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En este mercado negro sí hay de todo

Esta semana, dos personas que luchaban contra la escasez general de medicinas localizaron dosis del antibiótico Dalacin, de 600 mg, en la farmacia Oriente, de San Juan de los Morros. El precio del remedio había saltado desde Bs 25 hasta Bs 370, en pocos días y sin que mediaran razones para ello, más allá que una descarada especulación con el drama ajeno.

Este tipo de episodios es común en un país donde escasea todo, y se consigue todo. Aquí, el que tenga en sus manos el producto se ufana de poder fijar el precio que mejor le parezca.

“Aquí no se consigue nada, pero se consigue todo” O. MaggyDonde hay escasez hay posibilidades de hacer dinero, como saben economistas y comerciantes.

Pero en esta Venezuela del desorden, ese “hacer dinero” a veces se va más allá de toda lógica. Más que un mercado de escasez, se está desarrollando cada vez con más fuerza un mercado negro, como los que han prosperado en otros momentos de la historia en este y otros lugares en conflicto, políticos o económicos.

En medio de complejas distorsiones, la forma en la que se fijan los precios en el mercado interno depende mucho de la incertidumbre y la especulación, tanto en la política como en la propia economía.

El reino de la escasez se ha afincado tanto que ya es normal que muchas cosas no se consigan de primera mano y nadie sabe qué es un precio justo. No importa si el Gobierno ha sacado a la calle a un ejército de militares y fiscales para intentar aplicar una Ley que pretende bajar la inflación por decreto.

A mano desalmada

Conseguir una simple licencia de manejar es difícil porque en las dependencias de Tránsito donde se gestionan dicen que no hay materiales para hacer el carnet. Pero a la vez cobran bajo la mesa Bs 2.000 por conseguirla, normalmente sin pasar exámenes ni madrugonazos.

Más caro sale un pasaporte. Oficialmente debe valer siete unidades tributarias, Bs 889. Pero a cualquier viajero incauto le dicen que debe esperar seis meses para que le salga, porque “no hay materiales”. Si usted tiene prisa, gestores bien conectados con el Saime, le consiguen uno por Bs 30.000.

También es un drama conseguir albúmina humana, pero una vuelta por MercadoLibre.com da cuenta de gente vendiendo hasta a Bs 1.200 el frasquito de este producto que debería ser de distribución gratuita, porque es fabricado por un laboratorio del Estado.

Lograr comprar un carro nuevo es hoy un golpe de suerte más cercano a la lotería que a los negocios. Pero en las páginas de clasificados también se consiguen carros chinos e iraníes, a tres y cuatro veces el precio al que le son vendidos estos vehículos a unos cuantos privilegiados civiles y militares del gobierno.

Acaso los ejemplos más comunes de este “no hay pero sí hay” sean los productos básicos subsidiados por un Estado cada vez más quebrado. La Harina Pan, el aceite de maíz, el café, desodorantes, pañales y repelentes están entre los productos que escasean en los comercios ordinarios y su sola aparición desata largas y pacientes colas de personas decididas a ahorrase unos reales comprando a precios que no volverán.

Sólo basta una vuelta por las aceras colonizadas por buhoneros para encontrar estos productos, pero a cuatro veces el precio oficial.

La negada epidemia de fiebres tropicales desde Chikungunya y dengue hasta catarros paranoicos evidenciaron que esta oscuridad se extiende hasta para medicinas de misericordia. En algunos kioscos de Caracas es posible encontrar el desaparecido Acetaminofén, sólo que a Bs 50 el paquetico de cuatro pastillas.

Y sigo siendo el Rey

Claro, el trono del mercado negro lo ocupa el dólar paralelo. Ocurre lo mismo: no hay divisas y cada vez más le niegan el Cencoex a estudiantes en el exterior.

Para conseguir los verdes, ya sea como instrumento de ahorro o de inversión a las tasas oficiales, hay que entrar en la rifa del Sicad I y II, o tener una tarjeta de crédito con pedigrí y un límite sólo disponible para un porcentaje muy pequeño de la población venezolana.

Pero si alguien dispone de la montañita de bolívares necesaria y tiene el apremio de salvar a un paciente en un hospital del exterior, ayudar a un hijo a completar su carrera en una universidad extranjera, o simplemente intentar salvar sus ahorros de toda la vida de la inflación más alta del mundo, siempre habrá alguien dispuesto a venderle los dólares a entre 90 y 100 bolívares hoy.

¿De dónde sale este mercado negro generalizado que se ha vuelto tan genuino como la reina pepeada y el Alma Llanera?

Es un monstruo que se alimenta a sí mismo, a partir de la propia escasez, la ineficiencia del Estado, la baja producción local, la dependencia a las importaciones, la corrupción, las expectativas negativas y la necesidad individual.
Hay una relación de ganancias y pérdidas sobre las que delibera una persona sometida al mercado negro. Es pura economía que responde a incentivos, a costos, beneficios y recompensas.
Frente a la urgencia de salvar a un paciente de una agresiva infección, el antibiótico 10 veces más caro es una elección necesaria.

La necesidad de viajar al exterior en determinada fecha para no perder un curso programado o un negocio, lleva a alguien aceptar la extorsión del pasaporte. La pertinaz fiebre y el riesgo de una convulsión puede justificar pagar caro una pastilla de remedio. Evitar dejarse matraquear por fiscales y policías a causa de una licencia vencida, hace que alguien se canse y prefiera pagar de una vez los 2.000 para comprar la licencia nueva.

A veces es un asunto de expectativas. Si uno piensa que las cosas seguirán subiendo de precio, que habrá más devaluaciones, si no se cree en las promesas de los que administran la economía, ni se sabe cuándo será la próxima vez que se conseguirá algún producto, es natural que se venda el bolsillo al diablo y crezca la verdolaga de la especulación.
¿Pero qué pasa cuando no alcanza hay plata y además hay que superar la rabia de saber que a uno lo están estafando?

Los mercados negros como los que dominan hoy el comercio, los negocios y buena parte de las relaciones con el Estado en Venezuela tienen una capacidad enorme de enriquecer a unas minorías y de empobrecer a una mayoría creciente.

Lo peor, parecen tener la capacidad de acostumbrar a la gente a que es así como funciona la cosa y si de verdad necesitas algo tienes que pagarlo, porque el bien más caro es el que no existe, o no se tiene.