El Rey Sol conquistó el Santiago Bernabeu

Los libros de historia dirán que hubo un un enorme futbolista llamado Lionel Messi capaz de batir, con su fútbol y sus compañeros, a los más formidables rivales. Aun en las condiciones más adversas, y bajo la melancolía que supuso haberse quedado fuera de la Liga de Campeones, el argentino, contra todo y todos comandó a un FC Barcelona que batió al Real Madrid y puso la Liga más viva que nunca.

El Rey Sol conquistó el Santiago Bernabeu

El Real Madrid es un equipo colosal, con futbolistas que individualmente son top 5 en cada una de sus posiciones. No en vano, cuando son dirigidos por un entrenador sensato como Zinedine Zidane, o el mismo Carlo Ancelotti, que no les exige más que ser lo que ya son, explotan todo su potencial. Son, gracias a ese fabuloso talento, los mejores y más importantes exponentes del juego de inspiración, como alguna vez lo patentó el entrenador español Francisco Ruiz Beltrán.

Esto de juego de inspiración no va en detrimento del entrenador blanco. Como lo explican grandes y muy experimentados colegas suyos, saber manejar un grupo con tantas estrellas no es cosa sencilla: en la historia son muy pocos los que lo han logrado. Zidane, Ancelotti y Vicente Del Bosque son los mejores exponentes de esa clase de entrenadores en la casa blanca. Tocar las teclas y no desafinar es también un arte.

Hay que desterrar vergonzosas expresiones que desprestigian el juego merengue. Seguramente no represente a modelos o equipos que ejemplifiquen una profunda y compleja construcción de juego, y puede que no se comprenda que la sensatez sea su mejor cuidad. ¿Qué significa ser sensato? Dejar que los jugadores jueguen a lo que saben sin que el entrenador intervenga, o mejor dicho, interfiera. Porque como explicó Marcelo Bielsa en Amsterdam, hay ocasiones en las que el conductor debe dejar su ego y no intervenir.

Muchas veces un equipo puede naufragar bajo este tipo de conducción, pero en el caso del Real Madrid, es tal el la aceptación de esta idea que se tiene asumido con total naturalidad que su tridente ofensivo, la BBC, se desconecte por momentos de algunas responsabilidades defensivas. 

Como sin fuera poco, en caso de emergencia, se rompe el cristal y aparecen Marco Asensio, Isco, Mateo Kovacic, Lucas Vázquez y hasta James Rodríguez. El fondo del armario está compuesto por futbolistas que, lejos de ocupar un puesto, desean conquistarlo y ser protagonistas.

El Barcelona es todo lo contrario. En estos tiempos de confusión, ni siquiera el once inicial pasa por un buen momento futbolístico, y sus protagonistas así lo demostraron en el inicio del duelo. El equipo catalán salió temeroso, esperando la propuesta rival para adaptarse o responder. Ni rastro de la presión alta de antaño. Lo del Barcelona fue salir y reorganizarse: dos delanteros (Luis Suárez y Paco Alcácer) y Lío Messi con libertad de movimientos, con la intención de promover el caos a las espaldas de Casemiro.

Tras algún intercambio de llegadas se adelantó el local y no hubo contestación blaugrana hasta que el 10 chocó con Marcelo.

Ante la falta de respuestas, Messi retrasó su posición e hizo de futbolista total. Su influencia en el juego de su equipo es lo que lo convierte en el futbolista de leyenda que ya es. Es imposible definirlo por el número de goles o loas asistencias; Messi, conocedor de las limitaciones de su equipo recuperó su traje de Rey Sol para que todos giraran alrededor de él.

Puede salir o no, como contra la Juventus en el Cam Nou, pero este es un proceso que no es novedoso para él (Martí Perarnau documentaba esa transformación en el último año de Pep Guardiola al mando del Barça), y atenta contra los argumentos de sus críticos. Messi no se borra porque siempre pide la pelota. Ha perdido explosión pero es un notable conocedor del juego.

Cuando naufragaba el buque azulgrana, apareció la sociedad de siempre (Messi, Iniesta y Busquets) para comprar oxígeno y poco a poco cambiarlo por confianza. Sin futbolistas que pudieran hacer diferencia en el uno contra uno (santo y seña de la MSN y del cambio de estilo), el Barça recuperó parte de su esencia: tocar para ajustar y  desordenar. La precisión y la velocidad del toque no son los de antes, pero se mantiene la memoria cerebral y muscular de algunos exponentes del modelo original. Esto se nota en la forma de continuar o definir las jugadas: mientras el bueno de Rakitic lanza centros al área, Busquets, Iniesta o Messi prefieren promover o buscar los espacios. No juega mal el croata ni mucho menos, simplemente sus registros son otros. Hasta en su maravilloso gol pensó primero en el centro antes que en otra cosa.

Pero a Messi nada de esto le importa, mucho menos cuando se enoja, y el codazo que le propinó Marcelo en el primer tiempo lo enfureció; este Barça, en plena resaca europea, necesitaba un golpe a la mesa de parte su más determinante jugador, y como ya le dije, Messi no se borra. Se equivoca o acierta, pero no le teme a la responsabilidad.

Mucho se dice de las exigencias del 10 en cuanto a refuerzos y entrenadores -las novelas venden bien en Argentina y España- pero siempre ha sido su rendimiento la mejor manera de comprender como se siente. Hoy fue conductor, casi como demostrándole al mundo que se sabe dueño del futuro inmediato de su club. Ante el rival de toda la vida fue una mezcla de Xavi con Iniesta, pero con una cualidad añadida: odia perder. Recorrió el centro del campo ofreciéndose y buscando a los suyos; desquició a Casemiro y al propio Sergio Ramos, quien casi lo lesiona en una entrada horrible y sin mayor sustento que la frustración que genera un futbolista indetenible.

Insisto, Messi fue Messi. Mientras algunos de sus compatriotas celebran que ya no hace grandes slaloms, el 10 sigue su andar de jugador total, el que alguna vez fuera Johan Cruyff.

De la casa blanca nadie se va con los tres puntos con tantas dudas, y de eso casi se encarga James, hasta que apareció Sergi Roberto. El volante, reconvertido en lateral, contagiado y confiado desde su gol ante el PSG, siguió el ejemplo de sus mayores. Su slalom final es para enmarcarlo y enseñarle a las próximas generaciones que sólo con esa rabia se puede ganar en un estadio con tanta mística como la casa del Real Madrid. Definó Messi porque no hay mejor manera de llegar a los 500 goles que convirtiendo dos más a su ya abultada cuenta en el Bernabeu y ante el Real Madrid.

Ganó el Barcelona en la última pelota del partido. Como en París y como lo viene haciendo el Madrid. Fue un partido loco, dijo Carvajal, tan loco que, nuevamente, y sin que nadie lo pueda discutir, Messi volvió a ser el centro del universo en el hogar del rival. Sí, Messi, el Rey Sol, el único capaz de lograr que todo gire en torno a él.

 

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