Remesas: otra fuente de dólares abierta por los que se fueron demasiado

Es fama que en medio de una diáspora sin precedentes, cuando uno levanta una piedra en cualquier parte del mundo aparece un venezolano.

Remesas: otra fuente de dólares abierta por los que se fueron demasiado

Este fenómeno se acelera cada semana que pasa con cientos de familias e individuos que están dejando esta tierra de gracia para ir a probar suerte en otros países, incluso en aquellos que hasta hace poco eran vistos con desdén por los engreídos venezolanos, llamados por sus vecinos en el pasado “los argentinos del Caribe”.
La violencia criminal, el deterioro implacable de la economía que ha destruido el poder adquisitivo del bolívar; la falta de trabajos dignos, viviendas y hasta medicinas; las turbulencias políticas y sobre todo la falta de expectativas de cambios en el escenario inmediato, han empujado a estas personas hacia otros destinos.
Nadie está publicando cifras oficiales recientes en Venezuela sobre este fenómeno, pero para medir su auge basta con irse a recoger testimonios a una cola por el pasaporte, o en las de apostillar documentos oficiales. Los testimonios sobran en los actos de grado de una universidad o liceo, o en los pasillos de empresas donde la alta rotación de personal calificado crea problemas a diario.
Ya en 2013, antes de que se acelerara el reciente boom de “balseros del aire”, venezolanos rumbo al exterior, datos del Banco Mundial ubicaban a Venezuela entre los 10 principales emisores de emigrantes, lejos de los primeros, es verdad, pero estaba en este podio: la Federación Rusa, Puerto Rico, Argentina, Croacia, Hong Kong, China, Venezuela, Lituania, Trinidad, Letonia y Uruguay.
Claro, en esta lista hay muchas proporciones dispares en números absolutos, pero igual es un club importante porque es una evidencia concreta de algo que uno percibe a diario pero no ha sido muy bien documentado más allá de las despedidas en aeropuertos, ventas de apartamentos, casas y carros y fugas de cerebros.
 – Un alivio familiar –
Los estudios del Banco Mundial también indican que en general en el mundo los dineros de las remesas son gastados en los países de destino en comida, ropa y otras necesidades diarias. Una pequeña parte va para ahorro e inversiones.
Es difícil medir el tamaño de la colonia venezolana en el exterior, porque buena parte de estos connacionales viven en condición de “inmigrantes no autorizados” en muchos países, es decir no han logrado arreglar sus papeles para aprovechar todas las ventajas y cumplir todos los deberes de quien es ciudadano ajeno en cualquier otra sociedad.
Además, muchos aprovechan su condición de doble nacionalidad como descendientes de colombianos, españoles, portugueses, italianos, de modo que no necesariamente aparecen como inmigrantes en los países de destino.
Con todo y eso tenemos alguna aproximación en los datos de la División de Población de Naciones Unidas, procesados de una manera muy práctica por Pew Research, un centro independiente de investigaciones estadísticas de Estados Unidos.
Según estas cifras, en 2015 había 610.000 venezolanos viviendo en otros países. De ellos, 200.000 estaban en Estados Unidos, 150.000 en España, 50.000 en Colombia, 50.000 en Italia y 20.000 en Portugal, 20.000 en Canadá y 20.000 en México, entre otros.
Solo como referencia, en el año 2000 había 320.000 ciudadanos venezolanos viviendo en el extranjero, de ellos 110.000 en Estados Unidos y 60.000 en España.
Las cifras de la ONU se refieren a las personas que han vivido por un año o más en un país diferente a donde nacieron. Incluye a trabajadores extranjeros y estudiantes internacionales, pero no se cuenta a los turistas ni trabajadores temporales que se hayan quedado menos de un año.
Todavía nuestras cifras palidecen respecto a otros países que acumulan décadas de crisis económicas y políticas y de conflictos que incluyeron hasta guerras civiles y del narcotráfico, así como dictaduras abiertas.
Unos 82,5 millones de personas han emigrado de América Latina y el Caribe y casi 85% está en países de la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE) el club de países más ricos y desarrollados.
En 2015 “los principales países de origen de los emigrantes fueron México, Colombia, Brasil, Costa Rica y Ecuador. La zona recibió 4,2 millones de migrantes, en particular desde la propia región. Los principales países receptores incluyen México, República Dominicana, Brasil, Costa Rica y Ecuador”, según el Banco Mundial.
“La región recibió un total de $67.000 millones en remesas en 2015, en tanto que en 2014 salieron de ella $6.000 millones”.
Un trabajo del centro de estudios Diálogo Interamericano, basado en Washington, que se apoya en datos del Banco Mundial, señala que Venezuela recibe unos 803 millones de dólares anuales en remesas familiares. Claro, los datos no son del todo confiables porque este organismo multilateral del que Venezuela es socio solo trabaja con cifras oficiales y el gobierno venezolano no las suelta, así que este numerito clave es una estimación sobre resultados de 2012.
– El otro lado del viaje –
Como vemos, más allá de las lágrimas en los aeropuertos, de la rabia y la impotencia de ver a familias divididas, del despecho colectivo que sufre un país que estaba acostumbrado a recibir inmigrantes y ahora ve a los suyos marcharse; de la pérdida de valioso capital humano; de la noción de que el gobierno está quedando en manos de los más ineptos y dogmáticos, la diáspora puede tener algunos beneficios.
Esas ganancias van más allá de los $800 millones anuales -que hoy son poco, pero equivalen a casi todas las exportaciones no tradicionales de productos químicos, por ejemplo- que logró Venezuela en 2013, y que podrían subir aceleradamente.
“Las diásporas pueden representar una importante fuente de comercio, capital, tecnología y conocimiento para los países de origen y de destino”, en los cuales pueden ayudar a financiar programas sociales, y de infraestructura, señalan estudios del Banco Mundial.
“La migración internacional —es decir, el movimiento de personas a través de las fronteras de los países— tiene enormes consecuencias en el crecimiento y la mitigación de la pobreza en los países de origen y de destino. En las próximas décadas, los factores demográficos, la globalización y el cambio climático aumentarán las presiones migratorias tanto a nivel local como internacional”, señala.
Hay casos particulares, claro como el de Venezuela, donde hasta nuevo aviso no se detendrá este deterioro que “le da una patada a la gente para que se vaya”, como escribió en estos días en Twitter un joven al que le mataron un amigo de la universidad.
“La migración internacional impulsa los ingresos en el mundo. Como permite que los trabajadores se trasladen a los lugares donde son más productivos, esta da lugar a un incremento en la producción y en los ingresos en general”, señala el Banco Mundial.
“Por lo general, las remesas reducen la cantidad y la gravedad de la pobreza y conducen a una mayor acumulación de capital humano; un mayor gasto en salud y educación; un mejor acceso a las tecnologías de la información y las comunicaciones y a los servicios financieros formales; mayores inversiones en pequeñas empresas; una mayor capacitación empresarial; una mejor preparación frente a contingencias adversas tales como sequías, terremotos y ciclones, y a una disminución del trabajo infantil”, agrega.
Claro en el caso de Venezuela, para aprovechar mejor el impacto de las remesas familiares hay que tomar en cuenta un factor doblemente negativo: el control de cambio vigente desde hace 13 años y que se ha convertido en el principal distorsionante de la economía, fuente de corrupción y desaliento de negocios sanos y honestos, con sus variadas cotizaciones.
Es simple, si un familiar le manda 100 dólares, usted ni loco lo va a cambiar en las ventanillas del gobierno, donde le darán una conversión irreal, a la tasa más baja. Usted preferirá cambiarla en el mercado negro, donde le pagarán una más acorde con la espantosa inflación que vivimos. Gracias a la generosidad de un pariente que no lo olvida, con esa platica conseguirá unos bolívares para hacer un modesto mercadito de fin de semana.
(Este artículo fue publicado originalmente en El Estímulo el 29 de agosto de 2016)
 ]]>