Economía

Venezuela, un complejo de país rico y pantallero

En muchos pueblos persiste hoy la leyenda urbana de aquella viejita que se pasó una vida de mendicidad y privaciones para morir inútilmente rica.

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Foto: Dagne Cobo Buschbeck | Archivo

Cuando llega la muerte a un rancho olvidado, los vecinos encuentran debajo de la cama de la consumida señora un pequeño tesoro, fruto de años de pisar calles y plazas con la menesterosa mano extendida en pos del buen corazón de las personas.

Hoy esta historia no sería muy verosímil, porque hasta un viejito pordiosero sabe que no tiene sentido acumular bolívares ni debajo de la cama, ni enterrados en el patio, porque esos billetes se vuelven cenizas en un fogón y el tesoro ya no sería tesoro.

Pero como hace muchos años teníamos una moneda dura y valía la pena ahorrar hasta las lochas en un cochinito, vamos a suponer que la señora se había acostumbrado a pedir en las calles, en vez de invertir o disfrutar los primeros cobres de sus años de labor.

Su talento para conmover -cuando no era tan común como ahora encontrar gente pidiendo en las calles- le habría aportado un capital para costearse los gastos, o entretenerse haciendo granjerías que vender en sus largos recorridos por el pueblo.

Dicen que el ser humano es un bicho de hábitos, acostumbrado a sus rutinas, a quedarse dentro de lo que los expertos en gerencia llaman “zona de confort”.

Imaginamos que esta señora ya estaba ganada a vivir de la caridad: le bastaba una empanadita brindada en la esquina, morderla con sus encías sin dientes, tomarse el guarapito regalado en la puerta de alguna casa, abrigarse con ropa abandonada en otros armarios.

A cierta edad, es mucho pedirle a la mayoría de las personas que hagan un “F5”, una actualización pues, como en las computadoras.

Pero es triste condenarse a terminar los días en la miseria y sentado sobre un saco de oro.

– En Venezuela es la cosa –

También hay una realidad inversa: la del sujeto que se cree rico, anda en una vida de ostentación y pantallería, buscando popularidad y aceptación, con una sonrisa tipo Pepe Cortisona -aquel rival de Condorito- cuando en realidad está pelando más que el perro de El Fugitivo.

Estos sujetos suelen vivir endeudados hasta las cejas, usan una tarjeta de crédito para pagar otra, o martillan a un pariente para pagarle a un amigo. Suelen confundir el sueño de progreso y ambición (ambición en buen sentido, el de luchar y salir adelante) con el corto plazo.

Son poco planificados, desorganizados, viven del día a día, abre un hueco para tapar otro.

Mientras tienen plata, entre sus vecinos y amigos suelen ser apreciados por espléndidos: pagan la ronda completa de cerveza en el bar.

Como aquel tipo que se gana la lotería y derrocha el premio en tres meses, su riqueza suele durar lo que dura el fuego en un pajonal.

Nos recuerda a uno de los personajes de García Márquez de “Cien Años de Soledad”, a quien le iba tan bien con sus rifas y partos de animales que no podía creer que tanta buena fortuna tuviera un final… pero termina usando las cortinas de la sala para alimentar a las dos mulas que le quedaron.

En realidad la gente que ha hecho fortuna de manera honesta con educación y trabajo duro, suele ser más sensata de lo que creen los de los pisos de abajo.

Sin ser pichirres, son comedidos en el gasto, porque saben que la idea es multiplicar el capital personal y hacer los negocios rentables y sustentables en el largo plazo. Entienden que ni una empresa, ni una familia o una persona puede vivir por encima de sus posibilidades, mucho menos comerse los propios hígados para transmitir una ilusión de prosperidad o intentar impresionar a clientes o desconocidos.

Un buen gerente sabe aprovechar el crédito para invertir, no para gastar, y sabe que nadie debe nunca endeudarse más allá de sus posibilidades reales de pago.

Tiene además un ojo en el sartén con el pescado y otro en el gato: andan atentos a los cambios de los escenarios y el entorno que puedan afectar la buena marcha de los negocios y de los proyectos.

– Nada dura para siempre –

Los dirigentes de Venezuela vivieron como algunos “emprendedores” que consiguen un crédito bancario, o aquél “agricultor” que logró financiamiento del Estado. En vez de invertir para pagar responsablemente el dinero prestado y obtener ganancias que reinvertir y hacer multiplicar el capital propio, dilapidaron todo.

Lo primero y casi lo último, que hicieron con la plata prestada fue comprarse enormes camionetas, para rumbear y comportarse como nuevos ricos.

Es verdad que en Venezuela los créditos que otorga el Estado no los cobra nadie ni se les hace seguimiento. Eso explica que pese al auge de los préstamos bancarios obligados en agricultura, la producción nacional de alimentos se haya derrumbado a sus peores niveles en años.

Es otra prueba de no basta sólo plata: también hacen falta las semillas, la seguridad personal y legal en el campo,  los agroquímicos, los sistemas de riego, las maquinarias y fertilizantes para completar el ciclo. Pero esa es otra historia.

A gran escala, Venezuela es una mezcla entre el falso agricultor irresponsable y la pordiosera “rica” del pueblo.

En cada ciclo de alzas del petróleo, repite la misma historia: los gobernantes reparten bolsas de comida plantada en el extranjero, comienzan obras monumentales que no son rentables o son abandonadas; roban y dilapidan presupuestos; fomentan el consumismo extremo en perjuicio de la educación y la salud; empiezan a repartir petróleo y otras ayudas a los vecinos de América Latina y el Caribe (y hasta a vecinos de Nueva York y Londres).

Al final, terminan echándole la culpa a otros por su incapacidad de administrar la bonanza y la miseria cuando cambia la ruleta. Después, todo el mundo se sienta a esperar que vuelvan a subir los precios del petróleo para salir a bailar de nuevo a la pista.

En cuanto a la viejita del cuento, Venezuela y sus políticos se precian de controlar las mayores riquezas de petróleo del mundo (dan para más de 350 años al ritmo de producción actual) las octavas de gas natural, las quintas de oro.

En fin, todos los recursos que hay por aquí están entre los primeros del mundo: bauxita para el aluminio, mineral para el acero, coltán, para los electrónicos, diamantes para la industria y la joyería, fosfatos para fertilizar los suelos, uranio, cobre.

Además hay un enorme mar, rico en pescados y mariscos y extensas tierras desocupadas donde plantar y criar animales.

Pero en realidad, somos un país mendigo que languidece y muere de mengua, sentado sobre una botija de monedas de oro.

Por si alguien duda de esta realidad, el último Informe del Programa de Desarrollo Humano de las Naciones Unidas, vino como un martillazo esta semana:

Ratifica que se hunden todos los indicadores sociales de Venezuela y retrocedemos en los índices de bienestar entre los 188 países estudiados.

Y a fin de cuentas, ¿para sirven la economía, los recursos naturales y las monedas de oro si no es para traer bienestar?

Nuestras notas están peores en salud, educación y condiciones de vida que las de otros países comparables que no se llenan la boca diciendo que son ricos.

Además de la inflación más alta del mundo y de una economía postrada, tenemos el tercer lugar en el mundo con más homicidios por cada 100.000 habitantes, con 62 casos, apenas detrás de Honduras (74) y El Salvador, con 64.

Aquí la gente se siente menos segura en todo el mundo y sólo el 22% confía en el sistema judicial y el 20% en el gobierno.

La expectativa de vida al nacer en Venezuela, con 78,6 años para las mujeres y 70,4 para los hombres, está peor que en México y Brasil.

Por cada 100 mil niños que nacen aquí, mueren en el parto 95 madres, lo que duplica las cifras de El Salvador e Iraq, y supera la de Guatemala (88).

La cantidad de madres adolescentes (entre 15 y 19 años de edad) en Venezuela es una de las más altas de América, con 79,4 por cada 1.000 partos, sólo superada por República Dominicana (97,9); Nicaragua, con 88,8 y Guyana (88).

El porcentaje de bebés de un año sin inmunización es de 12% y el de malnutrición de moderada a severa es 13,4%; entre los primeros 108 países de la lista Venezuela es la que tiene más muertes por malaria; y en todo el mundo una de las inversiones más bajas en Salud, con apenas el 1,5% del PIB (suma total de riqueza genera por una economía en un año).

Todos los datos de este informe son anteriores al colapso de la economía que se agudiza desde 2015 y antes de que salieran a las calles del país miles de familias enteras, hambrientas, a comer de la basura y pedir limosnas, pordioseros con necesidad de verdad.

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