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“Gambito de dama” arrasa como fenómeno televisivo de Netflix

A pocos días de haber sido estrenada, la nueva miniserie de Netflix ambientada en el mundo del ajedrez, es la ficción más vista en la historia de la plataforma. Contra todo pronóstico, Gambito de dama (The Queen's Gambit), ambientada en el mundo del ajedrez, se ha convertido es uno de los más poderosos fenómenos televisivos del año. Está literalmente arrasando, por su propuesta realista y cuidada en los más mínimos detalles.

“Gambito de dama” arrasa como fenómeno televisivo de Netflix

A 28 días de su estreno, ya es la ficción de corto recorrido más vista en la historia de la plataforma, con más de 62 millones de hogares que han seguido sus incidencias. Y por si esto fuese poco, entró en la lista de los diez títulos más vistos en 92 de los 193 países donde  Netflix está disponible y en 63 de ellos figura en el primer lugar.

La historia, basada en una novela escrita en 1983 por el escritor estadounidense de relatos cortos Walter Tevis, cuyos libros han servido de inspiración para muchas películas, transcurre en el ámbito del ajedrez profesional en los años cincuenta y sesenta del siglo XX, cuando este juego de mesa pasa de convertirse de un entretenimiento para universitarios a un reflejo de las tensiones políticas entre Estados Unidos y la Unión Soviética.

Su efecto en la teleaudiencia trasciende más allá de la pequeña pantalla. Las ventas de la novela se dispararon por primera vez desde que fue publicada hace 37 años. Ocupa uno de los codiciados puestos estelares de la lista de los más vendidos de The New York Times. Google también destaca el impacto de la serie en sus usuarios: las búsquedas con las palabras “Cómo se juega al ajedrez” también se dispararon a niveles sin precedentes.

Entorno árido y masculino

Entre los elementos más notables de esta serie de siete capítulos, cuyo título alude a uno de los movimientos de apertura del ajedrez, está la acertada elección como protagonista de Anya Taylor-Joy, una muy joven actriz que desde su irrupción en el arte histriónico, en el filme de terror La  bruja (Robert Eggers/ 2015), se reveló como un sobresaliente descubrimiento y desde entonces no ha parado de trabajar en roles igualmente lucidos y elogiados, como los que encarnó en Purasangre, Glass, Los nuevos mutantes y Emma.

Luego está la magnética trama, que cuenta la fulgurante carrera de una niña, Beth Harmon (Taylor-Joy), que aprende a jugar al ajedrez en un orfanato, adiestrada por el conserje, y que pronto pasa a competencias cada vez más importantes, donde se codeará con expertos y duros jugadores, invariablemente hombres, y tendrá problemas de adicción a las drogas y al alcohol que la mantienen concentrada y la ayudan a soportar la presión.

Se trata de un mundo árido para una mujer como Harmon, sumergida en un entorno masculino donde históricamente pocas mujeres han llegado a brillar, entre ellas las hermanas Polgár (especialmente Judith, la más agresiva de ellas) y Jennifer Shahad (doble campeona de Estados Unidos), que son algunos de los referentes espirituales de la protagonista.

Aunque es una obra de ficción, hay alusiones pasajeras a jugadores que sí existieron, como los campeones mundiales José Raúl CapablancaAlexander AlekhineMikhail Botvinnik y Boris Spassky. Hay incluso una escena en la cual un contendiente compara a Beth con Paul Morphy, un estadounidense que jugó este famoso juego en la Ópera de París en 1858 y que es considerado el mejor jugador del siglo XIX.

Ficción con gotas de realidad

Como particularidad hay que señalar un significativo detalle: los actores fueron entrenados para jugar y mover piezas como si fueran expertos, lo que generalmente se hace con movimientos rápidos, casi como de ametralladora. Además, las partidas representadas no son solo realistas, sino que también están basadas ​​en competencias reales. Por ejemplo, el partido en el que Beth derrota a Harry por el título estatal de Kentucky, fue de un juego que tuvo lugar en Riga, Letonia, en 1955 y el partido en el que se enfrenta al campeón ruso Vasily Borgov (Marcin Dorocinski) en la final de la serie, se jugó en Biel, Suiza, en 1993.

Aunque el espectador desprevenido que aún  no la ha visto, podría dejarse llevar por la idea de que una serie sobre el ajedrez es un espectáculo aburrido y sólo para conocedores, no hay nada más lejos de la realidad. Gambito de Dama es una delicia que hace que no le perdamos el hilo en ningún momento, incluso en un final que puede resultar muy de cuento de hadas con relación al desarrollo general de la trama pero que, para cuando llega, es tan necesario que se agradece y se celebra.

Irresistible protagonista

Los siete capítulos son obra de Scott Frank y Allan Scott y están dirigidos por el propio Frank, dos veces nominado al Oscar por el guion adaptado de Un romance peligroso (Steven Soderbergh, 1998) y Logan (James Mangold, 2017). Antes de Gambito de dama había hecho para Netflix la serie corta Godless, un western de 2018 que pasó inadvertido.

La miniserie comienza con un breve vistazo al presente de Beth y de inmediato viaja a su infancia, para comenzar con el desarrollo en profundidad del personaje. La historia se toma su tiempo para elaborar el arco dramático de la figura central y ahí está uno de sus principales méritos.

No solo replica con acierto ambientes no exclusivamente ajedrecísticos (desde los centros comerciales donde se dan cita las amas de casa de los suburbios urbanos, hasta los medios de transporte y los hoteles de lujo), sino que es muy fiel a las costumbres y los modos del ajedrez de la época. Desde la notación de movimientos clásica, sustituida desde hace unos años, a los tableros y fichas, réplicas de los de entonces.

Todo ello se debe a los aportes del campeón del mundo Garry Kasparov y el también experto neoyorquino Bruce Pandolfini (asesoró al autor de la novela original), quienes vigilaron minuciosamente cada detalle de la producción: desde que las piezas y los tableros estuvieran bien colocados (un error más común de lo habitual en el cine) a que las partidas fueran réplicas de enfrentamientos reales.

En términos generales, aunque la serie se toma sus libertades (si los profesionales pensaran sus movimientos durante tan poco tiempo, las partidas durarían escasos minutos), se nota que hay expertos detrás asesorando la narración, lo cual no impide que haya suficiente espacio para la creatividad. Por ejemplo, los competidores reales suelen hacer evolucionar las piezas en el tablero de forma robótica, pero Anna Taylor-Joy desarrolló para su Beth un estilo más suave de mover las piezas, basado en su experiencia como bailarina.

Impecable narración

Además del esmerado cuidado puesto de manifiesto en la recreación de la época y en la concreción en pantalla de un deporte a menudo maltratado por los estereotipos, el nuevo suceso de Netflix está excelentemente narrado. Aunque la historia da pie a ello, no recurre a las típicas estructuras ya agotadas, de flashbacks continuos, y adopta formas narrativas más tradicionales y cinematográficas. Esquiva abundantes tópicos de las historias de niños prodigio con efectividad y proporciona una narración trepidante, cuyo ritmo no se toma un respiro en ninguno de los siete capítulos.

Tiene la tensión del thriller, que se acentúa con la música de Carlos Rafael Rivera, el tic tac del reloj y el golpeteo de las piezas en el tablero; y a ratos parece estar a punto de dar el salto al terror. Para eso ayudan la fascinante actuación de Taylor-Joy, la paleta de colores y eficaces recursos como la aparición casi fantasmal de gigantecas piezas de ajedrez en los techos de su infancia. También hay toques de comedia y pasajes descomprimidos, con buenos montajes y canciones de los Monkees, Quincy Jones y B-52.

Pero además, hay un detalle extra que testimonia lo exquisitamente pensada que está esta serie de Netflix. Desde siempre, los estados mentales extraordinarios son complicados de plasmar en imágenes, de hacerlos comprensibles para el público: desde la inteligencia fuera de lo común a las actividades creativas, pasando por los estados de conciencia alterados. Gambito de dama tiene un poco de todos ellos, y aún así, sale airosa a la hora de hablar de estos al espectador.

Scott Frank, como realizador y guionista, sabe de lo que habla: uno de sus primeros libretos cinematográficos fue la estupenda historia de niño superdotado El pequeño genio (1991), filme que marcó el debut de la actriz Jodie Foster en la dirección.

Desde la estupenda idea del tablero en el techo, que Beth imagina para memorizar y planificar partidas, hasta los estupendos y nada convencionales montajes musicales, pasando por un equilibrio muy especial entre humanizar a los jugadores convirtiéndolos en superdotados excéntricos y hacerlos intercambiar diálogos técnicos sobre partidas, donde no se teme que el espectador profano en el ajedrez pierda el hilo de las acotaciones. Porque, realmente, no es necesario entenderlas al detalle para comprender los intrincados laberintos mentales en los que se sumergen los protagonistas.

De este arriesgado modo, del cual sale felizmente airosa, transmite toda la competitividad y exigencia mental del ajedrez de alto nivel sin que dejemos de entender los conflictos básicos que también pone sobre la mesa. Es decir, cómo un deporte que favorece el aislamiento y el estudio obsesivo hace que la principal rival de Beth sea ella misma. Sin resultar discursiva ni paternalista,

Empoderamiento feminista

El relato inicia con los ocho años de Beth, la muerte de su madre y su llegada a un orfanato que le será fundamental. Allí conocerá la adicción a las drogas, los modales que se esperan de las niñas en una sociedad conservadora, la autoridad y finalmente a una nueva familia, o algo bastante parecido a eso. Pero por encima de todo, conocerá el ajedrez de la mano de un ermitaño conserje (Bill Camp) y a partir de allí este juego será su vida, a pesar de que intenten convencerla de lo contrario.

El camino de Beth, una vez que comienza a competir contra rivales hombres y a demostrar que lo suyo es especial, es de empoderamiento y autodestrucción. Avanza en terrenos sexistas y hostiles con elegancia y una sensualidad de la que parece no ser consciente, y su dependencia a los psicofármacos y luego al alcohol, para ser letal en cada partida, solo se agudiza.

Todo ello queda bien resumido temprano en su historia, en la entrevista que atiende cuando, de adolescente, gana el Abierto de Cincinatti y tiene al país hablando de ella. “Es todo un mundo de 64 casillas”, dice Beth cuando habla del tablero. “Me siento segura ahí adentro. Puedo controlarlo, dominarlo, y es predecible. Si me lastimo, solo yo tengo la culpa”.

Cuando la entrevista se publica, su único reparo es que casi no citaron sus declaraciones. “Solo hablan de que soy una chica. Eso no debería ser importante”, suelta. Es que el feminismo cruza la serie con la naturalidad de quien simplemente no entiende por qué tiene que vivir bajo reglas diferentes a las de los hombres.

Los estilismos, los planos y las composiciones aportan a un excelente nivel visual, el marco para una historia contundente y de buenos secundarios, que lidia todo el tiempo con las sombras y los demonios de su personaje principal, que solo quiere ser la mejor en lo suyo y no puede medir lo que implica semejante ambición en su tiempo y circunstancias.

La caminata final, con Beth vestida de impecable blanco y filmada cámara en mano, rompen con la sensación de opresión que se impone durante los siete capítulos. Es una libertad sobre la que se pueden hacer muchas lecturas y que es un buen cierre para una gran miniserie, que apelando al deporte más cerebral del mundo, cuenta una de las historias más humanas del año.

Origen de una fiebre

La fiebre por el ajedrez desatada tras el estreno de Gambito de dama, es más que notoria en los Estados Unidos. Goliath Games, una empresa fabricante de juguetes, asegura que las ventas de los tableros de ajedrez que forman parte de su oferta permanente, se han disparado un 1.000%, en comparación con el año pasado, publica The New York Times.

Por otro lado, en eBay, la compra de juegos y accesorios del juego han subido un 215%. Los de madera son los más populares: se compran nueve veces más que los de plástico, los electrónicos o los acristalados.

Los tableros de anticuarios se venden siete veces más que en 2019 y accesorios como cronómetros, un 45% más. Incluso los tableros oficiales que vende la Federación Estadounidense de Ajedrez, y cuyo precio puede ascender a varios miles de dólares, han aumentado.

Gambito de Dama, de Netflix