"Quisiera descansar pero no puedo", el drama de los abuelos que se suman a la informalidad

Después de una larga vida de trabajo, pensar en descansar no debería ser una preocupación. Sin embargo, la crisis venezolana hace que los abuelos tengan que salir a la calle a engrosar las listas de informalidad del país

En Venezuela los abuelos también trabajan, de lo que sea. Pensar que se puede vivir tranquilamente de una pensión que te ganaste después de tantos años de trabajo no es una opción para la tercera edad venezolana. Por eso muchos han tenido que salir a la calles a hacer lo que quizás nunca pensaron hacer para poder subsistir.

Los 150 mil bolívares que la pensión del Estado no alcanza para la comida y muchos menos para el número de medicinas que necesitan los abuelos venezolanos. Por eso, envejecer en reposo es un lujo que pocos pueden darse.

Para estos hombres y mujeres no hay club de abuelos ni paseos familiares, solo la gran necesidad de seguir trabajando.

Muy temprano, a eso de 5:30 am, hay dos hombres en Petare en las cercanías del puente de Baloa. Ambos tienen algo de frío, pero ya están trabajando. Antonio Pérez, de 63 años de edad, y Manuel González, de 59, son dos latoneros de la tercera edad.

Sentados, vendiendo cigarros para sobrevivir, Antonio es el que habla de manera suelta y sin miedo: “mira, mijo, estoy aquí vendiendo cigarros para comer. Tengo tiempo que no pinto un carrito”. Mientras, Manuel, quien en algún momento fue maestro de la latonería, asegura que ya no hay campo de trabajo en el rubro.

abuelos en la informaliad

“Te puedo decir que ya ese tipo de trabajos para nosotros no sale porque la gente no invierte en ese tipo de reparaciones. Ahora llegamos aquí a las 5:30 de la mañana para ocupar el espacio y vender algo. Yo cigarros y él cigarros y dulces. La vaina está tan dura que no nos podemos quedar en la casa, tenemos que salir a vender cualquier cosa”.

La historia de Elena Briceño no es muy distinta de las de Antonio y Manuel. Con el mismo frío de la mañana, la mujer llega a las 6:00 am a vender café en La California. Es una señora mayor de 70 años, de un carácter muy tranquilo y cordial, y a sus años debe ayudarse como pueda. Ese último fue el consejo de su único hijo.

“Él me dijo que tenía que buscar la manera de sobrevivir porque él también estaba buscando la manera de hacerlo”, dice Elena. Solo le queda un hijo, porque su hija mayor murió de cáncer hace ya 10 años.

abuelos en la informalidad

Briceño sirve café para todos los bolsillos. Por 1.200, 1.500 o 2.500 bolívares pueden comprarle un guayoyo. También vende cigarros, aunque su fuerte es el café.

Ella viene de Los Teques. Cuenta que su sobrina es quien la ayuda al llevarla todas las mañanas y luego la recoge entre 8:00 am y 8:30 am cuando ya ha vendido sus termos. De joven era costurera, pero tampoco le dan trabajo en el ramo por su edad.

“Soy de las buenas costureras, y trabajé en buenas fábricas, pero eso ya pasó”, dice la anciana con una mueca de conformidad.

Cada vez son más los adultos mayores que siguen en la jornada laboral informal. ¿Por qué? Porque los seguros no sirven y las pensiones no alcanzan. A pesar que algunos son ayudados por sus hijos, aún así no pueden cubrir todos sus gastos y deben tomar la calle para enfrentar el reto de luchar a tan avanzada edad.

Con la luz de la mañana, el señor Andrés Palencia atiende su negocio en una acera del Valle de Caracas. Cansado de ir y venir a jornadas que ya no le garantizan ingresos, decidió vender cachivaches del ramo de la construcción. Dice que puede gastar en pasaje diario entre bs. 8.000 a 12.000 para ir y venir desde el barrio Mezuca, en Petare.

“Ya soy un viejo y no tengo la energía para volver a lo que hacía. Tengo hijos y algunos me ayudan, no les pido nada pero entiendo que debo seguir trabajando, no tengo de otra. Llego aquí, al Valle, y aunque me costó hacer el punto para vender ya me siento más cómodo en este oficio. Quisiera estar mejor pero por lo menos no molesto a nadie, aparte del pasaje debo pagar un depósito para guardar mi mercancía por aquí cerca, pero por lo menos me da para comer. Estamos en la Venezuela en la que ya no es el país con real. Nos toca trabajar”, comenta.

Más al occidente de la ciudad, dentro del Mercado de Coche, están los señores Ernesto Tovar, de 65 años, y Alfredo Rojas, de 70.

Ernesto trabajó en la gobernación del Distrito Capital por más de 20 años. Después de una jubilación paupérrima sintió que tenía que completar para el mercado de la casa, desde entonces tiene 15 años caminando el Mercado vendiendo yesqueros, siempre tratando de ofrecer lo que no tienen los demás.

“Mire, aquí en Venezuela o te quedas en la casa a morir de hambre o sales a guapear la vida, y yo me vengo con mis yesqueros y los vendo tranquilamente desde 5:00 am, y ya me hice popular entre los que venden y los que compran en el Mercado de Coche. Mis hijos están grandes, de vez en cuando me ayudan pero nunca es igual como ganarte tus realitos tú mismo. No estoy inválido y puedo continuar, no soy un muchacho pero todavía estas manos pueden hacer algo”, asegura Tovar con una sonrisa.

En la misma acera y con el mismo buen humor de Ernesto está Alfredo. A diferencia del resto de los adultos mayores entrevistados es el único que tiene como oficio lo mismo por más de 40 años. Vende veneno para ratas e insectos y desde el año 1978 está en el mercado

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“No puedo dejar de trabajar. Con mi mujer que aún está conmigo, tenemos ocho hijos criados, pero como todo en la vida los hijos se van a hacer familia. Ellos no son egoístas con nosotros pero la comida es cada vez más cara, no puedo dejar de vender mi mata ratas porque de esto vivo».

A pesar de seguir trabajando la sonrisa no se borrar de su rostro. Sin embargo, una frase resume su frustración: «Quisiera descansar pero no puedo”.