El valor de los pequeños momentos

Con una anécdota personal, el coach Ricardo Adrianza recuerda que la felicidad no se busca, se siente y que está al alcance de la mano, en los pequeños detalles

El valor de los pequeños momentos

Mi nieto, Ignacio Andrés, a pesar de no cumplir aún sus 2 añitos es todo un personaje. Diría más bien, una caja de sorpresas.

El viernes estuvo de visita en la casa, a propósito de una salida que tenían programada sus padres y, a solicitud de mi hija, nos encargaríamos de cuidarlo hasta que decidieran recogerlo.

Semanas atrás había ocurrido lo mismo, por lo que, Ignacio, precavido, no dejaba de vigilar a su madre presagiando que, tal vez, sucedería el mismo episodio de la semana anterior.

No corrí con la misma suerte. Estaría encantado de que cualquiera de mis nietos se desbordara en mimos y atenciones a su abuelo. No fue así. Toda su precoz atención se dirigía hacia su progenitora.

Mis intentos por distraerlo fueron en vano. Llegó y me ignoró. Le pedí un beso y me rechazó. Le pedí un abrazo, y me empujó.

Cambié de estrategia y con un poco de paciencia y llanto de por medio, lo convencí de ir al parque. Caminaba independiente como marcando distancia y dejándome claro que esa salida era solo un desliz pasajero. Así lo entendí. Llegamos, y sin ayuda se paseó por cada uno de los aparatos dispuestos en el parque. Sin miedo. Con coraje.

Foto Cottonbro / Pexels

Un tanto cansado o quizás hastiado de hacer lo mismo, decidió revolcarse en la tierra con ese placer que solo sienten los niños. Lo dejé disfrutar, al fin y al cabo, asumí que era parte de su ritual. Sin embargo, él fue más allá: en mi descuido, le dio una probadita sutil a la misma tierra que minutos antes había esparcido por todos los rincones de su cuerpo.

Entre una cosa y otra se atrevió a escalar unas escaleras cuyo destino era una especie de mirador. Lo animé a que se lanzara como si de un tobogán se tratase – era de piedra lisa con inclinación parecida – y dudó. Acto seguido, subí y con la complejidad que puedan imaginar, lo ajusté entre mis piernas y nos lanzamos. ¡Le gustó! Lo repetimos una y otra vez.

De regreso a casa le llamó la atención una pequeña fuente de agua. Me acerqué. Sin dudarlo extendió su brazo y con fuerza chapoteó. Nos mojamos y de seguidas me recompensó con una pícara sonrisa y así, sin planearlo, nos regresamos tomados de la mano.

Pero ojo, esto no termina allí. Después de un baño nos sentamos a ver la tele. Cerré los ojos, cansado. Ignacio, tranquilo a mi lado. Instantes después sentí sus dos “bracitos” intentando envolver mi cuerpo, acompañado de un beso en la mejilla de su Yayo.

No podía creerlo. Sin pedirlo. Sin buscarlo, Ignacio me recompensaba, tal vez, por los momentos compartidos. Lo miré. De seguidas lo abracé. Me acarició el alma sin pensarlo.

Foto Helena Jankovičová Kováčová / Pexels

Y no era para menos. Un desafortunado día de trabajo, de esos que aniquila cualquier vestigio de ánimo, me tenía un tanto contrariado.
Pero llegó este chiquitín y en un simple gesto, me devolvió la sonrisa de un porrazo y me blindó el alma para seguir intentándolo.

¡Así es la vida!, un sube y baja de emociones que debemos aprender a valorar y balancear. Pequeños momentos que nos dejan lecciones profundas y nos animan a entender que lo externo es efímero, no te completa.

Foto Cottonbro

Compartir este pequeño segmento de mi historia con Ignacio no solo me llena el alma, también me anima a recordarles que:

1. Los malos momentos son pasajeros, incluso los buenos. Solo tienes que torearlos. Además, siempre habrá un alguien que te tenderá la mano. Si esto no sucede, te aseguro que, al menos, tendrás un gran aprendizaje.

2. No forzar las cosas. Todo se resuelve en su debido momento. Dale un tiempo. Los mejores resultados se consiguen tras varios intentos. ¿El secreto? Seguir intentando, con buena actitud y por sobre todas las cosas, siendo buena persona.

3. La felicidad se construye con poco. Solo debes prestar atención y sacarle provecho a cada instante que la vida te regala.

Foto Alena Darmel / Pexels

4. Entrégate, sin disimulo, a las pequeñas alegrías y emociones que se presentan a diario. Diviértete con poco. Es la mejor manera de construir la felicidad desde adentro y centrados en el presente.

5. Seamos más humildes y optimistas, y prestemos menos atención a todos aquellos asuntos que nos aportan frustraciones.

Esta fracción inofensiva de mi historia con Ignacio, a muchos puede parecerle tonta o mal escrita. Pero es muy significativa. ¿O acaso ser feliz no es importante?

La felicidad no se busca, se siente. La tienes al alcance de tu mano. Está ahí, donde nadie entiende, ¡en los pequeños detalles!

 

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Luli fue diagnosticada con parálisis cerebral con microcefalia y lisencefalia. El pronóstico inicial era que sobreviviría máximo dos años, pero regaló casi 20 de alegrías y dejó muchas enseñanzas. A pesar de la tristeza por su partida, su tío Ricardo Adrianza habla de esta particular y dadivosa vida