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Guaidó en la Casa Blanca. ¿Y ahora qué viene?

Es temprano para hacer un balance de la gira de Guaidó, si bien la misma desnudó las diferencias que coexisten sobre cómo lograr un cambio democrático en Venezuela

Guaidó en la Casa Blanca. ¿Y ahora qué viene?

Se inició rápido el 2020, al igual que 2019. El espaldarazo de la administración de Donald Trump a Juan Guaidó, cargado de simbolismo, como ese aplauso sonoro de demócrata y republicanos en el Congreso, podría ser el tono de este año. La gira de Guaidó, en su conjunto, remarcó su rol de presidente interino para una eventual transición democrática en Venezuela.

Sin embargo, es febrero de 2020 y Nicolás Maduro sigue en el poder. No hay ninguna señal de que abandonará el cargo de forma inminente. Su permanencia, contra viento y marea, como gobernante de una Venezuela en crisis humanitaria generalizada y pese al rechazo de la mayoría de países de Occidente, debería generar una revisión de estrategias dentro y fuera del país.

En realidad, tal como lo ha señalado el expresidente del gobierno español, Felipe González, tiene que haber una autocrítica tanto de la dirigencia democrática, que tiene a Juan Guaidó a la cabeza, como de la propia comunidad internacional. Que 2020 se inicie con Maduro en el poder desnuda el fracaso de un conjunto de acciones que no lograron articularse ni dentro ni fuera de Venezuela.

Vamos sobre aquellas que envuelven a la comunidad internacional

Fracasó el discurso amenazador de Washington, que tenía en John Bolton una voz particularmente agresiva, ya que tales amenazas terminaron siendo no creíbles para el chavismo. Pero también fracasó la apuesta de Europa occidental por lograr una salida negociada. Maduro, una vez más, aprovechó una mesa de negociación con la oposición para sencillamente ganar tiempo y bajarle presión a las demandas de cambio.

El fracaso de la comunidad internacional también queda en evidencia por la incapacidad de construir una agenda común entre los principales actores interesados en el cambio democrático: Unión Europea (UE), Estados Unidos, Canadá y los países de América Latina, especialmente los que se nuclearon en torno al Grupo de Lima.

Ni siquiera en el seno de la UE se logró consensuar una política de presión efectiva contra el régimen de Maduro, señalado de generalizadas violaciones contra los derechos humanos, tal como lo documentó el informe de la alta comisionada de DDHH de la ONU, Michelle Bachelet. La telenovela de Delcy Rodríguez en el aeropuerto de Barajas, días atrás, desnuda las contradicciones e inconsistencias de la política europea de sanciones.

Tampoco la crisis humanitaria y migratoria, con casi 5 millones de venezolanos que han huido principalmente a países vecinos, ha logrado empujar a las naciones latinoamericanas a tener una postura firme de consenso ante lo que es el origen de este drama: la obstinada permanencia de Maduro en el poder. Y sabemos que mientras Maduro siga al frente no cesará la crisis migratoria. En este 2020, si todo sigue como va, tendremos el negativo galardón de superar a la crisis siria en términos de éxodo humano.

Pronóstico reservado

Aún es temprano para hacer un balance completo de la gira de Guaidó, y menos aún para determinar si todos los contactos que tuvo conllevarán a una nueva estrategia consensuada por parte de lo que genéricamente llamamos «comunidad internacional». Pero la propia gira desnudó las diferencias que coexisten en sobre cómo lograr un cambio democrático en Venezuela.

El interés de Canadá, por ejemplo, de involucrar a Cuba en las negociaciones no sólo obedece a que efectivamente Cuba ha colonizado al chavismo, cosa cierta, sino también a la propia agenda de Ottawa, que mantiene un pulso con Washington para evitar que el recrudecimiento de las sanciones de Estados Unidos termine afectando a inversionistas canadienses de la isla caribeña.

La política exterior, como cualquier estrategia política, se basa en los intereses de quien la emite.

El hermetismo que ha rodeado la presencia de Guaidó en Washington, junto a las diversas reuniones de alto nivel con los poderes Ejecutivo y Legislativo, así como con entes internacionales, puede ser señal de que efectivamente habrá una nueva estrategia. La que se ejecutó en 2019 no tuvo éxito, y hay que decirlo.

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Los hechos transcurrieron el 25 de mayo, cuando la policía de Mineapolis detuvo el coche donde viajaba George Floyd y le exigió bajar de él sin motivo aparente. Segundos después, un policía blanco le mantuvo bocabajo contra el suelo, mientras le apretaba el cuello con una rodilla. El asesinato de Floyd desató una nueva oleada de protestas de Black Lives Matter, un movimiento contra violencia policial y la discriminación racial.