El Mundo de Sherlock Holmes se hace más grande: Los Irregulares de Netflix

El célebre grupo de Los Irregulares de Baker Street de Arthur Conan Doyle, llegan a Netflix con su singular encanto y misterio intactos. Pero además de un suceso de público, la serie es un buen momento para revisar el universo creado por el escritor. El programa mezcla aventuras e ingeniosas trampas lógicas en una nueva pieza que se añade al cada vez más robusto universo de Sherlock Holmes en la cultura pop. Todo un experimento de discurso y puesta en escena que resulta en quizás, una de las primeras grandes aventuras seriéfilas del año.

El Mundo de Sherlock Holmes se hace más grande: Los Irregulares de Netflix

Sherlock Holmes es un símbolo imperecedero de inteligencia. También, un recorrido por una época de ilustración. Para Sir Conan Doyle, su personaje resume la visión del nuevo hombre del siglo XIX, ese que vio morir la incertidumbre natural y nacer a los de la ciencia. La impecable lógica de Holmes, su necesidad de analizar el mundo y su circunstancia bajo el planteamiento de lo literal, hace de su visión una extraña perspectiva sobre el nacimiento de la época de la iluminación, esa donde el hombre dejó de buscar a Dios mirando la oscuridad y decidió encontrarlo en los pliegues de lo científico. 

¿Es casual que Holmes, en toda su brillante celebridad sea la mejor creación de un oscuro médico anónimo? Tal vez no del todo. La historia de Arthur Conan Doyle tiene los tintes trágicos de una historia victoriana. El médico sin renombre que dedicaba sus ratos de ocio a crear tramas imposibles, se hizo famoso a la sombra. Se convirtió en una celebridad sin nombre, opacado por su alter ego literario. No en vano, Doyle insistió en que “odiaba” a Sherlock más de una vez , como si se refiriera no a una obra, sino más bien a un enemigo contra el cual debía de luchar. 

Sin duda, Conan Doyle experimentaba una extraña ambivalencia con respecto a la existencia — en palabras y en la imaginación de su público — de Sherlock Holmes. El detective londinense parecía ser el reflejo exacto de una parte del escritor misteriosa, huidiza: Cada una de las partes y aristas de su mundo forman conforman esa extrañísima visión que Conan Doyle tenía sobre la realidad. Agnóstico convertido al espiritismo, interpretaba el mundo de una manera ambigua y engañosa. Su confusa interpretación del mundo de lo desconocido — sobre todo a raíz de la muerte de su hijo durante la Segunda Guerra Mundial — contrasta directamente con la brillante y meridiana lucidez de un Holmes que parece recordar al escritor los peligros de la ilusión y el desengaño. 

De hecho, las numerosas aventuras del detective se sostienen casi íntegramente sobre la mitología de su autor. Desde su nombre — creado a partir de una combinación de apellidos del violinista Alfred Sherlock y del jurista Oliver Wendell Holmes — hasta esa singularidad que convertía al detective en una persona poco común para los años de la reina Victoria, brindan al personaje de una corporeidad y profundidad desconcertante para el mundo literario de la época. Además, Conan Doyle, tal vez en un enrevesado juego de espejos, dota a su personaje de vicios que escandalizaban a la rígida sociedad victoriana: morfinómano, músico ambulante y exactor. ¿El revés de la moneda cultural? ¿Esa brecha entre la moralidad inevitable, el tiempo que transcurre más allá de las palabras, una crítica directa contra una cultura aprensivo? Nadie lo sabe con exactitud, pero lo que si está claro, es que Conan Doyle creó un personaje que abarca lo profano y lo evidente con una profundidad que sorprende y que le brindó una fama que trascendió las fronteras del espacio y del tiempo.

Muy probablemente abrumado y sofocado por esa celebridad imprevisible — quizás inexplicable — Conan Doyle decidió matar a su némesis literario de la mejor manera que supo: arrojándolo a la muerte real, intentando destruir el mito del héroe célebre a través de un recurso vulgar. Pero al hacerlo, Conan Doyle no previó que Holmes había trascendido las páginas del libro para tomar un lugar en la historia, para crearse a sí mismo. El experimento resultó un pequeño cataclismo: luego de la publicación de El problema Real, novela donde el detective muere al caer por un precipicio, no tuvo otro remedio que comprender que Holmes era real para sus millones de lectores. Nadie le perdonó la muerte del héroe: los fanáticos inundaron al escritor con críticas enfurecidas hasta que por último, Conan Doyle pareció aceptar lo inevitable. 

Desconcertado, entristecido y finalmente vencido, hizo reaparecer al héroe en El perro de los Baskerville, una novela que se ha calificado muchas veces como blanda y carente de la chispa que siempre caracterizó a las aventuras de Holmes. De manera que el publico le exigió más, así que Conan Doyle escribió El retorno de Sherlock Holmes para explicar con detalles que pudieran satisfacer a su exigente audiencia cómo el detective había sobrevivido al intento de asesinato de su archienemigo Moriarty. Abrumado y muy probablemente enfurecido, Conan Doyle tuvo que soportar a Holmes por treinta y seis años más, hasta la publicación de su última aventura El archivo de Sherlock Holmes, un libro considerado menor dentro de las obras del autor. ¿Su última venganza contra el personaje? 

De ser así, falló en su última tentativa: Tres años después, Conan Doyle moriría, aún anónimo a pesar de la celebridad de Holmes, cada vez más conocido y querido entre los círculos literarios del mundo. Incluso, más allá de la muerte, Conan Doyle continuó siendo eclipsado por su creación literaria: aunque su tumba no la visita nadie, el detective Londinense continúa recibiendo cartas de todo el mundo. Un juego de espejos entre la realidad y la fantasía, y los confusos limites entre el mundo que se crea y la mirada más profunda del escritor sobre sí mismo. Quizás el último misterio en la vida de Holmes, como nunca pudo imaginarla su escritor.

Una mirada a Baker Street

El mundo de Sherlock Holmes está de regreso. Luego del triunfo de Enola Holmes, Netflix parece cada vez más interesado en añadir piezas al gran mecanismo de las historias del detective. La más reciente, la versión para televisión del famoso grupo de ayudantes de Baker Street, inmortalizados en la novela Estudio en escarlata de 1886, la obra más odiada de Doyle y a la que llamó “el comienzo de todos sus tormentos”. 

Se trata de un experimento arriesgado. Los Irregulares fueron personajes tangenciales que adquirieron rápida popularidad gracias a su reflejo sobre la Londres Victoriana. Si Holmes representaba la pulcritud de la ilustración, sus improbables aliados mostrarán el reverso oscuro de Londres. Juntos, brindaron a una de las novelas más conocidas de la saga un aire novedoso y multidimensional. 

Tal vez por ese motivo, la historia llega a Netflix en una sólida mezcla de aventura y misterio. La adaptación juega con la idea de que la pandilla de niños de la calle londinense, era algo más que un grupo de pequeños mendigos. Los productores tomaron la inteligente decisión de llevar a Los Irregulares a una nueva dimensión y profundidad. De los pilluelos descritos por Conan Doyle, el programa añade intriga sobrenatural y también, la posibilidad de un enigma. 

La premisa reinventa la historia original y la dota de un filón con aire gótico y ciertos toques Steampunk. Con la Londres de Holmes convertida en una ciudad de formidable belleza tenebrosa, el aire malsano e inquietante de la serie recuerda a la Carnival Row de Amazon Prime Video. Pero más allá de eso, la serie es también una brillante premisa sobre la habilidad y la inteligencia, combinadas con algo más sutil. El Universo de Holmes, encuentra su mejor lugar en esta mirada novedosa sobre la habilidad mental y en especial, la noción sobre lo enigmático. 

Pero además, Los Irregulares juega con habilidad con el hecho de esa otra ciudad que se esconde debajo de la belleza típica de Londres. De día, la ciudad brilla con un aire señorial y elegante. El doctor John Watson (Royce Pierreson) no es solo el reflejo de ese otro mundo que los Irregulares apenas conocen, sino su vínculo más inmediato. La serie juega con la posibilidad de la luz y la oscuridad, el bien y el mal. Un atractivo juego de espejos que tiene sus mejores momentos en los primeros capítulos. Pero a pesar de que su atractivo dickensiano se desvanece a medida que el misterio mayor se hace más enrevesado, el programa nunca deja a un lado su extrañísima personalidad.

Uno de los puntos más interesantes de Los Irregulares, es el cuidado de la producción para dejar en claro, que hay una línea que divide al mundo real. Por un lado, la fría lógica de Sherlock Holmes (Henry Lloyd-Hughes) es en esta ocasión un elemento marginal. De la misma manera que en el éxito del otoño pasado, Enola Holmes, el personaje aparece y desaparece, a pesar de que sostiene el ritmo del contexto. 

 

Pero en esta ocasión, es Watson y su grupo de improbables investigadores, los que llevan a cuestas el argumento. Y lo hacen con una agilidad que asombra por su buen tino. No hay nada en cada uno de los capítulos que no esté destinado a resolver una idea mayor. El poder consciente de esa salvedad (lo que se esconde dentro del misterio) es quizás el punto más importante del guion. La serie juega con la premisa de que el pretendido talento de Holmes para la deducción es, en parte, consecuencia de la información de la que dispone. De modo que de una u otra manera, Los Irregulares esta vez toman un lugar protagónico, un recorrido y una versión sobre el poder por completo novedoso. 

Quizás lo más atractivo del show, sea reproducir el aire de misterio de experimentos argumentales como en Stranger Things, pero en un nuevo contexto histórico. La combinación de la narración ágil del siglo XXI, con el exquisito y siniestro entorno de una Londres idealizada, resulta fascinante. Además, su adaptación del género tiene una poderosa capacidad para dialogar con algo más inquietante que lo sobrenatural. La posibilidad de lo absurdo en mitad de la lógica precisa del personaje principal y que parece sostener a la ciudad impoluta. 

Si algo hay que agradecer al escritor Tom Bidwell, creador de la serie, es su osadía. A diferencia de otras versiones más o menos audaces sobre el universo Holmes, la mirada de Bidwell sobre el misterio resulta fascinante. Lo basa en la capacidad de sus personajes para describirse a sí mismos, pero en especial para descubrir sus especiales cualidades. Desde Bea (Thaddea Graham), la líder de la pandilla, hasta sus cómplices Spike y Billy (McKell David y Jojo Macari), el grupo tiene una indudable fortaleza. 

Pero además, el extraño cuarteto incluye a Jessie (Darci Shaw), el elemento sobrenatural en el argumento. En manos menos hábiles, el uso de una capacidad psíquica de semejante envergadura como la de la niña, habría destruido su cuidadoso equilibrio. Pero Bidwell logra que no sólo resulte creíble, sino el complemento perfecto para la inteligencia, el arrojo y la curiosidad del resto. 

La serie está llena de referencias bien pensadas y quizás, parte de su encanto reside en sus pistas para los amantes de los dramas de época. La orden Golden Dawn, cartas del tarot, el anuncio de clarividentes y espiritas hasta poemas de Yeats, conducen al espectador al centro mismo de los enigmas. Todo en la serie está planeado para ser una trampa interesante de conocimiento y poder mental. Y sin duda, la mezcla resulta atractiva por el mero hecho de encontrar el punto en que todo se une de manera asombrosa. Incluso, hay un pequeño guiño extraordinario para Conan Doyle y su creación más famosa.

En conjunto, Los Irregulares es un recorrido por toda la mitología Holmes con una delicada revisión sobre sus puntos más altos. Incluso, la identidad del quinto Irregular Leopold (Harrison Osterfield), resulta un truco de pistas falsas bien pensadas. Hay una cantidad considerable de información que sostiene la serie como una estructura brillante para el espectador curioso. Quizás, su punto más alto.