En Abuelos Miranda se trabaja con las uñas

Este es un país de jóvenes, dicen los venezolanos. Aunque cada vez eso es menos cierto, todavía es una opinión que prela la realidad: cada vez hay más personas de la tercera edad y cada vez ese segmento de la población es más olvidado. El Día de los Abuelos homenajeamos a una de las instituciones  que lo atiende. Se llama Abuelos Miranda y trabaja con las uñas.

En Abuelos Miranda se trabaja con las uñas

El envejecimiento es un proceso cronológico indetenible, una etapa de la vida en la que se tienen requerimientos especiales, comenta el presidente de la Fundación Abuelos Miranda, Luis Francisco Cabezas. Su mayor preocupación es que la población está envejeciendo y que esta sociedad, no está preparada para enfrentarlo a pesar de programas como el que creó el ex gobernador Enrique Mendoza. Allí reciben a más de 1.200 personas en 37 casas-abuelo, como las llaman.

De 1990 para abajo, la pirámide demográfica de Venezuela tenía la forma clásica latinoamericana: base gruesa y cúspide puntiaguda, pero ahora se está invirtiendo, en parte porque la expectativa de vida aumentó a 72 años los hombres y 76 las mujeres. Ese colectivo que engorda el vértice, según los censos disponibles más actuales, es uno de los menos atendidos y más invisibles en el país.

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La promotora social, Celena Coriat, asegura que los familiares de los adultos mayores los ven como una carga, un estorbo. “No solo lo veo aquí en Abuelos Miranda, sino en las calles y las comunidades”, lamenta. No puede creer que nadie se preocupe por revisar si comieron o si llegaron a la casa.

Una cola de vianditas

Una de las responsabilidades de Coriat es buscar lo necesario para poder cumplir con las tres comidas que les ofrecen a los ancianos: desayuno, merienda y almuerzo. Pasa horas cazando colas por Caracas y su periferia en la búsqueda de los productos que hacen falta para alimentar a los señores durante las siete horas de atención.

Juana bebe malta mientras espera su pedazo de torta.

Juana, de 80 años, bebe malta mientras espera su pedazo de torta

A pesar del esfuerzo combinado entre ella y la otra promotora, Peggy Gil, no siempre les pueden dar bocado. Cuando eso sucede, se les avisa a los abuelos, pero ellos igual aparecen en la casa ubicada en La California Norte a las 8 de la mañana. “Eso quiere decir que hay un sentido de pertenencia”, indica.

Cada día es menos extraño ver la cola de las “vianditas” de los ancianos que esperan para calentar en el microondas.

La compañía es lo más importante para los adultos mayores que pertenecen al programa. Aunque a veces no haya comida, van a jugar dominó, bingo o a recibir asistencia médica. Incluso participan en actividades físicas y de aprendizaje. Hasta hace poco recibían un taller organizado por Empresas Polar de bombonería.

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Maura Nora, de 71 años, juega al bingo con sus compañeras. Hace tiempo se perdieron las piezas y ahora usan piedras, botones y papeles para marcar los números

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Isabel Villamizar, de 91 años, entrega los billetes para el pote del bingo. La apuesta por cartón es de 2 bolívares y ella tiene cuatro

Es la camaradería lo que los invita a volver. La mayoría de los asistentes deben utilizar el menos que amigable transporte público para llegar hasta la casa-abuelo. Leonor Ugueto, de 75 años, toma todos los días una camionetica -el pasaje cuesta 150 bolívares- desde Caucaguita hasta la estación de metro de Petare, allí se sube al vagón que la deja en La California. “Cuando tengo, se los pago. Pero cuando no, les digo que no tengo”, confiesa.

Ugueto asiste a Abuelos Miranda porque eso la distrae: “Me quedé sola, mi hija se murió y los demás muchachos no me visitan”. Prefiere moverse hasta allí todos los días que quedarse en el apartamento sin hacer nada. Solo falta cuando tiene cita con el médico. La salud primero.

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Elías Obadia, de 72 años, abraza a Leonor Ugueto, de 75

La familia

Abuelos Miranda se ha convertido en una familia, cuenta Cabezas, y Coriat coincide con él: “Tenemos casos de maltrato, de abandono o falta de cariño en sus hogares. Pero aquí tienen un hombro donde llorar y una mano amiga. No solo soy su promotora”.

El afecto que buscan trasciende la vida. En diciembre de 2015 uno de los abuelos murió. Los empleados de la fundación se pusieron en contacto con sus allegados y ninguno quiso hacerse cargo del sepelio. Así que ellos mismos se encargaron. “Nosotros éramos su familia y pensamos que nadie merece morir de esa manera”, relata el presidente.

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Un señor lee el periódico mientras sus compañeros participan en la actividad de la cruz de mayo

Cabezas insiste en que hacen falta muchos más programas como Abuelos Miranda. Solo la gobernación del estado Lara cuenta con casas-abuelo como la que él maneja. Es por eso que la fundación propone un Plan Nacional de Envejecimiento en el que se contemplarán datos y se planificará una línea de acción. De esa manera, se podrán dar los primeros pasos hacia políticas públicas dirigidas a ese segmento de la población que está creciendo poco a poco de forma sostenida.

Si ese plan se llevase a cabo, fundaciones de ese tipo prosperarán. El olvido y la ignorancia del resto de la demografía hacia el adulto mayor mermaría y no todo sería tan cuesta arriba para los que manejan Abuelos Miranda. “Estamos trabajando con las uñas, pero de igual manera sacamos esto adelante”, finaliza Coriat.

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