Emily en París: el delirante viaje que reta la lógica de las redes sociales

La serie sobre una joven ejecutiva de marketing de una empresa estadounidense que vuela a Paris para trabajar ha sido bien recibida por muchos espectadores, pero destrozada por la crítica. Independientemente de lo que pienses, hay un bache muy obvio: el Instagram de la protagonista

Emily en París: el delirante viaje que reta la lógica de las redes sociales

En el primer episodio de «Emily en París«, la protagonista (Lily Collins) debe viajar a Francia de urgencia, porque su jefa ha quedado embarazada de manera inesperada. Este comienzo es una gran advertencia de la descabellada producción que estás por ver. Repasemos: ¿una mujer que recién siente los efectos de la gravidez no puede continuar con sus responsabilidades? Complicado futuro tendrá una vez que nazca el niño si la respuesta es negativa. No hemos digerido la extraña excusa que le da movimiento a la trama cuando se hace un chiste sobre la edad avanzada de la preñada  y su promiscuidad. Para ser una serie «moderna», las bromas lucen fuera de timing.

Pero no entremos en temas que deriven en el consabido mansplaining. Desde el principio, el show presenta graves problemas de verosimilitud. Para explicarlo, me tomo esta sentencia sencilla de El guion de cine: «Cuando un escritor busca en la realidad circundante la justificación de la conducta de sus personajes, está perdido. No importa que conozcas mil personas que actúan según una lógica dada: la lógica de tu personaje proviene del mundo que el guión construye y a él se circunscribe: eso es lo único que la hace verosímil».

Así, apenas comienza «Emily en París», el tacón se resbala: ¿contrataría usted a una gurú de redes que apenas si suma más de cuarenta seguidores en Instagram? Pues es esta persona la que debe ir a Francia a convencer a una cuerda de franceses prejuiciosos de lo siguiente: «Para construir una marca, se necesita participación en las redes sociales. No se trata solo de la cantidad de seguidores. Se trata de contenido, confianza, interés y compromiso».

En la divertida reseña de Rachel Handler, en Vulture, de las pocas firmas que no destruyen la serie, al menos no completamente, se advierte: «Pero había una parte del espectáculo que me resultó difícil de tragar. Cuando conocemos a Emily, su nombre de usuario en Instagram es su propio nombre y tiene 48 seguidores; desde el momento en que llega a París, cambia su nombre por @emilyinparis, comienza a tomar fotografías turísticas de ramos de flores, queso, cafés y croissants y, en el transcurso de unas pocas semanas, se convierte en una «influenciadora» suficiente para atraer la atención de 25.000 desconocidos y de varias marcas importantes».

A continuación, Handler se ríe de los que nos propone el showrunner, Darren Star (el mismo de «Sex and the City»), y hace un experimento simplemente genial: le pide a varios instagramers que viven en París, con al menos más de 50,000 seguidores,  que analicen los post de Emily. El resultado no se los voy a adelantar, para que lean el maravilloso artículo.

Guy Pewsey, en un artículo para Grazia, también alaba lo divertida y desestresante que  resultar la serie, pero advierte otro punto negativo: la invasión de la privacidad en la que incurre la protagonista: «Es culpable de voyerismo en las redes sociales. En al menos dos ocasiones, fotografía a extraños sin su conocimiento o permiso y los publica, sin obstrucciones. Una de estas imágenes es una fotografía de dos niños jugando sin darse cuenta. Otro es el de un pequeño grupo de mujeres parisinas que fuman cigarrillos fuera de un gimnasio en un descanso de sus clases de fitness. En primera instancia, está explotando la calidad pintoresca de dos jóvenes rubias jugando en una plaza clásica europea para sus propios fines en las redes sociales. En el segundo, se burla explícitamente, o al menos invita a sus seguidores a burlarse, de las curiosas contradicciones de la cultura francesa. Romper la privacidad de los demás no es aceptable solo porque es una sátira».

La fashionista Emily, que bien podría ser una aprendiz de Carrie Bradshaw (Sarah Jessica Parker) o la nieta de Miranda Priestly (Meryl Streep), realmente es tan irresponsable como cualquier adolescente con un celular. Dista mucho de ser un ejemplo de profesionalidad. Tanto así que sus fotografías derivaron en memes en todos los países:

En Barquisimeto

En Caracas

En Maracaibo

En Puerto La Cruz

La destrucción

El manejo de las redes sociales no ha sido el único punto flaco que los críticos le han encontrado a la serie.

Katherine Singh, en Chatelaine, apunta a que la producción es «demasiado blanca» y que no refleja la diversidad cultural de Francia. «Desde el momento en que el público conoce a Emily Cooper por primera vez, conoce su blancura. Desde el novio (que pronto será ex) amante del béisbol hasta su jefa Madeline Wheeler (interpretada por Kate Walsh), todos en su órbita son blancos, no hay forma de endulzarlo. Y esto no termina una vez que se va de Chicago. A lo largo de la temporada, Emily está rodeada principalmente de compañeros de trabajo blancos, se convierte en amiga de un excéntrico y famoso diseñador mayor (que es blanco), se enreda románticamente con cuatro hombres separados (todos blancos) y es abordada vulgarmente por un quinto (también resulta ser blanco). Ah, y también le envía lencería un cliente que resulta ser el novio casado de su jefa y que también es blanco. ¿Notas una tendencia?».

Entrar en el tema de la representación racial es pisar fango. Los productos de ficción no están obligados a calcar a la sociedad tal cual, sino a mostrar lo que necesita la historia. No obstante, nos viene a la mente la fabulosa «The Eddy», serie sobre el dueño de un club de jazz en País, en la que interactúan personajes de Francia, África, Europa del Esta y America Latina. Los personajes hablan en francés, pero también en inglés y árabe.

Es precisamente por esa falta de contrastes y el abuso de estereotipos que Emily ha sido tan vapuleada y ha recibido críticas como las siguientes:

“[En Emily en París ] nos enteramos de que los franceses son “todos malos” (sí, sí), que son vagos y nunca llegan a la oficina antes del final de la mañana, que son coquetos y no están muy apegados al concepto de lealtad, que son sexistas y atrasados, y por supuesto, que tienen una relación cuestionable con la ducha. Sí, no se escatima ningún cliché, ni siquiera el más débil”, escribió Charles Martin para Premiere.

«Tienes que amar mucho la ciencia ficción para ver esta serie, sabiendo que los parisinos son en su mayoría amigables, hablar un inglés irreprochable, hacer el amor durante horas y que ir a trabajar sigue siendo una opción. Los escritores pueden haber dudado durante dos o tres minutos en poner una baguette debajo de cada francés, o incluso una boina para distinguirlos claramente, en cambio, todos fuman cigarrillos y coquetean hasta la muerte”, destacan en  Sens Critique.

“Rara vez habíamos visto tantos clichés sobre la capital francesa desde los episodios parisinos de ‘Gossip Girl’ o en el final del ‘Devil wears Prada’”, se puede leer en la reseña de RTL.

Entonces, si es tan mala, ¿por qué ha generado tantas reacciones, incluido este artículo que estás leyendo? La respuesta la tiene Ksat: «Parte de esto tiene que ver con los tiempos en los que todos vivimos actualmente. Todos los días superan al anterior con noticias escandalosas e increíbles, por lo que cuando aparece un programa que es tan absurdo, no es sorprendente que los espectadores no se cansen de él». Así que si te gustaron los panes con chocolate y el vecino sexy que seguramente nunca tendrás, no te sientas mal, todos hemos tenido un placer culposo en la vida. Como aquellos que están esperando una nueva temporada de «Cobra Kai».