El laberinto de Rafael Dudamel

El fútbol es un deporte colectivo, en el que cada uno de sus protagonistas intenta poner en escena una idea, un modelo de cómo hacer las cosas. Para encontrar y desarrollar ese manual de instrucciones es necesario tener horas de práctica para que los futbolistas muestren el camino y éste se hermane con las intenciones y los diseños del cuerpo técnico. A este estadio de retroalimentación entre entrenador y dirigidos únicamente se llega por medio de la práctica y la reflexión.

El laberinto de Rafael Dudamel

La selección venezolana, aún cuando ha gozado de tiempos preferenciales para trabajar y desarrollar todo eso que se menciona, todavía no muestra ni siquiera una idea embrionaria. Que se entienda bien, cada rival exige tomar recaudos distintos pero la identidad, eso que define al ser, o en este caso a un equipo, no puede ser negociable. La tuvo la Vinotinto de Richard Páez, y la tuvo la de César Farías.

Esta versión actual gozó de una muy buena Copa América. Tras ese torneo se pensó que ya el equipo había encontrado un funcionamiento estable, y que lo que faltaba era adaptarlo a los distintos escenarios competitivos. Los más atrevidos llegaron a asegurar que el remedio había surtido efecto, mientras que algunos pocos sugeríamos que la competencia podía formar, pero siempre pensando en el Mundial de Qatar.

Ahora bien, los avances mostrados en un torneo corto como la Copa Centenario no se han sostenido en las fechas eliminatorias. Es imposible comparar los contextos porque para justa norteamericana se pudo contar con hasta cuatro semanas de preparación, algo inexistente en tiempos de la clasificatoria al mundial, pero no deja de llamar la atención que lo entrenado, preparado, y posteriormente ejecutado en Estados Unidos no se parezca en nada a lo que se ha visto en los últimos cuatro partidos oficiales.

No nos engañemos, salvo unos pocos minutos ante Argentina esta selección sigue sin encontrar el rumbo. La excusa que disparan desde algunas trincheras versa sobre la ausencia de tiempo para trabajar, pero esta se cae por sí sola cuando se analizan ejemplos tales como el de Portugal, Islandia, Francia, Chile, Colombia,  Alemania, España y la propia Brasil, esa que el martes nos ganó casi sin despeinarse.

Precisamente, el equipo amazónico es el ejemplo más reciente de cuánto puede cambiar un grupo en los pocos días de entrenamiento que otorga FIFA, ya que esta nueva conducción, responsable de la metamorfosis del juego brasileño, no gozó de partidos amistosos y horas ensayo que sí aprovechó a la Vinotinto, antes y durante la Copa América pasada.

Las ideas de Dunga y las de Tite nada tienen que ver, pero aún así, y con un promedio de tres días de entrenamiento entre partido y partido, el actual DT amazónico ha encontrado la clave para la superación futbolística. No hago referencia a los resultados sino al juego. A lo que habría que agregar como otro frente de lucha la presión a la cual está sometido cualquier seleccionador del vecino país, algo que no sucede en Venezuela, porque aquí salvo por los cuatro gatos que nos preocupamos por el fútbol, nadie más hace el papel de fiscal o de hincha malhumorado que abunda en el resto del continente.

Entonces, si se parte de la base de que es en el juego en dónde se encuentran las causas de este triste andar, habría que poner la lupa en los protagonistas. Ante semejante panorama no se puede descartar que al cuerpo técnico y a los jugadores les haga falta algo más que el discurso; quizá deban comenzar desde cero, lo cual significa trabajar dos y hasta tres veces más que los rivales.

Cuando se hace referencia a los entrenamientos no solamente es a la cantidad de los mismos, sino al contenido que deben poseer. De nada vale practicar cinco horas si no se reproducen situaciones de juego, en búsqueda de soluciones con la misma intensidad de los partidos.

Al futbolista hay que dejarlo ser y darle contenidos para que sea él mismo, quien en su libertad y bajo la presión de un partido, actúe. Hasta el momento pareciera que eso no sucede en la selección, porque lo que se ve en la cancha, independientemente del resultado, es un equipo sin instrucciones claras, sin respuestas a las emergencias y sin capacidad de adaptación a los distintos escenarios. Pasó con Colombia, pasó con Brasil, pasó con Uruguay y pasó con Argentina. Eso de jugar bien treinta minutos es una excusa, porque el futbolista profesional no está entrenado para analizar o vivir los duelos en bloques de distinta duración. Se juegan 90 minutos, no menos.

Todo esto que aquí se describe es realmente impopular y seguramente moleste aquellos que están cerca del cuerpo técnico, pero la labor de una columna de opinión y del periodismo no es hacer amistades ni ganarse paseos, si no ejercer la crítica, siempre desde el respeto. Y es por ello que no se debe temer al afirmar que esta selección, independientemente de los resultados, no ha mostrado señales de ir consolidando una identidad.

Esto lo comprende mejor que nadie Rafael Dudamel. El fue uno de los protagonistas de aquel cambio que nació bajo la conducción de Richard Paez; él tiene la experiencia de haber jugado en ligas y equipos competitivos y sabe cómo se construyeron aquellas realidades. Es por ello que insisto tanto en que Dudamel sabe lo que está pasando, pero ya es hora de que coja el toro por los cuernos.

Entiéndase bien: no se discute la intención competitiva del entrenador, pero en este momento hace falta más que buenos deseos y discursos coherentes; el fútbol no engaña y no vive de casualidades. Una vez se puede perder por la influencia arbitral o por errores de interpretación, pero tras diez partidos de eliminatoria, este grupo debe hacer una reflexión más profunda.

Uno lamenta no poder convertirse en ese punto de apoyo que exige el cuerpo técnico, del mismo modo que lo pidieron quienes lo precedieron en el cargo. Pero el único sostén que encontrará Dudamel está en el trabajo y en el desarrollo de pautas de entrenamiento que enriquezcan y le den una identidad a esta selección. Que sepa el seleccionador que aquellos que le dicen al oído que todo está bien no hacen si no preparar el escenario para que este ciclo fallezca.

La hora de las grandes decisiones llegó y sólo él está en capacidad de implementar los cambios necesarios. Cambios en la forma de jugar, cambios en la forma de entrenar y cambios en los protagonistas. Insisto, es ahora o nunca, porque hasta de inacción se esfuman los buenos deseos.

Llegados a este punto vale la pena repensar el rol de la prensa. Ya basta de encandilarse con virtudes y ofertas que nadie puede probar. Lo que debe valorarse realmente y exponerse ante el país son valores y principios, no el amiguismo ni lo que algunos agentes y representantes sugieren. Estos futbolistas tienen el talento suficiente para competir y pelear por cosas importantes, pero si desde el micrófono de turno se exalta la banalidad y la mentira. pues entonces amigo lector, permítame decirle que estamos jodidos.

Mucho daño nos han hecho los publicistas y los comerciantes de un futuro mejor. Es el momento de revisar cómo otros seleccionados han llegado a la élite y copiar, siempre adaptando a nuestro contexto, esos valores. Ah, y al que no le cierre tanto sacrificio o tanto «encierro», que haga como otros y diga que no quiere estar.

Lo único que servirá de apoyo para la refundación de esta selección es agruparse en torno a una idea y entrenar para desarrollarla. Qué importa si son futbolistas que juegan en Italia, Venezuela o Afganistán; lo sustancial es analizar el presente y tomar decisiones pensando en el futuro. No por el país, porque a la patria no se la defiende jugando al fútbol, sino por ellos, verdaderos protagonistas y dolientes de todo esto, y por el bien de este deporte.

El seleccionador asegura que los buenos resultados están por llegar, y ojalá así sea. Nadie en su sano juicio le podrá discutir esa afirmación ya que el futuro es incertidumbre, es una ilusión, y como no existe, cada cual puede imaginarlo como mejor le parezca. Pero en tiempos de corrientes turbulentas no debe olvidarse una de las más viejas verdades de la especie humana, esa que nos recuerda que los mismos que te llevan al poder serán los primeros en sacudirte el trono.

Todos los entrenadores pasan por estos maremotos. Rafael Dudamel debe asumir el reto y mostrarse fuerte ante la tempestad, de lo contrario, esta terrible dinámica amenaza con llevárselo a él y a todos los que osen dudar.