El negocio del agua en tiempos de crisis

Los efectos del apagón que impactó 22 estados del país por al menos cuatro días desde el 7 de marzo potenciaron muchas de las irregularidades sufridas por los venezolanos. En el caso del suministro del agua, no son pocas las zonas que demandan el servicio, una problemática existente desde hace ya algunos años.

No hay zona ilesa. Ante lo que el gobierno ha considerado un problema en los embalses, el ritmo de distribución se hace sentir. La rutina del venezolano se adapta a lo que dicte el servicio, en una carrera por cumplir con los quehaceres y dinámicas de limpieza en tiempo récord.

Pero cuando la ausencia del servicio es total y prolongada, la necesidad despierta una demanda que abre las agallas de muchos.

Un negocio de alta demanda

Alejandro Rondón tenía cinco días sin agua cuando a media mañana del 7 de marzo contó con el suministro. Con el pasar de las horas obtuvo la cantidad suficiente para llenar el tanque que instaló en el techo de su casa ubicada en el sector Las Esmeraldas, del municipio Baruta, al sureste de la capital. Sin embargo, con los días el nivel de agua fue bajando considerablemente al punto de verse en la obligación de buscar alternativas.

“Cuando estábamos críticos, un vecino me dijo para comprar un cisterna en 100 dólares”, contó.

Rondón aceptó, pero por un tema técnico (la manguera de aquel camión no llegaba al tanque en el techo de su casa) no logró que le surtieran. Para resolver fue a los llenaderos de La Trinidad, también al sureste de la capital, donde dos efectivos de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) resguardaban el lugar. “Me bajé del carro y le pregunté si había chance de comprar un cisterna y me dijo ‘claro, jefe. Esos son sus reales”, expresó.

El hombre preguntó por el precio del servicio, pero el militar desconocía del tema. Solo le aclaró que el monto era en dólares. El miembro de la GNB le pidió regresar más tarde cuando los cisternas llegaran a cargar agua. “Cuando fui a montarme en el carro el militar me siguió y me dijo ‘coño, pana, anota mi número ahí que yo te voy a cuadrar una vainita bien”.

El efectivo le prometió darle prioridad, con la condición de que “tú nos sueltas algo a nosotros”. Para fortuna del afectado, al regresar a su casa supo que un vecino llamó a Hidrocapital, quienes prometieron restablecer el servicio al día siguiente.

La suerte abrazó a unos pocos como a él. En otras zonas como El Encantado, en el municipio caraqueño de El Hatillo, vecinos denunciaron pagos por hasta $120. Mientras, en la urbanización Los Chorros (municipio Sucre de Caracas) costó llegó hasta $150.

El frío costo del hielo

Sin luz por varios días, el dolor de cabeza en los hogares era evitar la descomposición de los alimentos. A falta de refrigeración, la opción de contar con bolsas de hielo se volvió una urgencia.

En Barquisimeto, estado Lara, al occidente del país, el pulso no le tembló a varios de sus habitantes para pagar hasta 10 dólares por una bolsa de hielo.

Así lo confesó Luis Morales, quien recordó cómo fueron esos días en territorio crepuscular. En un local del centro comercial Churun Meru los precios no correspondían al ingreso promedio del venezolano. “El sábado (9 de marzo) la estaban vendiendo en $5. En toda la ciudad estaba en $3, pero allí les llegaban camiones de hielo casi cada tres horas. El domingo amaneció en $7, pero cuando se dieron cuenta que no iba a ser suficiente la ofrecieron al mejor postor a $10”.

En Venezuela se vive en hiperinflación desde noviembre de 2017. El alza de los precios es una bola de nieve que baja a toda velocidad por la montaña y se hace más grande conforme rueda, algo que lo hace imparable para quienes intentan detenerla. Desde el lado del chavismo, los correctivos han sido imperceptibles, con el enfoque puesto sobre el aumento salarial, fórmula aparatosa en una economía frágil.

En medio de la crisis, Morales recordó otro episodio de lo que sucedió aquellos días en la capital larense. “Era un camión que lo estaba vendiendo en una avenida, pero la guardia llegó, el camión arrancó y la gente comenzó a perseguirlo con los dólares en la mano”, manifestó.

Las distancias incalculables

Con el sueldo establecido en 18.000 bolívares (equivalente a 6 dólares), el venezolano hace malabares para contar con parte de la canasta básica alimentaria, situada en Bs. 1.957.826,21, algo más de $515 para que un cabeza de la familia pueda hacer el aporte.

La necesidad ha llevado a optar por la búsqueda de empleos para empresas en el extranjero a cambio de otra moneda que no sea la local. Hoy Venezuela es sinónimo de mano de obra barata pese a la formación de sus profesionales.

A menor escala, los precios durante los días del apagón siguieron valorándose en la moneda estadounidense.

La recarga del agua potable, por ejemplo, llegó a cifrarse hasta en $5 en un local de la calle Tocuyo, según relataron vecinos de Bello Monte, sector en el municipio Baruta de Caracas. Lo que comenzó como una oportunidad para cobrar el servicio a $2, se alimentó por la crisis. Días antes de que millones de venezolanos padecieran el impacto del colapso eléctrico, el precio de un botellón era de solo de 1.500 bolívares.

En un país donde los precios sufren en promedio una variación de 3%, el apagón aceleró un proceso que ya era veloz y que en pleno apogeo de la oscuridad agrietó aún más el bolsillo de los venezolanos.