El madurismo: la metamorfosis del chavismo

Con Maduro se ha consolidado el ocaso del chavismo. Su erosión y enanización como movimiento de masas. La pérdida de los encantos del movimiento. Sin Chávez, el chavismo se ha perdido muchísima eficacia en lo cualitativo. La obra de gobierno, que antes al menos tenía algunos hitos, se vino abajo. Se ha evaporado su carácter consultivo, su tendencia flexible, su alineamiento con el instinto popular.

El madurismo: la metamorfosis del chavismo

Con Maduro, el chavismo ha profundizado el rigor ideológico de la encomienda de gobierno. Su perfil militar, la institucionalización de su liturgia. Tal circunstancia, que probablemente sea un encargo del mismo Chávez, los ha forzado a fabricarse una realidad paralela. Los chavistas viven de sus viejas glorias y, sin Chávez, tienen lastimado el radar. Todavía piensan que la MUD está en el seno de la clase media. El discurso oficial ha perdido el contacto con la calle, por mucho que presuma de él.

Los chavistas tienden a relativizar y minimizar el calado de la crisis en desarrollo, que interpretan como pasajera, y van considerando que, al ser ellos los causahabientes de la clase obrera, pueden terminar haciendo lo necesario para permanecer en el gobierno. Aunque lo necesario produzca la indignación actual.

 

Es cierto: parte importante de estos males conocen su origen, o son la consecuencia, en las directrices impuestas por el mismo Hugo Chávez. Lo único que han hecho Nicolás Maduro y Diosdado Cabello es trabajar para hacer realidad lo que dispuso el líder. La escasez y la inflación vigentes en el país son la consecuencia del fracaso de su política de precios; como suya es la responsabilidad en la quiebra del aparato productivo nacional al promover aquella demencial ola de estatizaciones. Aquellos polvos revolucionarios, trajeron estos lodos, advertidos, que se llaman hiperinflación y escasez.

Chávez fue imponiendo de forma secuencial los elementos para quebrar la economía de mercado e imponer un circuito de bienes subsidiados. Por un tiempo, las cosas le salieron. Su enfermedad y agonía lo pillan con varios vicios graves sembrados en la gobernabilidad del país, de los cuales estaba consciente, en medio además del derrumbe de los precios petroleros, el más importante en más de 12 años. El agravamiento del hampa como fenómeno social es una falta que le podemos endosar completa a Hugo Chávez, y sus permisivos y desprolijos años de gobierno.

Era Chávez, sin embargo, un político astuto, dotado de un instinto extraordinario, que se preciaba de forma especial de su contacto con las masas, un haber intransferible. Lo único que no podemos dejar de negarle a Chávez era su habilidad estratégica. Chávez habría podido decidir, sin que nadie se lo objetara, decretar un retroceso programático, que podía ser presentado por temporal, si con ello podía salvaguardar su vigencia popular.

Con Maduro, y con Cabello, pensar en eso es figurarse un imposible. Estas personas están haciendo una especie de tesis de grado que consideran sagrada, usando como maqueta a todo el país. Ambos han sido deletéreos, pero la distancia entre Chávez y Maduro es sencillamente abismal.

Nicolás Maduro no era un líder. Se trataba de un funcionario público escogido por el propio Chávez para sustituirlo, al cual hubo que correr apuradamente a construirle una leyenda popular. En los años de su gobierno han emergido los casos de corrupción más protuberantes; y los males del socialismo se han convertido en una norma social cotidiana. De esto poco hablan los encuestadores: ya no hay «liderazgo religioso» : se va al mercado custodiado por soldados. Los problemas se agravan, en todos los órdenes, porque son atendidos desde la perspectiva equivocada. Los fundamentos del chavismo, ahora, sin Chávez, ya no son un problema político, sino una religión oficial.

Rodeado de militares, metido en su misa, Maduro ha ido perdiendo audiencias en densos sectores externos e internos. Aún con el control de las televisoras y medios, es un Presidente muy impopular. Ha además sido mucho más represivo, en todos los órdenes En los tiempos de Chávez, sus defensores podían apoyarse en la tesis de los privilegios tocados frente al liderazgo carismático, en medio de un proceso de cambios necesario, para justificar el caos existente.

Con lo andado estos años, a esos argumentos se vaciaron de contenido. El caos madurista no es polarización política: es un auténtico problema de estado. Aunque sigue presumiendo de su antiguo arraigo, y amenaza a sus adversarios con saltar en las calles al pueblo irredento, el chavismo ya es otra cosa. Ya no es pueblo, ni aluvión, ni mareas jacobinas. El chavismo es imposición. Ha terminado la sociedad de masas.