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El adiós a las armas también es un buen negocio

La experiencia de Colombia, aquí al lado, muestra que siempre es posible negociar, sentarse a dialogar y buscar acuerdos para solucionar por medios pacíficos conflictos mucho más largos y sangrientos. Es mejor invertir en la paz y la educación que en la guerra.Esta semana, una noticia mundial pasó un tanto por debajo de la mesa en Venezuela, enfrascados como estamos en padecer nuestra propia guerra de baja intensidad y en buscar salidas pacíficas, electorales, constitucionales y democráticas a la peor crisis económica y social en la historia republicana reciente.

El adiós a las armas también es un buen negocio

Nuestra querida vecina Colombia, esa especie de hermana separada al nacer, avanza en el esfuerzo por remontar la cuesta de 50 años de guerra y ha firmado un histórico acuerdo de cese al fuego bilteral, que incluye la desmovilización de unos 7.000 guerrilleros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, FARC, que quedan en armas.

La firma de acuerdos definitivos de paz, está todavía pendiente, así como un referendo o plebiscito para que todos los colombianos se pronuncien sobre si están de acuerdo o no con los términos de los tratados.

En una nueva evidencia de que siempre es posible, como canta John Lennon, “darle un chance a la paz”, enemigos irreconciliables se dan la mano. Después de tres años y medio de arduas negociaciones, demuestran que siempre es mejor sentarse a dialogar, ceder, negociar, acordar, en vez de seguir matándose.

El acuerdo fue sellado el jueves en La Habana, Cuba, por el presidente Juan Manuel Santos y por el jefe máximo de la FARC, Timoleón Jiménez. Fue muy bien recibido por los influyentes medios de comunicación colombianos. Entre los garantes internacionales se encuentran los gobiernos de Cuba y Chile.

También está como garante el de Venezuela, justo mientras el presidente Nicolás Maduro ve crecer ante sus ojos nuestro propio conflicto, que se ramifica como la verdolaga, mientras se cierran las puertas a un diálogo real y a los instrumentos constitucionales. Pero esa es otra cosa.

– Estragos de la guerra –

Cinco décadas de conflicto armado en Colombia han dejado 260.000 muertos, 45.000 desaparecidos y 6,9 millones de desplazados. La responsabilidad de estos macabros números se la reparten los combatientes guerrilleros, agentes de seguridad del Estado colombiano y grupos paramilitares que operan en la compleja geografía de ese país con tres cordilleras y variaciones geográficas y de clima, una enorme diversidad cultural y raíces compartidas con Venezuela desde la época colonial.

Según recoge Pew Research, un reconocido instituto de estadísticas basado en Estados Unidos, sobre datos internacionales de migraciones de la ONU, en Venezuela vivían 970.000 colombianos en 2015. Bastante más que los 620.000 del año 2000.

Colombia, con sus 46,7 millones de habitantes en 2015, no fue un país que tradicionalmente atrajera tantos inmigrantes como lo hizo Venezuela, sin embargo allí viven hoy 50.000 venezolanos, la colonia extranjera más importante en esas tierras neogranadinas.

Muchos de ellos deben ser descendientes de colombianos que crecieron en Venezuela, o personas de ese “tercer país” que se extiende a lo largo de 2.341 kilómetros de línea fronteriza en el sur y el occidente de Venezuela. Son familias que comparten con sus vecinos parientes, cédula de identidad, música, comidas y costumbres.

El segundo destino en el mundo para los colombianos ha sido Estados Unidos, donde viven hoy 690.000 paisas, y le sigue España, con 350.000 emigrados.

“Colombia es la mayor fuente de refugiados en América Latina, cerca de 400.000 de ellos viven principalmente en Venezuela y Ecuador. Las desapariciones forzosas permanecen, principalmente debido a la violencia de la guerrilla, los grupos paramilitares y las fuerzas de seguridad colombianas”, señala un reciente informe de la CIA, la agencia de inteligencia de Estados Unidos.

– El prado del vecino – 

Hay varias cosas acerca de Colombia que podrían hacernos preguntar a los venezolanos qué estamos haciendo mal.

Históricamente a los trabajadores colombianos, empleados como braceros en la frontera, o trabajadoras del hogar en las grandes ciudades, los veían con desprecio muchos venezolanos de antes, de la Venezuela rica.

La sociedad venezolana mantiene una relación de odio amor con ese país con el que compartimos tanto. Recientes decisiones políticas han dado al traste con la posibilidad de aprovechar que nuestras economías sean complementarias, y de aumentar el hoy escuálido intercambio comercial legal.

No falta quien culpa a Colombia –hasta los más altos representantes del gobierno, como Maduro lo hacen- de fomentar en Venezuela prácticas criminales, desde sicariato y contrabando hasta la violencia criminal en los barrios y tráfico de drogas.

Pero más allá de los estereotipos, uno se pregunta cómo es que un país sumido en medio siglo de guerras, con un enorme gasto militar, con grandes injusticias sociales, problemas de infraestructura, narcotráfico, violencia criminal y con menos recursos financieros y naturales que por ejemplo nosotros, ha logrado prosperar, al punto de disponerse a abrir un nuevo capítulo con estos acuerdos de paz que podrían darle un nuevo impulso y beneficiar a las mayorías.

Ya Colombia ha superado a Venezuela como la cuarta economía más poderosa de América Latina, después de Brasil, México y Argentina. Su Producto Interno Bruto (PIB) la suma total de bienes y servicios, riqueza pues, que produjo en 2015, creció 3,1% respecto a 2014, cuando a su vez avanzó 4,4% respecto a 2013 y ese año lo hizo un 4,9% contra 2012.

Cuando se genera más riqueza, hay más bienes que distribuir. En esos mismos años la economía venezolana se ha hundido cerca de 12%.

La inflación colombiana fue de 5% en todo el año 2015 (menos de lo que aumenta en Venezuela en dos semanas, pues tenemos la más alta del mundo) y en 2014 de tan solo 2,9%. Todo eso pese a que también se vio golpeada por la caída de los precios del petróleo y el carbón, de los que es importante exportador.

Las tres mayores agencias que miden la conveniencia de invertir en una economía, calificaron a Colombia con el “grado de inversión” en 2013 y 2014, lo que contrasta con Venezuela, que tiene el “riesgo país” más alto del mundo y nuestros papeles de deuda son considerados basura en los mercados internacionales.

– Imagínalos viviendo en paz –

Algunos economistas calculan que una paz firme y duradera en Colombia de inmediato podría sumar dos puntos el ritmo de su crecimiento económico, atraer muchas más inversiones internacionales, agilizar sectores claves como infraestructura, transporte, turismo, ganadería, agricultura y servicios.

Esto generaría más oportunidades de empleos y un marco más sólido para las inversiones sociales sostenidas. No en vano uno de los llamados de este proceso de paz habla de cambiar la guerra por más educación.

Un reportaje de la prestigiosa revista colombiana Semana, que cita estudios de la Universidad de los Andes, de Colombia, explicaba los estragos económicos del conflicto:

El 40% de los empresarios señala que la guerra les generó pérdidas, 37% aumentó sus costos de seguridad; 33% dijo que las ventas bajaron por los problemas de circulación. Pero 75% dice que aumentaría inversiones si hay paz.

Años de conflicto se han cobrado víctimas en la economía agrícola, tan valiosa en un país que exporta desde rosas y café hasta carne y granos.

Por ejemplo, 4,3% dejó de crecer el campo por culpa del desplazamiento de campesinos; los cultivos permanentes, desde café hasta cacao y frutales también caen 4,3% por que se prefieren cultivos de corto plazo. Mientras, crece la ganadería de leche, pues tiene un ciclo más corto de retorno de inversión y es más fácil vender los animales antes de salir corriendo.

En Venezuela, cuyo conflicto todavía palidece ante la gravedad de la tragedia colombiana, todavía hay tiempo de firmar nuestros propios acuerdos de paz. Esa opción siempre será infinitamente mejor que la de las armas, el conflicto social, la intolerancia y el desprecio por el contrario. Pues, como bien dicen los llaneros en Apure, de ambos lados de la frontera, “una cosa es mentar al diablo y otra verlo venir”.