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El país de los lumpen-influencers

¿De qué hablamos cuando hablamos de "lumpen-influencers"? Que no se escandalice nadie. O sí. Sifrizuela planea sobre el mundo de estos especímenes atrapados en la inmediatez de las redes sociales y ante la cual todos disimulamos: incluso hasta nos hacemos los locos y concedemos en aceptar que son "nuestra" farándula

El país de los lumpen-influencers

Prolefeed “quiere decir el entretenimiento basura y las noticias espurias que el Partido entregaba a las masas”, decía George Orwell en su conocidísima novela distópica 1984, refiriéndose al partido único que gobierna totalitariamente al monstruoso estado transatlántico de Oceania. Allí, el departamento de Prolesec, del Ministerio de la Verdad, “producía periódicos de pacotilla que contenían casi tan sólo deportes, crimen y astrología; novelillas sensacionalistas de cinco centavos, películas rezumando de sexo y canciones sentimentales que estaban compuestas casi en su totalidad por medios mecánicos”. Incluso, existía Pornosec, una sub-sección de Prolesec, que producía “el tipo más bajo de pornografía, que era enviado en paquetes sellados y que ningún miembro del Partido, además de los que trabajaban en este, tenía permitido ver”.

Casi cuarenta años después del futuro pronosticado en la novela, la nación de Venequia, estado sucesor a lo que se conoció como Venezuela, parece vivir la era del prolefeed.

En la mano de Norkys Batista había un vibrador con dos anexos: como un pene extraterrestre fucsia con apéndices. “Hay un producto, mis amores, que les quiero mostrar que es el vagi-yoga”, dijo Norkys a sus seguidores en un live de Instagram: “ustedes se colocan ese producto en la vagina y lo pueden programar”. ¿Era este el futuro de carros voladores y cocineras robotizadas que pronosticaban los Supersónicos? Norkys procedió a entregárselo a su hijo de 14 años, quien luego sostuvo el pene extraterrestre por un tiempo mientras le hablaba a la audiencia. Por supuesto, siguió el escándalo, comprensible, en redes sociales.

La misma semana, el cantante Nacho –que parece no fatigarse entre tantas controversias, chaquetas feas y brincos de simpatías políticas– posteó una captura de pantalla de un titular. Una pareja, con la Torre Eiffel de fondo, acompañados de “Le fue infiel, la apuñaló 46 veces, logró sobrevivir y ahora quiere volver con él”. Nacho daba su opinión en el caption: “¿No les digo yo? Hay gente que prefiere ser el SACO DE BOXEO de una persona. (…) No permitas que nadie te haga daño, las lenguas buscan apuñalar tu reputación pero no pueden dejarte sin sangre. Al carajo la reputación mientras haya vida y paz de conciencia. Por eso y más, mi nueva canción #SACODEBOXEO estará disponible este próximo 2 DE ABRIL en todas las plataformas digitales y a través de mi canal de Youtube”.

¿Qué clase de estrategia macabra de marketing es esta, también digna de 1984, de utilizar noticias actuales sobre violencia doméstica y relaciones patológicas para promocionar otro sencillo de merenguetón? Mi niño bonito, mi dulce agresor, me siento en la morgue cuando tú me golpeas. Siguiente hit, Chiguire Bipolar dixit: un merenguetón bien baboso, con la vocecita chillona de televangelista, sobre como una relación tóxica parece del Holocausto.

Las controversias de esta índole entre la clase instagrammer, es infinita: Norkys –antes, en otro live– gritándole a Angie Perez (cuyo ‘periodismo’ tampoco la deja bien parada) “¡Te voy a matar a coñazos por mamagüeva!”, Angie respondiendo en un video junto a una política panameña conocida por su xenofobia contra los venezolanos; la famosa golpiza entre Diosa Canales y Osmariel, la mezquindad de los insultos vulgares de Vanessa Senior y Nacho contra quienes los critican en los comentarios y por supuesto, llevándose el «Premio Ronda para el Influencer con Peor Influencia», el linchamiento digital orquestado por Richard Linares y Senior contra la bióloga Diana Duque (conocida por su proyecto para salvar los últimos remanentes del biodiverso bosque de Caparo, en Barinas) por criticar la promoción de mascotas como fauna silvestre: las infames guacamayas rojas, seguramente alimentadas con C4 y proteínas y puestas a entrenar con la camada de misses de laboratorio. ¡Bochinche, bochinche! ¡Esta gente no sabe sino hacer bochinche!

La clase lumpen-influencer

Creando un pequeño país digital en Venequia, una nueva clase social se ha afirmado, los lumpen-influencers: con sus cejas hechas, sus cirujanos plásticos, sus copetes con mechones de colores, sus chaquetas brillantes y de flores, sus pantalones fosforescentes, sus zapatos plateados, sus escraches por parte de lumpen-periodistas y sus rifas constantes de Lucky Charms y Nutella. Una clase de Instagram que no contribuye en nada al bien común de la sociedad, no aporta nada, no produce nada, no cree en nada, no crea nada y no influye en nada: o al menos sólo lo negativamente, como tumbarle la cuenta de Instagram a una bióloga admirable y hacerle llover todo tipo de insultos mezquinos. O capitalizar sobre un caso de violencia doméstica para promover mi nueva canción, ¡ya disponible en todas las plataformas digitales!

No me malentiendan: los lumpen-influencers son apenas una fracción del gremio venezolano de los influencers, tan fluida, libre de fronteras y heterogéneo como lo es. Porque los influencers son tan variados como los perros: hay galgos, hay chihuahuas, hay chow-chows, hay komondors, frenchies, gran daneses, xoloitzcuintle, etcétera, etcétera. No podría, por ello, agrupar a todos los influencers venezolanos en la clase lumpen: porque hay quienes contribuyen, quienes aportan, quienes producen, quienes creen, quienes crean y quienes sí influyen.

Por nombrar algunos, no podría meter en la clase lumpen al gremio de las healthy-influencers cómo Sascha Fitness, Lale Fit, Planet Glenda, Tasty Ride o Make It Grain. O a Titina Penzini, Carmen Busquets y el sinfín de fashion bloggers y diseñadoras millennials que se hacen personajes en redes. Y en las comunicaciones, ¿cómo no incluir a Verónica Ruiz del Viso? Y en el caso de Twitter, al montón de periodistas excelsos –de El Estímulo, Prodavinci, Caracas Chronicles, El Diario, TalCual, Efecto Cocuyo, La Gran Aldea, y demás medios independientes o hasta extranjeros– que han desarrollado sus carreras (y su fanaticada) por medio de las redes sociales: como el gran binomio periodista-influencer de Luis Carlos y Naky. ¿O a los comediantes realmente creativos o con verdadero contenido sustancioso, como Joanna Hausmann o Led Varela, que han desarrollado sus carreras en internet o las han mudado desde la radio? Y ni hablar de cuentas culturales, que ya entran en otras categorías pero se solapan por sus roles, como Intro.Mcbo, Ccsen365, Secreto Mejor Guardado del Caribe, In.TheSpaceAge, OjosAntropológicos, entre muchas más.

Y así sucesivamente, siguen apareciendo nuevos talentos cortesía de las redes: los fotógrafos naturalistas, los fotoperiodistas, los fotógrafos de moda, los conservacionistas, los… Nombrarlos a todos requeriría otro texto aparte.

Pero volvamos al mirador mayor, que muestra lo amplio y largo de los valles de nuestro ciberespacio: la integridad de nuestras celebridades se ha puesto en duda recientemente. Hace unos días, la conversación digital se sacudió por un lamentable comentario dicho por los comediantes Jean Mary Curró y Alex Goncalves en su podcast. Allí, sugirieron que el GoFundMe del presentador de televisión Dave Capella era una estafa. Capella falleció poco después por covid. Siguió el griterío digital, las críticas, las avalanchas de tweets cayendo unos sobre otros y una disculpa inicial endeble. Al final, como en un caso de histeria colectiva, la rabia se tornó contra “la generación Chataing” y todos los locutores y comediantes –desde Erika de la Vega y el propio Luis Chataing, pasando por Led Varela, Rafael Guzmán y Manuel Silva hasta los dos culpables– pagaron justos por pecadores. Algunas voces extremistas incluso compararon a Chataing con Mario Silva y hasta exigieron que Curró y Goncalves no ejerzan más nunca y se les revoque sus certificados de locución.

Pero, entre toda la petición de sangre y los insultos, se inició una conversación interesante sobre la farándula venezolana. Un tal Herodes tuiteaba que “cuando emigras, te das cuenta de que la industria ‘cultural’ venezolana es demasiado cutre. No sólo los comediantes; también los músicos, actores, directores de cine, pintores. Es toda una élite de gente sin talento.”

La visión, claro está, es miope.

Si nos reducimos a los últimos diez años, un overlook a la cultura venezolana demuestra lo contrario: Dudamel y Glass Marcano dirigiendo orquestas en Los Ángeles y París, el artista contemporáneo Elías Crespín convirtiéndose en el primer latinoamericano en tener una obra permanente en el Louvre, Luis Pérez-Oramas como curador de arte latinoamericano en el MoMa, Gabriela Rangel como directora del Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires, José Luis Blondet como curador del Los Angeles County Museum, Julieta González como directora artística del Museo Jumex, Arca cantando con Rosalía y produciendo canciones de Kanye West y Björk, los premios literarios internacionales que se han ganado Rafael Cadenas, Yolanda Pantin, Camilo Pino, Rodrigo Blanco Calderón; Joanna Hausmann en Netflix, Edgar Ramírez en Hollywood, Urban Think Tank en la vanguardia de solventar la arquitectura informal, etcétera, etcétera.

Pero el meollo del debate nunca fue la alta cultura. Cadenas y Crespin, y me disculpo de antemano, no pintan nada en este escándalo. El meollo es la farándula: un mundo igualmente influyente (o hasta más) que “la élite cultural” pero que vibra en otro plano existencial.

Pero, aun así, “Herodes” escrachaba una cuestión mayor: una gran parte de nuestros grandes y medianos talentos del cine, la televisión, la comedia, el modelaje, la moda y el periodismo televisivo está ejerciendo en el exterior, como parte de una diáspora armada en gran medida por una fuga de cerebros, o ha sido puesta de lado por las redes sociales y los grandes medios de comunicación censurados (o vueltos propaganda) y cada vez con una audiencia menos exigente o paulatinamente adaptada al contenido más burdo e instantáneo. El país se convirtió en Portada’s. Así, que pónganse sus tetas falsas y tacones altísimos color menta, que lo que manda es la Televenización.

¿Por qué hemos caído ante la hegemonía del prolefeed de tal manera? En la misma conversación desatada por el incidente, Victor Drax –periodista de Caracas Chronicles– dio en el clavo. “En Venezuela no hay farándula como tal”, tuiteó, “Ni en la tele, el cine, la música ni en nada, son industrias destruidas. Lo que sí hay es internet y redes sociales. Cualquier carajo con una cámara monta un showcito a decir lo que sea y se lleva al público”.

Sin esas industrias -sin talento pulido y direccionado por códigos, marketers, managers, productores y directores creativos- se ha perdido la calidad, la curaduría, la responsabilidad, las éticas asociadas a cada profesión y sobre todo el concepto de la celebridad-marca. Sin responsabilidad sobre los miles y hasta millones que conforman la audiencia, sin perfeccionar el talento, el lumpen-influencer dice todo, hace todo y nada importa: descontrol y frenesí impulsivo.

Porque los lumpen-influencers son la consecuencia de ese desgaste: en un país de canales de televisión venidos a menos, de una audiencia gradualmente climatizada a una mediocridad exponencial, de letreros de “SE VENDE”, de profesionales universitarios pidiendo limosna y de cuartos y escuelas vaciadas por la emigración, un grupo se ha movilizado a tomar aquellos nichos vacíos y cautivar la mente de la nación. Es el auge de los rifadores de Nutella, los vendedores de controversias y los ‘comediantes’ cuyo único talento es vestirse de mujer y pretender ser una cuaima; una farándula sin frenos ni autorregulación.

La cultura del disimulo

Con ellos en el centro de la cultura mediática, hemos deformado gremio por gremio. Hemos creado una cultura del disimulo: donde disimulamos y pretendemos que las cosas son cosas que no son. Decía José Ignacio Cabrujas, quizás el dramaturgo venezolano más importante, que la noción del Estado venezolano era apenas un “esquema de disimulos” donde “vamos a fingir que somos un país con Constitución” o “que la Corte Suprema de Justicia es un santuario de la legalidad”, donde se disimulaban las apetencias por el deber ser y donde la Constitución era “un ejercicio destinado a disimular las criadillas del gobernante”. Y hoy, más que nunca, nuestra democratísima Constitución y nuestras aparentes instituciones siguen siendo disimulos: fachadas bonitas, cubriendo la inmundicia. Pero ahora, también, hemos hecho del profesionalismo y el sector cultural parte del esquema de disimulos.

En Venezuela, llamamos periodistas a panfletistas. Pretendemos que los lumpen-influencers realmente son artistas, comediantes, creadores de contenido o cualquier apelativo que quieran adoptar para esconder el arroyo interminable de cereales rifados, peleas callejeras y vulgaridad desbordante. Tomamos como cierta la opinión visceral de cualquier loco virtual y tratamos de intelectual a cualquier hablador de pistoladas. Exigimos que un cantante de reguetón sea presidente, para odiarlo a los pocos meses, y llamamos ‘empresarios’ y ‘modelos’ a testaferros y prostitutas. ¿Cómo olvidar cuando cierto príncipe lumpen-influencer osó llamar al grupo de Venezuela Shore, un intento de reality show, como “el futuro de Venezuela” por aparentemente rifar productos de bodegón y mostrar sus nalgas en Youtube? Cultura del disimulo.

En todo el mundo, por obra y gracia de la posmodernidad, las formas son cada vez más difusas y fluidas: el MoMa de Nueva York ahora exhibe videojuegos como Legend of Zelda y Super Mario Bros en su colección, Biden hizo campaña electoral creando su propia isla en el juego Animal Crossing, Elon Musk manda cohetes al espacio y tuitea memes, el Louvre junto al Hermitage proponen reconstruir la ciudad siria de Palmira con impresoras 3D y cada día se crea una cuenta de Instagram o Twitter más ingeniosa que la anterior. Pero, a diferencia de nuestra difusión, esta difusión de líneas sucede en las exploraciones y disertaciones de los pensadores y talentosos: es un nuevo horizonte de la cultura, no un espejo invertido de ella creado por el autoengaño colectivo y la dispersión del talento. Se fracturó nuestra élite cultural y en su lugar creció flora nueva y desbalanceada.

Las consecuencias han sido catastróficas para la conversación pública. “Tengo tiempo criticando a varios podcasts porque saltan a dar opiniones de todo sin haberse leído ni un artículo de Wikipedia”, tuiteó el columnista Daniel Limongi luego de la controversia de Curró y Goncalves, recalcando que aquello demostraba “lo peligroso que puede ser opinar por opinar”. “El que tiene un micrófono sea un podcast, una cuenta con miles de seguidores o una columna, tiene una responsabilidad enorme.” Y nuestros lumpen-influencers han botado esa responsabilidad por la ventana: entregados a la controversia y al sobreexplotado valor del shock.

Opinar e influir deben ser prácticas cuidadosas y pensadas, como hacen los verdaderos periodistas o las celebridades extranjeras con toda su maquinaria de producción y marketing: no brotes de emoción, carnaval y arrogancia. “Cuando la tragedia cese, habrá que reeducar al público”, tuiteaba en 2019 Ewald Scharfenberg, director del portal Armando.Info, “Cómo se diferencia al reportero del activista, entertainer, militante, columnista/comentarista. También sobre la importancia para la democracia de mantener esa diferencia”.

Pero el rechazo a la responsabilidad y los roles de cada profesión, ha llevado a la cultura del disimulo más allá de los lumpen-influencers de Instagram y los incel-lectuales de Twitter: ahora, en estos tiempos bodegonzuelos, algunas reconocidas figuras del más mediático periodismo opositor –que ferozmente se resistía al maremoto rojo– entrevistan (con su cara de la Cuarta República bien lavada) a aquella nobleza boliburguesa que se ha asentado en las mansiones del Country Club y que se vende como una clase empresarial self-made de valores laboriosa y capitalistas que se alza al mando de grandes corporaciones productivas y enorgullecerían a Horatio Alger. Y no sólo se les sigue el roleplay de empresarios, sino que los salpican como pomposos títulos de clase neoliberal jugadora de tenis, criada cosmopolitamente y estudiada en Georgetown: “fashion merchandiser”, “CEO”, “communications strategist”, etc, etc.

Y así inicia ese proceso de packaging y marketing para (intentar) hacerlos verdaderos bon chic bon genre: “sifrinowashing”, el sueño mojado de todo enchufado. Pero pónganle huecos títulos empresariales, háganlos creer que son bloggers, vístanlos con athleisure, vayan a sus desmedidas piñatas de mal gusto, visítenlos en el Country y déjenlos calzar Golden Goose y presumir ropa Fendi: aunque el boliburgués se vista de Andoni Goicoechea, boliburgués se queda (y sin visa, de paso).

“Venezuela es el país de las nulidades engreídas y las reputaciones consagradas”, escribiría el poeta Manuel Vicente Romerogarcía en una edición de enero de 1896 de El Cojo Ilustrado. Casi 130 años después, volvimos al punto de partida.

Campos de concentración hippies

La épica trágica de Jean Mary y Alex Goncalves terminó donde todas las grandes controversias de Twitter, incluyendo Venezuela Shore, terminan: con una orden de captura del Fiscal General. Tan posmoderno –tan gonzo– como toda nuestra gala de personajes, el Fiscal General del chavismo se describe en su biografía de Twitter cómo #PoetaHippieBeatSiddharta junto a un emoji del símbolo de la paz. De hecho, como parte de sus vibras contraculturales en pleno militarismo chavismo, hablaba de “karma” en su denuncia contra los podcasters.

En los escalones más altos, la cultura del disimulo se mezcla con el Estado del disimulo: se pretende ser hippie, budista y pacifista al son de formar parte de un régimen brutal que desaparece gente, aplasta a la disidencia y bloquea a medios de comunicación. De igual forma, se pretende buscar justicia –juzgando a unos podcasters indolentes– pero se ignora todo aquello que sabemos que hace a Venequia un país muy injusto.

No queda sino pensar en aquella extraña película satírica, y de advertencia, “Wild in the Streets” (1968) donde la juventud contracultural toma el poder en Estados Unidos, establece una dictadura hippie y manda –por ser muy square– a todos los adultos a campos de concentración con el símbolo de la paz en su puerta. Allí no son exterminados: sólo los drogan perennemente con LSD. Quizás vamos por esos lares de descontrol: pero sin bellas veinteañeras como congresistas y con drogas mucho más chimbas.

Por ello, y sin saberlo, el embajador ruso es el único personaje en el país que no disimula ni pretende ser algo que no es: con un ramo de flores moradas y anaranjadas en sus manos y el este de Caracas como fondo, montó un video en redes para celebrar el Día de la Mujer. “Esto para las queridas, nuestras preciosas”, dijo sonriente, “Abrazamos enviamos. Tan lindas, hermosas. Amor deseamos. Las felicitamos, nuestras queridas señoras y señoritas”. Luego, lanzó el ramo hacia la pantalla: como se le lanzan a la tumba en un funeral. Pocos días después, Caracas –ante un auge de acoso sexual callejero, secuestro de mujeres y femicidios– fue declarada en “alerta morada”. ¡Cuántas historias para que Nacho promocione sus canciones!