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“Pongan huevos..." ¿Qué ganamos?

Comparar es antipático, sobre todo cuando se habla de algo tan subjetivo en sus significados como el fútbol. Pero mientras prevalezca el "echabolismo" por encima de la calidad, el fútbol del viejo continente mantendrá retorcido el brazo de América, como actualmente sucede

“Pongan huevos..." ¿Qué ganamos?

Minuto 3 del partido de vuelta de la fase tres de la Copa Libertadores de América entre Santos y San Lorenzo. El equipo argentino debe remontar un 1-3 para poder clasificar. El cordobés de San Lorenzo, Gino Peruzzi, va con los dos pies arriba contra Felipe Jonathan. Durísima entrada apenas iniciando el cotejo. Pudo ser roja. Luego de ser amonestado, Peruzzi grita airadamente al árbitro reclamando su amonestación.

Justo esa misma tarde todos los amantes del fútbol nos deleitamos con el PSG-Bayern de Munich, una de las eliminatorias que más recordaremos en la Liga de Campeones por el fútbol vertiginoso, de ocasiones, estéticamente hermoso.

Comparar es antipático, sobre todo cuando se habla de algo tan subjetivo en sus significados como el fútbol. Sin embargo, la dicotomía para entender este deporte nos obliga a comprender fácilmente por qué el fútbol del viejo continente tiene retorcido el brazo de América desde hace ya bastante tiempo. Y no quiero referirme con esto a una serie de elementos que, obviamente, marcan una diferencia enorme: me centro en lo esencial, en el juego, en donde evidentemente hay factores que influyen, pero me fijo en la esencia misma de cómo se afronta un partido.

“Oooooh nosotros alentamos, pongan huevos, que ganamos”, canta la grada en Argentina y rapidito también lo adoptamos aquí. “Pongan huevos que ganamos”, se le pide al futbolista como requisito para poder obtener los tres puntos. Es un canto, sí, pero con un significado enorme que luego vemos cómo se plasma en la cancha. No he escuchado que desde la tribuna, cuando se podía, el público pidiera un juego hermoso. No, piden “huevos” o bolas, en nuestro caso. “Échenle bolas”. Luego vemos como Peruzzi casi le quiebra las piernas a un rival y casi deja a su equipo con 10 hombres con 87 minutos por jugar y una eliminatoria que remontar.

Hemos entendido mal la superioridad europea. Brasil giró el timón y en sus banquillos comenzaron a sentarse técnicos portugueses, argentinos y hasta venezolanos. Trataron de encontrar fuera de su esencia una solución a los reiterados fracasos de sus clubes en escenarios continentales y mundiales.

Jorge Jesús armó un equipo de antología en Flamengo y se llevó la Libertadores con algo sencillo: buenos nombres, fútbol práctico y cambio de idea, que fue dejar a un lado el miedo y asumir riesgos. Sin embargo, no es un tema de la nacionalidad del técnico. Es un asunto de filosofía. Creemos que la cachetada que debe hacernos despertar viene de afuera y no es así.

Es el miedo. El temor a perder. La derrota en el fútbol de América es letal. Entonces se ha preponderado el meter pierna, el correr 20 kilómetros por partido, la extenuación, por encima de la inteligencia, que no es otra cosa que sacar provecho a lo bueno que pueda tener un plantel. Los chamos desde niños juegan a evitar perder y hacerlo, es catastrófico. No se asume como una enseñanza sino como lo que no puede pasar nunca.

Es incomprensible que nuestro continente no haya dejado de producir talentosísimos futbolistas cuando se prima el “carácter”, la “garra” por encima del don de saber jugar a la pelota. Se prima el despliegue físico sobre la clase, por lo que ya nos hemos acostumbrado a dejar de divertirnos y sufrir con el fútbol. Es así: sufrimos, lógicamente porque nadie quiere perder, pero queremos que los nuestros ganen como sea, así sea reventando tibias y peronés.

Obviamente, el carácter, la garra, las ganas, la raza, el amor a la camiseta va a ser la misma para los dos, pero si uno de los rivales es superior futbolísticamente, por más “huevos” que ponga el inferior, lo más seguro es que pierda. La Uruguay de Tabárez, el River Plate de Gallardo, el Flamengo de Jorge Jesus y el Independiente del Valle han hecho ver todo de una manera distinta, donde los famosos “huevos” no tienen preponderancia sino terminan siendo un complemento, si acaso.

Es hora de sacarse la idea fatalista del fútbol. “Vida o muerte” no es un concepto que ayude a prosperar, sino al contrario, induce al retroceso. La diversión debe primar y es por eso que salir de un atasco o de una mala racha de resultados es tan difícil en el fútbol que se juega en este lado del mundo. No hay paciencia, todo es ganar, como sea. Y así, no existirá un progreso cuando 22 equipos de un mismo torneo se planteen todo igual.