El desconcierto de América Latina

América Latina parece debatirse entre democracia y populismo. Un populismo que sea más conservador o en teoría progresista, a fin de cuentas, apunta a socavar las instituciones y así se vio en la CELAC

El desconcierto de América Latina

Si se mira en su conjunto, América Latina vive momentos de desconcierto, de desbarajuste. La democracia está seriamente amenazada en la región. Y mientras esto ocurre, entre los gobiernos se registran divisiones y una campante falta de liderazgo.

Por un lado, se han consolidado autoritarismos en Cuba, Nicaragua y Venezuela. El primero tiene décadas ciertamente, los otros dos se configuraron ante los ojos impasibles del resto de países, incluido Estados Unidos. Junto a esto, presidentes que apuestan a erosionar las reglas del juego democrático (Bukele en El Salvador), o que prometen revolver todo el modelo institucional (Castillo en Perú), sólo parecen tener contrapesos a lo interno.

América Latina parece debatirse entre democracia y populismo. Un populismo que sea más conservador o en teoría progresista, a fin de cuentas, apunta a socavar las instituciones.

En este contexto se realizó la cumbre de la CELAC, con la que pretendía el gobierno de Andrés Manuel López Obrador relanzar a este organismo para contraponerlo a la OEA. Para los objetivos del gobierno de México la cumbre no dio los frutos esperados. La cumbre presidencial de este 2021, la primera después de cuatro años por falta de consenso, será recordada en realidad por los señalamientos ventilados públicamente contra los autoritarismos de Cuba, Nicaragua y Venezuela.

La cumbre, entretanto, terminó como otras tantas: con una larga declaración de buenas intenciones. Para lograr el consenso de la treintena de países el documento hace votos genéricos por la democracia y los derechos humanos, pero al mismo tiempo condena las sanciones y el embargo de Estados Unidos, pero sin mencionar a ese país de forma explícita. Las 13 páginas de la declaración son una suerte de cajón de sastre, hay temas diversos, generalidades y enunciados.

No se logró uno de los objetivos de López Obrador: lograr financiamiento regional para crear un aparato político y diplomático a través de una secretaría general sólida, para que esta Comunidad de Estados Americanos y Caribeños (CELAC) pudiese efectivamente contraponerse, como parecía ser el plan mexicano, a la Organización de Estados Americanos (OEA).

No hubo consenso en torno al financiamiento, tampoco hubo acuerdo en qué país sucederá a México en la presidencia pro-tempore en 2022, ni fecha y lugar para la próxima cumbre.

Dos días antes de la polémica cumbre en México, Estados Unidos anunció su intención de relanzar las cumbres de las Américas, que el gobierno de Joe Biden planea para 2022 y con el tema de la democracia como punto crucial en la agenda, según el secretario de Estado Antony Blinken.

Lo que se pensó sería una reunión histórica, terminó siendo una asamblea desairada, sin acuerdos cruciales y enfrentamientos verbales entre varios de sus participantes. La reunión de la CELAC que representaría para México una plataforma de liderazgo -por los resultados que arrojaría-, resultó un fracaso en muchos sentidos, sostienen analistas mexicanos.

Por su parte, el activista Gabriel Salvia, director general de CADAL, una fundación apartidaria, basada en Buenos Aires, precisó en un informe reciente que “al constituirse, la CELAC adoptó en Caracas una poco creíble cláusula democrática argumentando en favor de la unidad en la diversidad, relativizando así los sistemas políticos. Es decir, vale igual una democracia como la de Costa Rica, Chile y Uruguay que una autocracia como la de Venezuela y una dictadura de partido único como Cuba”.

La cumbre de México ha dejado en evidencia la inviabilidad de este esquema, que tuvo cierta capacidad de operación en momentos que la petro-chequera del chavismo financió tanto a la CELAC como a la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR).

En la actualidad, no hay ni el dinero de Caracas y el rostro chavista más visible es el de Maduro, quien está seriamente cuestionado y con posibilidad de ser procesado formalmente por crímenes de lesa humanidad ante la Corte Penal Internacional.