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Fotos y más fotos y más fotos

En la Librería Lugar Común, Paseo Las Mercedes, se vienen celebrando unos encuentros semanales a propósito de un objeto muy viejo que ahora goza de una nueva e intensa atención: el fotolibro o más sencillamente libros cuyo objetivo es mostrar fotografías.

Fotos y más fotos y más fotos

Se inscribe el fenómeno en una onda mundial que en Venezuela ha tenido una inusitada repercusión, mucho más si recordamos la miseria en que sobrevivimos, con la publicación de varios y realmente muy notables títulos y al parecer están en vías de realización un número mayor. A mí me tocó hacer de panelista en uno de esos eventos junto a Rafael Arraiz Lucca y dos fotógrafos, Douglas Monroy y Alexis Pérez Luna, cuyos fotolibros habíamos acompañado con breves textos introductorios. Se trata de dos muy cuidados y bellos libros, tanto editorial como su contenido estético, “Patria” y “Las Paredes no mienten” respectivamente, ambos de Monroy Editor.

Había mucha gente, lo que se debe destacar también en estos días de apatía, desasosiego y de muchos afanes por sobrevivir. Lo que sigue es un intento de sistematizar algunas especulaciones que traté de expresar muy comprimida e improvisadamente en esa ocasión, especulaciones excesivas seguramente y de intrincada aplicación a lo concreto, pero bueno, son males de formación y oficio.

Desde hace ya un buen rato los fotógrafos que pretenden hacer arte con sus imágenes, trascender el mero registro documental del quehacer humano y su entorno, se enfrentan a mi entender a un gigantesco desafío, acaso como nunca en la historia ya sesquicentenaria de esa cámara que pretende sustraer, hermosa e inútilmente, del tiempo y de la muerte instantes y acontecimientos, como todo arte en el fondo pero en su caso en una lucha cuerpo a cuerpo con lo real inmediato.

Paradójicamente ese reto se produce por excesos de avances tecnológicos que perfeccionan el acto fotográfico y lo hacen cada vez más accesible a la mayoría de la especie. Me refiero a la fotografía digital y al Internet, básicamente. Ambas cosas han traído y traerán indetenible y crecientemente una multiplicación gigantesca, sin mesura, de las imágenes fotográficas que nos rodean. Basta recordar que por lo menos un tercio de los humanos lleva consigo su entrañable teléfono inteligente que puede disparar su obturador cuantas veces quiera sobre el cumpleaños del nieto, el sitio turístico o algún rostro amado. O saber que en los diversos registros de Internet hay ya centenares de miles de millones de fotografías que se multiplican cada segundo.

Ante ese océano de espejos de lo humano, esa artificial y desmesurada metáfora del universo, ese caleidoscopio sin límites debe presentar sus imágenes el fotógrafo que aspira a que éstas sobrevivan como sobrevive la obra de arte, las pocas elegidas que pasan ese ojo de la aguja del porvenir, tratar en definitiva que ese mar sin fronteras no las devore. Ese es el problema. A lo mejor en gran parte existente desde siempre, desde sus orígenes, pero ahora revestido de una agresora, inmediata y atemorizante dimensión. Mi idea es que de alguna manera ese mar de los sargazos ya ha influido de alguna forma en las obras de los fotógrafos y en la manera en que conciben su naturaleza y destino. No es menor el desafío.

Hago un paréntesis que de alguna manera tiene que ver con la ubicación de la fotografía en nuestra hora presente. Me refiero a que esa proliferación y democratización aludidas, si bien presenta retos estéticos y difusivos difíciles e ineludibles, también manifiestan logros sin discusión. Por ejemplo, el haber puesto en manos de tantos la posibilidad de hacer arte, muchas veces en el caso del quehacer fotográfico sin saber que lo están haciendo, como aquel señor que escribía en prosa sin saberlo. La poesía debe ser hecha por todos decían los surrealistas, algo similar parece cumplirse con la fotografía de hoy.

Pero también parece una prueba incuestionable de que ha superado el desafío del cine, en sus diversas y poderosas formas y derivados, ya que algunos pensaron que al haberse logrado atrapar el movimiento de la vida ya le quedaba poco por hacer a su representación estática. No ha sido así y no solo porque hay diversos ámbitos documentales en que la foto es insustituible sino que, acaso por su estrecho parentesco con lo cinematográfico, por su vinculación ineludible con lo real, parece mantener incólume su poder de fascinación. Y este crecimiento monstruoso de su presencia mundial lo manifiesta.

Rolan Barthes dice que prefiere la fotografía al cine porque el segundo es demasiado rápido para su sensibilidad y uno no puede recrearse debidamente en las imágenes que nos tocan. Sugiere mucho esa expresión del autor de la Chambre claire, esa pequeña y genial biblia de la metafísica de la fotografía.

Y bien, volviendo al centro de estas líneas me atrevería a especular que esta inusitada pasión mundial y nacional, por el fotolibro tiene que ver con la conciencia cada vez más clara de los autores fotográficos de que su enfrentamiento a la nueva realidad masificada de su medio de expresión tiene que ver con presentar más que fotos sueltas o exposiciones de reducido tamaño, muestras más extensas y consistentes conceptualmente que individualicen y sistematicen sus propuestas.

Algunos de estos libros son, como era habitual, antologías, seleccionadas en base a la calidad de las imágenes. De todos modos su profusión va en el sentido indicado. Pero quizás los más interesantes son aquellos focalizados en un centro temático preciso y que se convierten en una especie de ensayo fotográfico. Tal es el caso de uno de los libros presentados en la ocasión señalada, «Patria» de Douglas Monroy, que es una lúcida e intensa visión de la Caracas de hoy, desgarrada por la crisis y por la omnipresencia de la huella populista del gobierno tiránico y que el artista busca en los sitios más inesperados o en la combinación de imágenes que en su complementariedad o contradicciones revelan “su” ciudad martirizada. No deja de ser interesante que uno de los materiales más abundantes en el libro sean murales o grafitis que agreden las paredes de todos y donde se depositan los mensajes de la falsa revolución. De alguna forma la palabra y su capacidad expresiva se suma al poder de la imagen.

Y, no por azar, el libro de Pérez Luna, «Las paredes no mienten», ya no centrado en un lugar geográfico sino en un tema recurrente y expandido en el tiempo, los escritos callejeros de toda naturaleza, casi siempre cercanos al humor negro, que igualmente suman significaciones heterogéneas, palabras y sofisticados escenarios. En ambos autores encontramos esa voluntad de decir de manera más extensa y elocuente. En algunos otros autores nacionales, pienso en Paolo Gasparini, grupos de fotografías forman conjuntos expositivos a los cuales suelen sumarse textos o, sobre todo, se convierten en audiovisuales, en las fronteras de cine, aunadas las fotos a una voz en off que declama un texto, un montaje perfectamente planeado y una intensa musicalización.

Todo ello es muestra de una manera más elaborada de pensar el conjunto de una obra, a veces una vida, fotográfica. De mostrar un más denodado empeño en el carácter autoral, personalísimo, de un ojo obsesionado por la belleza de lo real inmediato y sus significaciones. Por demás no hay que exagerar estos cambios, que suelen ser lentos y en parte ocultos, todavía el circuito de muestra y distribución de arte fotográfico sigue funcionando tradicionalmente. Todavía una foto, una de tantísimas, de una belleza y penetración nada deslumbrante, puede ser vendida en 4 millones de dólares.

En todo caso no deja de ser fascinante que la tía de siempre haga ahora innúmeras fotos del Ávila para enviárselas a su hija que vive nostálgica en Madrid. Que se haga cada vez más exigente tener aunque sea un ladito en la posteridad. Y que se pueda navegar infinitamente en el mar de las imágenes. O que sea hoy una tarea de titanes armar una historia mundial de la fotografía hace no mucho reducida a unas decenas de maestros, casi todos del norte occidental y confortable. Da un poco de vértigo también.

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