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En un México ya desangrado, el drama de Venezuela no asusta a nadie

La tragedia venezolana no asusta en México. Su aparente omnipresencia, a través del llamado "socialismo del siglo 21", no logró contaminar la campaña electoral de Andrés Manuel López Obrador, favorito para ganar las elecciones del domingo 1 de julio.

En un México ya desangrado, el drama de Venezuela no asusta a nadie

Al día de hoy, el candidato mexicano del partido Morena se encuentra punteando abrumadoramente las encuestas que ya lo dan como presidente en las elecciones de este domingo 1 de julio.

Este es el tercer intento de AMLO, acrónimo por el que se le conoce popularmente a López Obrador, para conquistar la jefatura del Estado mexicano.

En las anteriores elecciones (2006 y 2012) sufrió certeros ataques al vinculársele con la revolución chavista, que para entonces se encontraba en pleno apogeo.

En ambos procesos las acusaciones surtieron efecto, y contribuyeron con el fracaso de la candidatura del oriundo de Tabasco.

Para esta campaña se pensaba que sus adversarios no dudarían en utilizar el desastre chavista en Venezuela, para alertar a los electores sobre el riesgo de apoyar a AMLO.

Pero no fue así. ¿Por qué esta vez no surtió efecto, si ahora la situación venezolana toca niveles de crisis humanitaria?

¿Fallas en el marketing contra AMLO?: sí

Una parte de la explicación del escaso efecto de la tragedia venezolana como argumento en la campaña, puede estar en las fallas del marketing político desarrollado contra AMLO.

En marzo de este año, en Monitor Américas analizamos por qué López Obrador se encontraba como líder en los sondeos de opinión.

En esa oportunidad dijimos que López Obrador, de 64 años, había aprendido la lección recibida en las dos contiendas anteriores.

Del discurso agresivo de sus campañas del 2006 y 2012, AMLO suavizó sus palabrfas, dejando atrás sus semejanzas con el fallecido líder de la revolución bolivariana en Venezuela, Hugo Chávez.

En la movida de la izquierda latinoamericana, a López Obrador se le comparó con Chávez, y también con el expresidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva.

Esta edición 2018 de AMLO es más parecida a Lula, a pesar del desenlace que ha tenido la carrera política del expresidente brasileño.

Su discurso ha sido de conciliatorio, no de confrontación. Su lenguaje engloba a sus adversarios como la “mafia del poder”, cuidándose de no hacer señalamientos directos que generen enfrentamientos con potenciales aliados de resultar electo.

Ha sabido enviar mensajes claros al principal sector que históricamente le ha adversado, el empresariado, asegurando que no habrá cambios de reglas, y para ello ha utilizado emisarios calificados.

“Entre sus apoyos más cercanos está Alfonso Romo, del Grupo Monterrey, uno de los más importantes del país, a quien López Obrador encomendó coordinar el Proyecto Alternativo de Nación”, cuenta un reporte de The New York Times.

Rivales anulados entre sí

Sumada a esta imagen moderada y alejada del radicalismo chavista, la estrategia de sus rivales fue poco menos que inefectiva.

A la popularidad del líder de Morena han contribuido notablemente sus más cercanos competidos, en representación de los partidos tradicionales: José Antonio Meade (PRI) y Ricardo Anaya (PAN).

La estrategia del equipo de Meade se concentró en anular a Anaya, para alcanzar el segundo lugar y así polarizar el debate con AMLO, ofreciéndole al público dos caminos: el peligro que representa AMLO versus la estabilidad que ofrecía Meade.

Esta apuesta tendría sentido si la gestión del presidente Enrique Peña Nieto, del PRI, hubiese sido exitosa, pero este sexenio se ha caracterizado por el recrudecimiento de la violencia y la corrupción a niveles alarmantes.

En consecuencia, la campaña de Meade solo tuvo éxito en afectar a Anaya, pero nunca tuvo oportunidad de acercarse a AMLO.

Por su parte, la estrategia de Anaya se vio obligada a concentrarse en defenderse de los continuos ataques del PRI y del propio gobierno de Peña Nieto, por lo que no pudo dirigir todas sus baterías contra el candidato de Morena.

En sus mutuos ataques, ambos candidatos se autodestruyeron.

Meade y Anaya dejaron a López Obrador el camino libre, sin explotar su vinculación con el chavismo y lo que el chavismo ha hecho en Venezuela, o su inclinación política por el Foro de Sao Paulo (un grupo internacional de intelectuales de izquierda clásica).

El tema no formó parte vital de la campaña salvo en algunas acciones puntuales, como el video hecho por el PAN (donde resaltan la inquietante similitud del discurso de Chávez en la campaña de 1998 en Venezuela y las de AMLO en el 2018); o las pintas en algunas sedes de la industria petrolera venezolana donde supuestamente se promovía la candidatura del hombre de Morena.

De hecho, en el último debate presidencial, dedicado al tema de “México en el mundo”, que se realizó el mismo día de las elecciones en Venezuela, el tema no fue abordado ni por los candidatos ni los moderadores.

Simplemente lo dejaron sin que se viera obligado a precisar su respaldo o rechazo a la dictadura venezolana, ni qué decir del colapso de la calidad de vida de los venezolanos.

La tragedia propia

¿El drama venezolano no es suficientemente crudo para impactar a la opinión pública de México?
Para responder esta pregunta quizás haya que empezar por mencionar algunos elementos sobre la realidad mexicana.
En mayo pasado, 2.890 personas fueron asesinadas en el país. En promedio, se cometieron 93 homicidios diarios, casi cuatro víctimas por hora.

Si se habla de violencia política, ésta se ha multiplicado por diez en comparación con la campaña del 2012.

La consultora Etellekt informó recientemente que desde el inicio del proceso electoral el pasado 8 de septiembre se han registrado 543 agresiones contra políticos en todo el país, de los cuales 132 fueron asesinatos.

El Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública advirtió, en abril pasado, que entre 2007 y 2018 se reportaron 34.268 personas desaparecidas, 9.404 de ellas jóvenes entre 15 y 24 años.

La cifra es aún más impactante si se tiene en cuenta que muchos de esos casos no responden a secuestros o trata de blancas.

Simplemente las personas son “levantadas”, como se le dice en México, y no se vuelve a saber de ellas.

El Estado luce estancado, rebasado por el contexto violento.

Hay estados como Michoacán, Durango o Tamaulipas (de tantos crímenes provocados por la acción de carteles, ahora se le conoce como “Mataulipas”), se encuentran bajo control de organizaciones criminales que a diario arremeten impunemente contra autoridades, cuerpos policiales, ciudadanos y periodistas.

Otro tipo de violencia

También hay otro tipo de violencia. En el país hay más de 20 millones de niños viviendo en pobreza.

México además cuenta con una población indígena de 11 millones de personas. De éstos, 4.6 millones de niños, de los cuales 78.6% se encuentra en situación de pobreza.

El desempleo en abril pasado se ubicó en 3.4% de la población económicamente activa, lo cual parece una cifra baja.

Sin embargo, tal como lo explica el economista Carlos Alberto Jiménez, de la Universidad de La Salle, en el país se están eliminando puestos de trabajo con alto salario, para generar otros de baja remuneración.

Solo 4 de cada 100 personas devenga más de cinco salarios mínimos, y 56.9% de la población económicamente activa se encuentra en informalidad laboral.

Sin vías de escape

Para muchos, esta situación de crisis social y económica tenía en la frontera una vía de escape.

Eso fue así hasta que el presidente Donald Trump decidió restringir accesos a migrantes y comenzó a forzar la salida de su territorio.

En este momento permanecen más de 2.000 niños bajo custodia federal estadounidense, luego que fueran separados de sus progenitores como medida de prensión para que abandonaran el país.

El norte es cada vez una opción de cambio más lejana para el mexicano, y probablemente eso haya dado más impulso a la necesidad de cambiar su propio país, a pesar de los riesgos que ello implique.

Ya conocemos el apocalipsis

Con esa carga de realidad a cuestas, la actitud de muchos mexicanos es bastante pragmática frente a la amenaza de que AMLO convierte a México en una nueva Venezuela.

Esa actitud se puede apreciar a diario en las calles, en el metro, en el mercado, o en las redes sociales.

@AlmaDeliaMC lo resume en un tuit:
“Mi voto es contra la corrupción, contra la aberración de un narcoestado que nos tiene contando muertos como si fueran objetos perdidos. No me interesa el discurso apocalíptico de que puede ser peor, quiero que se vayan los responsables de la tragedia que hoy es México”.

En el fondo, es saber que los mexicanos viven su propio apocalipsis desde hace tiempo, y parecen dispuesto a romper con todo, a la espera de poder reconstruirse desde la nada.

Frente a eso no hay fantasma -o experiencia ajena- que valga.