Hablemos sobre eutanasia

La muerte es la única certeza que tenemos los seres vivos. En la civilización occidental, a diferencia de la oriental, hablar sobre la muerte es casi anatema

El libro de Fernando Savater “Las preguntas de la vida” comienza hablando sobre la muerte. Y no es una contradicción: la muerte es la única certeza que tenemos los seres vivos. Pero en la civilización occidental, a diferencia de la oriental, hablar sobre la muerte es casi anatema. Hay muchas razones, la mayoría de índole religioso, y como sucede con los asuntos donde la fe está involucrada, se hace más complicado separarla de la racionalidad.

Sin embargo, tengo la absoluta certeza de que la muerte debería ser un tema que todos tendríamos que conversar en algún momento con nuestros seres queridos. De manera desprejuiciada, abierta y frontalmente. Y creo que el decidir cómo morir debería ser un derecho contemplado en las constituciones de todos los países. ¡Es que hay cosas mucho peores que la muerte! ¡La muerte en muchos casos es una liberación! ¡Si tenemos raciocinio, ¿por qué no podemos decidir sobre algo que nos atañe tan de cerca, cuando aún podemos hacerlo?!

Yo, Carolina Jaimes Branger, quiero morir con dignidad. No quiero que me alarguen la vida si no voy a tener calidad de vida. No quiero ser una carga económica para nadie. No quiero necesitar una nana que me cuide como si fuera una bebé. Lo que gastaría mi familia alargando mi vida innecesariamente quiero que lo donen a un hospital de niños, a pacientes que puedan salvarse y tener una vida útil.

Hasta ahora, sólo cinco países en el mundo han aprobado la eutanasia: Países Bajos, Canadá, Bélgica, Colombia y Luxemburgo. El suicidio asistido, que es una modalidad de eutanasia, es legal en los Estados Unidos en los estados de Washington, Oregon, Colorado, Vermont, Montana, Washington DC, y California y en Alemania, Canadá, Suiza y Japón.

Hay una pequeña pero importante diferencia entre eutanasia y suicidio asistido: en la eutanasia se provoca la muerte de un enfermo desahuciado para evitarle un sufrimiento innecesario. Puede ocurrir con o sin el consentimiento del paciente, pues se dan casos en los que el paciente no está en capacidad de manifestar su voluntad y lo hace un familiar cercano.

El suicidio asistido es una forma de eutanasia en la cual se proveen los medios necesarios para que una persona de forma voluntaria termine con su vida; en general se aplica a pacientes terminales que ya no desean tratamiento.

En la mente de muchos subsiste el recuerdo del Dr. Jack Kevorkian, un estadounidense que practicó la eutanasia a cerca de 400 personas. A Kevorkian se le fue la mano, porque en muchos casos no conocía a los pacientes y los “asistía” un día después de haberlos conocido, sin conocer bien su cuadro médico. Muchos eran pacientes deprimidos severamente, que tal vez hubieran podido salir de la depresión.

La postura de Kevorkian, a pesar de ello, se hizo muy popular y el Estado quizás por eso mismo obvió procesarlo por muchos años. Finalmente, lo enjuiciaron y lo condenaron a 25 años de prisión. Fue puesto en libertad por razones médicas y de edad a los 8 años de cumplir condena y murió pocos años más tarde.

El valor del legado de Kevorkian, a pesar de sus errores, fue haber puesto el tema sobre el tapete y lograr que hoy exista la legislación en algunos estados sobre el derecho a una muerte digna.

La dignidad es lo único que nos queda a los seres humanos cuando ya hemos perdido todo. Nadie puede arrebatárnosla. Hay miles de ejemplos a lo largo de la historia. La más reciente, aquí en Venezuela, la de la diputada Addy Valero, quien rechazó el dinero que le ofreció el régimen -que podía haber comprado su salud- para no traicionar al país: «Yo me podré morir, pero con mi voto no muere Venezuela», dijo.

Esa dignidad hay que honrarla, no pisotearla. Hay que ensalzarla, no disminuirla. Hay que entenderla y eso no se hace evadiendo el tema, ni con respuestas clichés, ni con posturas principistas que al final terminan siendo sólo una gran hipocresía.

Hable de la muerte con sus seres queridos. Haga un testamento vital. No permita que le alarguen la agonía. No deje que nadie decida por usted. A fin de cuentas, si uno puede decidir sobre todos los asuntos de su vida, debería también poder decidir también sobre el único seguro e insoslayable: la muerte.