selección del 70 es inolvidable».

No pegue el grito en el cielo. No, no estoy comparando a la sub 20 con la canarinha. Ni le estoy exigiendo que juegue como ella. Solo coloco en perspectiva el valor aspiracional; la estética como consecuencia del contenido (el juego colectivo). Esto nos lleva al trabajo de Rafael Dudamel. Después de casi dos años de preparación continua, al menos quien escribe esperaba ver algo más que un pelotazo para defenderse o para atacar. Y uso «pelotazo» porque hablar de un modelo de «transiciones» es vestirle de un traje que, creo, no le encaja.

La Real Academia Española define a la transición como «acción y efecto de un modo de ser o estar a otro distinto». También como «un paso más o menos rápido de una prueba, idea o materia a otra, en discursos o escritos» y, finalmente, «como un cambio repentino de tono y expresión». En el fútbol, se utiliza el concepto para hablar del cambio de un momento defensivo a uno ofensivo y/o viceversa. Y aquí vamos a hacer una pausa para hablar del pase.

En el célebre libro «Herr Pep», de Martí Perarnau, hay una cita de Guardiola para hablar de la importancia del propósito antes que de la acción:  «Si no hay una secuencia de quince pases previos es imposible realizar bien la transición entre ataque y defensa. Imposible. Lo importante no es tener el balón, ni pasárselo muchas veces, sino hacerlo con intención. Los porcentajes de posesión de balón que se manejan o el número de pases que da un equipo o un jugador no tienen la menor importancia: lo que importa es la intención con la que se dan, lo que buscaban al hacerse, lo que pretende un equipo cuando tiene el balón en su poder. ¡Esto es lo que importa!».

Ignacio Benedetti, el mejor analista de fútbol que tiene Venezuela, escribía en su blog, después del nefasto partido contra Colombia, lo siguiente: «(Rafael) Dudamel y su grupo de trabajo están conscientes de que esta selección puede jugar mejor. Esto no significa utilizar veinte pases para construir juego o inclinarse por una fórmula más directa. Jugar bien, como acto voluntario y dependiente de una puesta en escena propia, tiene que ver con identificar las capacidades innatas del equipo y promover que estas se potencien. Suena sencillo, pero no lo es, más en tiempos en los que se confunde la efectividad en acciones a balón parado para con eso que es interpretar correctamente este deporte».

Soteldo fue el rómpase el vidrio en caso de emergencia de esta Vinotinto. Una figura tan importante como aislada. El equipo le buscaba como salvavidas cuando se sentía ahogado y él hacía lo que podía, que regularmente fue amarrar el balón o lanzarse un sprint para luego observar que nadie más le acompañaba. Era John James Rambo en el bosque de Hope. No importaba si en teoría los dos Ronaldos (Peña y Chacón) estaban en cancha o si Sergio Córdova se esmeraba por seguir el ritmo. Esto sucedía porque muy pocas veces Venezuela supo aprovechar la velocidad y la creatividad de sus jugadores. Se refugió en una aparente seguridad de su zona defensiva y decidió rifar su futuro más adelante.

Y cuando hablo de seguridad defensiva voy a una estadística que hoy a nadie le importa: la cantidad de veces que el rival remató al arco. No se puede hablar de fortaleza en la retaguardia cuando Fariñez fue figura en cada encuentro. De él se dependía siempre para mantenerse en el juego (Benedetti cuenta en su blog al menos 31 disparos al arco). Gracias a él, se impidió que Argentina llegara al 3-0 rápidamente en el segundo tiempo. Ese tanto marcaba la frontera entre la catástrofe y la esperanza, algo que Venezuela conoce bastante y cuyo mayor exponente es Estudiantes de Mérida (debía perder 4-0 ante Cerro Porteño para quedar fuera y así fue).

No obviamos los buenos pasajes de Venezuela ante Ecuador y la valentía ante Uruguay. Fue contra la celeste que la Vinotinto tuvo su mejor cierre, luego de un primer tiempo típico de este torneo. Fue paradójico que gracias a una decisión arbitral Venezuela consiguiera abrir el camino a la clasificación: el árbitro boliviano Gery Vargas aplicó la ley de la ventaja en una jugada que pudo haber detenido por falta grave en el medio campo. Josua Mejías aprovechó la autopista que dejó la acción para cabalgar y poner el 1-0. Para sorpresa de todos los que buscaban teorías conspirativas en contra de la selección nacional, la goleada llegó tras dos penaltis, el tercero más claro que el segundo.

Esa reacción es muy venezolana, sobre todo ante un rival que le sienta bien. Richard Páez abrió el camino. ¿Los históricos resultados positivos contra la de mayores tienen algo que ver? Quien sabe. Aunque si se compara con lo que sucede cuando Brasil o Argentina (inclusive esta triste albiceleste sub 20) están enfrente, se aprecian las diferencias.

A propósito del peso de la camiseta, decía Zagallo sobre el Maracanazo: «Fue un trauma muy grande, tanto que cuando fuimos a jugar (contra Uruguay) en el 70, dentro de la concentración solo se hablaba del 50. Se creó un clima pesado, que no era bueno para nosotros. Uruguay hizo el primer gol. Nosotros logramos empatar a los 44 minutos. Yo ya estaba pensando en cambiar cuando Clodobaldo anotó el gol del empate. No cambié nada, era un problema más bien sicológico. Y fuimos otra selección en el segundo tiempo».

¿Significa todo lo expuesto que no debemos alegrarnos porque la sub 20 clasificó al Mundial? Por supuesto que no. Estar en la máxima competencia de cualquier disciplina es una gran noticia para un país que no cuenta con una estructura futbolística concreta. Apenas ayer Rafael Esquivel se hacía millonario a expensas del subdesarrollo local. Y en lo estrictamente deportivo, desde 2009 no se accedía a esta fase final del torneo. A propósito, bien valdría un post para hablar sobre cómo se perdió esa generación (salvo Salomón Rondón), lo cual, al final de cuentas, es la verdadera razón de ser de estos campeonatos y de la inversión de cada país en sus canteras, pero esa es otra historia.

También es un reconocimiento para el director técnico. Dudamel ha sido exitoso con la sub 17 y con la sub 20. No puede ser obra de la casualidad. Ya antes hemos escrito sobre lo oportuno de respetar los procesos y en específico de no convertir al actual técnico de la selección nacional en un chivo expiatorio. Eso no impide que perciba a la sub 20 atascada, con un peso encima que no le permite ser. Ronaldo Peña decía después de un partido «la gente espera que haga goles, pero en la cancha me piden otras cosas». Por ahí podemos tener algunas pistas, sin embargo siempre las responsabilidades son compartidas entre el discurso y la ejecución.

Francisco Ruiz Beltran, autor del libro «Filosofía y manual de un entrenador de fútbol», dice sobre «jugar bien» en el blog de Marti Perarnau lo siguiente: «La definición que cualquier entrenador debería hacer de jugar bien es la del equipo que consigue plasmar el modelo de juego que propone su entrenador según la naturaleza de sus jugadores y que está en constante evolución y abierta a cambios según la competencia, el rival y las circunstancias del juego». ¿No son suficientemente talentosos los jugadores venezolanos para intentar algo diferente? ¿No es posible encontrar puntos comunes, de Fariñez a Yangel Herrera, de Eduin Quero a Peña, de Daniel Saggiomo a Soteldo, de Mejías a Chacón? Nombro algunos a capricho, obviamente.

Vivimos una era en la que el comentario en Twitter suple al análisis profundo. Nadie quiere estar fuera de la fotografía durante el éxito y el populismo, como enseñaran los políticos (ya veremos al presidente Nicolás Maduro adueñarse del triunfo), señala con el dedo al disidente para crear cohesión social. En ese desenfreno de sumar seguidores, del «soy más Vinotinto que tú» (modalidad que Trump y el chavismo explota al echar mano del patriotismo y el nacionalismo), no hay espacio para la reflexión, como bien lo escribe Perarnau: «Dentro del fútbol de lo que menos se habla es de fútbol; tengo dudas de que esa gran masa de aficionados al fútbol sean aficionados al fútbol. No digamos los medios de comunicación, que hablan de cosas ajenas al fútbol. Por eso produce ese pasotismo de la prensa ante informaciones propias del juego. Eso no va a vender lo mismo».