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Francisco Olivares: “En su último año, Chávez se creyó un redentor”

El periodista acaba de publicar un nuevo libro: «Los últimos días de Hugo Chávez», en el que recoge la información publicada desde hace algunos años y aporta nuevos datos e interpretaciones sobre la enfermedad y muerte de un hombre que, después de muerto, todavía sigue desatando pasión, odio y delirio

Francisco Olivares: “En su último año, Chávez se creyó un redentor”

A casi nueve meses de haber salido de la cárcel de Yare, Hugo Chávez visitó la Quinta de San Pedro Alejandrino, en Santa Marta, Colombia. El 16 de diciembre de 1994, visitó por primera vez el sitio en el que, 164 años antes, Simón Bolívar exhaló su último aliento. Allí conoció al historiador Luis Eduardo Pinto, quien entonces se desempeñaba como guía del lugar y conocía detalles interesantes sobre los días en los que el Libertador estuvo allí. Bolívar había llegado el 6 de diciembre de 1830, gracias a la hospitalidad de Joaquín de Mier y Benítez. Fue recibido después de haber renunciado a la Presidencia de la República de Colombia, nación que también estaba por expirar.

La visita a Santa Marta marcó un punto de inflexión en el imaginario que Chávez mantenía sobre la figura del Libertador. Una admiración que rayaba en obsesión, y tomó cuerpo 5 años después, cuando llegó a la Presidencia de la república. De pequeño, Chávez soñaba con leyendas protagonizadas por Bolívar y Maisanta –este último un personaje de la historia venezolana del que se carecen certezas–, mientras que, de grande, intentó emular esas historias con un país rendido a sus pies y una bonanza petrolera en sus bolsillos. Comprender su adoración por Bolívar es crucial para entender al actor, más allá de los delirios que lo rodean, incluso después de muerto.

El tramo final

En eso profundiza Los últimos días de Hugo Chávez, el nuevo libro del periodista venezolano Francisco Olivares. “A través de una visión del propio personaje en su último año de vida, emergieron sus ambiciones, obsesiones, los mitos que lo acompañaron; pero también sus debilidades por el miedo a la muerte”, reza en la introducción del trabajo que, según el propio testimonio del autor, surgió de una conversación con un amigo que estaba interesado en un proyecto audiovisual sobre la muerte del expresidente, pero que, por la falta de libertades y derechos en el país, Olivares decidió convertir en un libro. Un poco más de tres años le tomó llegar a la versión final del manuscrito, cuya primera edición ya está disponible en Amazon.

Aunque el libro incluye evidentes referencias a otros trabajos periodísticos que abordan el tema del fin de Chávez y las tensiones en torno a la sucesión del liderazgo –como Bocaranda, el poder de los secretos, escrito por Nelson Bocaranda y Diego Arroyo Gil, o Los brujos de Chávez de David Placer, ambos del año 2015–, el autor entrevistó en exclusiva a dos exmiembros de la cúpula chavista que vivieron las pasiones desatadas una vez se conoció la enfermedad del presidente. El exministro Héctor Navarro y la exfiscal general Luisa Ortega Díaz ofrecen una versión de los hechos que contrasta con el discurso revolucionario que tenían cuando estaban en el poder.

El heredero y la pugna por el poder

El periodista Nelson Bocaranda, el psicólogo Axel Capriles y la abogada Thays Peñalver también fueron entrevistados para dibujar mejor el perfil de Hugo Chávez y los últimos días de su vida. Opiniones que se complementan con un importante número de fuentes históricas y periodísticas que también narran las situaciones que se suscitaron alrededor de su heredero, Nicolás Maduro. El libro recoge los pormenores de las improvisaciones a las que se enfrentaron las diversas facciones que pugnaban por el poder, entre ellas la odisea del coche fúnebre, la urna de cristal, las ideas del embalsamiento y el mausoleo final, donde actualmente reposan los restos del revolucionario.

Francisco Olivares conoció a Hugo Chávez en 1992, al visitar la cárcel de Yare para entrevistar a los golpistas, mientras trabajaba para El Diario de Caracas. También fue editor de política e investigación en El Universal, luego productor y conductor de RCTV. Entre sus libros publicados destacan: Las cuentas ocultas del presidente, con el que ganó el Premio Nacional de Periodismo en 1995; Las balas de abril (2006) y Afiuni, la presa del comandante (2012). Ahora colabora con El Estímulo.

“Es una historia que debía ser contada. Un episodio de los tantos que se han producido en más de 20 años de chavismo”, responde cuando le pregunto sobre su nuevo libro.

 Hombre fuerte de carne y hueso

—Usted contrasta las dos personalidades del sujeto: la del hombre fuerte de la revolución y la del hombre débil de la enfermedad.

—Sí, porque hablamos de que el hombre que había llegado al tope de su carrera política, el hombre fuerte del continente, el líder del socialismo del siglo XXI en la región, alguien que estableció una gran alianza con varios países latinoamericanos –adonde llevó su mensaje socialista, apoyado también en una gran cantidad de recursos económicos producto del petróleo venezolano– se sintió vulnerable con un dolor en la rodilla y al poco tiempo le fue diagnosticado el cáncer. Ese fue un golpe muy duro para un personaje que lo tenía todo: poder, que había logrado todos sus objetivos propuestos.

—Y usted lo conoció en 1992, pero no quiso entrevistarlo, ¿por qué?

—Sí, yo fui para allá, a la cárcel de Yare y entrevisté a Francisco Arias Cárdenas y vi cómo era todo el movimiento. Preferí entrevistar a Arias Cárdenas porque consideré que podía darme una visión diferente, porque Hugo Chávez daba entrevistas todos los días. Todo el mundo lo entrevistaba. Él hablaba mucho, era el personaje del momento, claro. Yo quería a alguien más, alguien colateral que me pudiera dar otra visión. Y, de hecho, Arias Cárdenas me dio cosas muy interesantes, cosas que no eran exactamente ese discurso patriótico de Chávez, sino que manejó otro tipo de ángulos.

Ellos tenían cada uno su celda, de la que salían y entraban a un espacio que tenía como 150 metros. Allí recibían visitas y había de todo: gente vinculada con la política y gente que uno vinculaba con la ultraizquierda, esa que formaba parte de los grupos radicales que uno conocía en la universidad.

—¿Y después sí lo conoció?

—Cuando él salió de la cárcel, comenzó a hacer una gira por los principales  medios de comunicación. Estando en El Universal, fui yo quien lo recibió. Estaba muy delgado, con su liquiliqui gris. Le asigné a Clodovaldo Hernández para que lo entrevistara. Fue una de las primeras entrevistas largas que se le daba en un medio de comunicación, luego de su salida de Yare. Lo conocí allí y seguí en contacto con su entorno, porque nos llamaban para cubrir sus actos. Lo vi después en la contienda electoral. Siempre estuve en contacto con él como periodista, con sus asesores de prensa, quienes movieron mucho dinero en esa campaña de 1998. Hasta que se convirtió en presidente y empezó a imponer su modelo político.

Francisco Olivares, periodista de investigación y escritor.

La enfermedad

—Sobre él se ha escrito bastante. Usted recogió algunas cosas, por ejemplo, cita mucho a David Placer y a Nelson Bocaranda Sardi.

—En efecto. Cuando uno va a abordar un libro de esta magnitud, una de las cosas que uno hace es leer otros aportes que se han hecho sobre el tema. Acerca de Chávez se ha escrito muchísimo, basta entrar en Amazon para ver. Yo busqué el libro de David Placer porque él abordó un tema que ningún otro periodista había abordado con tanta precisión. Y, por supuesto, eso sirvió de punto de partida para enfocar mi propia visión. Cada cosa que me pareció interesante la cito en el libro. Al igual que con el libro de Bocaranda. A mí me interesaba el personaje, ese es mi enfoque, desde el dolor en la rodilla, que le auguró la enfermedad, hasta su muerte el 5 de marzo de 2013.

—El libro de Bocaranda dice que Chávez atendió lo que le pasaba después de ir al baño, pero usted dice que fue por un dolor de la rodilla.

—En algunos momentos anteriores al 9 de mayo de 2011 –día cuando le comenzó el dolor en la rodilla y su sitial empezó a tambalearse–, él ya había sentido algunas molestias. En una ocasión se había tenido que retirar de un juego de beisbol. También, el mismo Fidel Castro le había pedido que se hiciera unos chequeos en profundidad, pero él los evitaba. De hecho, una vez Fidel le mandó para Venezuela un médico español para que lo atendiera. Había síntomas, pero hasta entonces no había sentido nada tan fuerte como el dolor de la rodilla. Fíjate tú que ese dolor le impidió hacer una gira internacional que tenía prevista. Debía ir a Brasil, a Ecuador y después a Cuba. Era muy importante el viaje a Brasil, porque Dilma Rousseff había asumido la Presidencia, y era un encuentro importante organizado por Lula da Silva.

 

—De hecho, el vínculo con Brasil sí era muy importante. El equipo de la campaña de 2012 provenía de allí, según cuenta usted en este libro.

—Exactamente, ellos tenían mucha influencia, lo de Brasil era vital. Allá se manejaban muchas de las estrategias políticas que se llevaban a cabo aquí en Venezuela. Casi toda la campaña presidencial la orientó el equipo de propaganda que tenía Lula da Silva. Eso está claramente contado en el libro. Aunque siempre hay diferencias –no siempre se usa un solo equipo–, había varias organizaciones venezolanas, como la de Jesse Chacón. Eso era lo que estaba pasando tras bastidores: la última campaña, la enfermedad y la estrategia de cómo vender al personaje. En esa última campaña a él lo empiezan a mostrar como una especie de profeta, de redentor, y ya no como el hombre duro, como el hombre del puño.

En el libro hay una copia de un afiche que nunca salió a la luz pública pero que yo conseguí. Ese afiche fue de una propuesta que se tenía y, aunque fue rechazada, el mismo Chávez se presentó como un redentor. Él no pudo evitar hacer ese rol, y cuando observas los videos de esa época, ves que cuando él terminaba un ciclo de quimioterapia, hacía recorridos por Caracas con un crucifijo. Él no saludaba ya con el puño, sino que abría la mano y la colocaba sobre las cabezas de sus seguidores. En su último año, Chávez se sintió un redentor.

Bolívar y Maisanta

—Y dentro de ese imaginario estaba también la figura de Simón Bolívar, porque no podemos entender a Chávez sin su obsesión bolivariana.

—Es correcto. Él cultivó esa adoración desde muy pequeño, porque sentía admiración por estos héroes de la patria, entre ellos su supuesto bisabuelo Maisanta. Él se afincó en esos dos personajes, se asumió como un heredero de Bolívar y de Maisanta. En una entrevista con Ignacio Ramonet, él afirma que la figura de Maisanta fue clave en su carrera política.

—Pero no hay muchas certezas sobre el personaje.

—Sí, porque él creó a ese personaje, asumiéndose como heredero de Bolívar con aquello de que el Libertador renacía cada cien años. Es decir, que él asumía que había renacido en él. De allí toda esta operación de los huesos, de la exhumación, de la defensa de la tesis que él hizo del asesinato de Bolívar y, cuando él sabe que va a morir, él lanza su propia tesis de que su enfermedad había sido inoculada para hacer un símil. De hecho, se creó una comisión investigadora de su enfermedad. Por supuesto, nunca arrojó ningún resultado. Con su muerte uno comienza a entender cómo era el personaje.

Estos hechos, que podían pasar desapercibidos en un análisis político o en una historia política del país, son claves para comprender las obsesiones de Chávez. La cosa es que tampoco estuvo en ninguna batalla, nunca estuvo en una acción heroica, por eso es que con esos personajes él creaba una historia en la que él era el líder, el heredero de estas dos figuras.

—En la única batalla en la que estuvo involucrado fracasó, la de 1992.

—No solamente fracasó, sino que ni siquiera disparó un tiro. Todos sus amigos, es decir, los golpistas del 4 de febrero, habían tomado las posiciones que se habían propuesto. Arias Cárdenas tomó la del Zulia. De hecho, yo estuve allí, en la casa de la Gobernación durante el golpe. Los que estaban en Carabobo tomaron las instalaciones, lo mismo en Aragua. Estuvo la gente que tomó La Carlota, La Casona y el Palacio de Miraflores. El único que no se enfrentó a las fuerzas militares que lo desafiaron fue él. Estuvo en el Museo Histórico Militar, al que después cambiaron el nombre a Cuartel de la Montaña, que es el lugar donde reposan actualmente sus restos. Ese es el único acto “heroico” que tiene en su historial militar. Pero fracasó, aunque tuvo un efecto publicitario enorme, cuando dijo ante los medios el “Por ahora”.

Un misterio sin disipar

—De vuelta a la tesis del asesinato: usted habla en el libro sobre un asunto aún no resuelto del Hospital Militar. Aunque no tiene nada que ver con la inoculación del cáncer, genera sospechas sobre lo que pasó en ese piso durante los días en que el presidente Chávez estuvo allí recluido.

—Ese episodio es muy importante. A Chávez lo traen muerto en vida de La Habana. Lo colocaron en el piso 9 del Hospital Militar Dr. Carlos Arvelo, que estaba custodiado por los cubanos. Ese piso se construyó y se estableció allí prácticamente un año antes de que Chávez muriera. Cuando comienza la enfermedad, se acondiciona ese piso para él y queda absolutamente bajo el control de los cubanos. Entonces, ya se difundían los rumores de si estaba muerto o no. Sobre el momento de su muerte definitiva aún no hay precisión.

Yo pienso que él estuvo vivo –claro, conectado con aparatos– hasta el 5 de marzo. Con lo que no hay concordancia todavía es con la hora, porque si tú te fijas desde la mañana del día 5, incluso desde el día anterior, ya todo se estaba preparando para el acto final, para el anuncio de la muerte. Lo que pasaba era que hubo diferencias entre la cúpula gobernante hasta la tarde.

—También se perdió una llave que pudo evitar la muerte.

—Sí, ese episodio es interesante, porque entra dentro de esas situaciones del chavismo en las que se unen la ineficacia y la mala intención, y ya uno no sabe qué fue lo que ocurrió. El día anterior a la muerte hubo una caída de electricidad en el Hospital Militar y la planta eléctrica no funcionó, o sea, no apareció la llave para activarla. Un suceso interesante que incluso pudiera caer en lo absurdo, pero claro, yo narro toda la historia en el libro.

 

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