El incompleto adiós

Muchísimos venezolanos, incluso desde antes de la pandemia, experimentan el duro trance de no poder despedir presencialmente a sus seres queridos que fallecen, por haber migrado en busca de una vida mejor. El fotorreportero y cronista Daniel Hernández agrupa en este escrito varios casos de una realidad humana que signa a la Venezuela de estos tiempos

El incompleto adiós

Cuando llegas a La Gitana para cortarte el cabello, aún es posible percibir un ligero ambiente de alegría. Es la gran peluquería de Petare. La buena actitud de los que allí trabajan provee un toque de positividad que ayuda a paliar la crisis.

Williammy Carrillo es una de las divas más populares del estilismo petareño. Un maravilloso ser humano que atiende a sus clientes de la mejor forma. Entras, te instalas y ella hace que te sientas diferente. Sin embargo, Williammy está triste y rota por dentro.

Le pregunto cómo se siente y me dice: «Estoy demasiado dolida con las circunstancias…». Su padre falleció luego de complicarse con varios males, entre ellos cáncer y diabetes. “Mi viejo se murió hace muy poco, a los 75, y mi hermana, que está en Panamá, no pudo estar aquí para decirle adiós. No nos alcanzó el dinero para que ella viniera y solo me tocó mostrarle un video del funeral”.

Pa’ salvarse en Colombia

El mejor amigo de Williammy se marchó a Colombia a buscar un futuro mejor, con la idea de poder llevarla después a ella.

«El Negro se murió allá y no puede verlo más», relata con tristeza.

Quedé impactado, pues el Negro era un hombre fuerte, con aparente buena salud. Sin embargo, las duras condiciones de la migración lo cambian todo. En Colombia se enfermó de tuberculosis, una enfermedad directamente asociada a la pobreza. Con las defensas bajas, contrajo la covid-19 y murió.

«No sabes lo que me duele no haberlo visto por última vez, no poderme despedir. Es una sensación de vacío, de impotencia, porque es un ser que quieres mucho y un día, ¡puff!, se va y no lo ves más”.

“Después de tanto planificar y 20 años de amistad, debes resignarte a que ya no estará más y no estuviste allí en ese momento final. Estaba buscando la manera de ir por una temporada para estar juntos. Ya no podrá ser».

Como Williammy, a muchos otros les ha tocado el mismo trago amargo. Es esa despedida que no se da nunca y falta en el rompecabezas de cada ser humano. Un final trunco.

El mismo dolor sienten quienes se fueron para buscar mejor calidad de vida y pierden un ser querido en la Venezuela desprotegida y maltratada a la que el emigrante no puede volver. Contamos algunos casos de aquellos que sufren por un incompleto adiós.

El abuelo y el padre

Antoine Carrasquel es mi sobrino. A él no le gusta usar el apellido del padre biológico, que jamás vio por él. Por eso firma Antoine Hernández. Sí, con el apellido de su abuelo, el señor Agustín Hernández, quien lo crió. Para el viejo, era la luz del hogar. Antoine creció como un hombre de bien. Agustín sufrió un ACV isquémico y a partir de entonces ese nieto-hijo fue una gran ayuda para su abuela, para su madre y para mí.

Todos debemos trabajar muy duro para vivir en este país. Antoine, diseñador gráfico, decidió emigrar a Perú para dar más ayuda económica. Dolió verlo partir, pero entendimos que debía ser así. Estando allá, falleció Agustín. ¿Cómo coño te vienes del Perú de un día para otro si no puedes comprar un boleto aéreo así como así?

Qué frustración la suya por no poder despedir a su abuelo. Su llanto a través del teléfono me partía el corazón. Ninguna llamada de WhatsApp se compara con venir a verlo, abrazarlo por última vez. «Tío, no sabes lo que siento», me dijo, y sus palabras quedaron en mi mente. Pensaba, ¿y si me hubiera marchado yo con el mismo propósito y se moría mi viejo, como lo iba a despedir? Es algo muy duro.

Las historias de despedidas inconclusas suelen implicar el mismo dolor. Solo cambian los nombres. Vas enterándote de que muchos de tus conocidos también han sufrido estas pérdidas.

Dejarlo todo atrás

Juan Carlos Blanco, “Juanca”, como le decimos sus amigos, es un antiguo compañero de escuela. Se fue a la Argentina con su esposa, Tania, dejando todo atrás.

La joven pareja trabajó en Venezuela y se esforzó por prosperar. Lograron su sueño de comprar apartamento y le apostaban al resurgimiento del país. Pero llegó Maduro al poder y todo se fue haciendo cada día más y más difícil. No les quedó otra salida y se marcharon. Sus afectos y sus bienes quedaron en Venezuela. Los padres no estaban en edad de emigrar.

A Juanca solo le quedaba su mamá. Su padre había muerto antes, estando él aún aquí. Un día abrí mi Facebook y veo una foto de Juan Carlos niño en brazos de su mamá, con una nota muy triste en la que se despide de ella con emotivas palabras. Pero al leerlas puedes sentir su impotencia por no estar aquí, por no decir adiós, por perder ese último abrazo, que faltó.

En plena pandemia, es prácticamente imposible retornar al país en situaciones como esta. A eso se suma que la mayoría de los migrantes viven con lo justo y la decisión es difícil de tomar. O vas a Venezuela a despedir a tu madre con lo poco que tienes en un tiempo tan corto, o mandas el poco dinero que tienes para ayudar desde afuera con los gastos del sepelio. La lógica gana y mandas todo el dinero que puedes. Todos sabemos del elevado costo económico de morirse en Venezuela.

¿Cumpliste? Sí. ¿Hiciste lo mejor? Sí. Pero nada puede llenar ese vacío del adiós incompleto. No basta despedirse en Facebook o en Instagram: allí le dices a otros lo que sientes, pero eso que se lleva por dentro es un duelo difícil de digerir, un momento de fractura sin el encuentro humano que permita tener un cierre. Y de esa manera un adiós es siempre inconcluso.

Editado por Luis Alvis