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Henry Vivas combate el hambre en barriada de Caracas a pesar de la cuarentena

No le importa la cuarentena, ni el riesgo de contagiarse de coronavirus. Ni siquiera le importa su propia enfermedad renal que cada vez empeora más. El activista social Henry Vivas sigue alimentando, cada día, a 65 niños en Caucagüita. Ahora necesita más ayuda que nunca.

Como si fuera un soldado herido en un campo de batalla, Henry Vivas se mantiene en pie ayudando como puede. Atiende un comedor popular en la comunidad de Caucagüita, en el este de Caracas, donde cada día siguen almorzando 65 niños, pese a la cuarentena provocada por la pandemia del coronavirus.

“Estamos pidiendo mucho apoyo, a ver quién nos quiere donar implementos de limpieza, tapabocas, lo que sea”, dice a El Estímulo.

Vivas, de 50 años de edad, necesita ser dializado tres veces por semana, desde hace 21 años porque padece de insuficiencia renal crónica. Varias veces ha estado hospitalizado seriamente enfermo y en las últimas semanas su caso se ha complicado.

Esta vez ha tenido que pedir ayuda para sí mismo a través de las redes sociales.

Una amiga periodista montó una campaña para recoger fondos por Internet, pero solo levantó unos 140 dólares.

“Se me ha hecho muy difícil, estoy pidiendo apoyo a ver si puedo recibirlo en bolívares”, dice Henry Vivas sobre el fracaso de su crowfounding.

“Me hacen falta 1.600 dólares para la operación. Son dos prótesis vasculares para hemodiálisis que necesito, que van aquí en la pierna”, dice al explicar su drama personal.

Ayudar al que ayuda

Levanta su camisa y en su barriga se muestra un enorme parche de gasa y adhesivo que cubre los tubos por donde lo conectan a la máquina de diálisis.

“Tenía dos semanas con fiebre, dolores de cabeza, porque parece que se me infectó el catéter que tengo en la vena cava. La prótesis iría en la pierna y tienen que poner una de cada lado. Cada una cuesta 980 dólares”, explica.

Logró conseguir una prótesis de vena a menos de la mitad del precio, pero anda buscando cómo pagarla.

“Es lo más urgente, por lo que más pido de apoyo a los que tengan a bien ayudarme. Quiero operarme porque esto me da más bienestar y me puedo bañar más cómodamente”, dijo.

Mientras tanto, sigue dirigiendo el comedor de su cocina, o buscando donaciones, organizando actividades deportivas, pidiendo agua para el barrio e implementos para ayudar a sus vecinos a enfrentar la cuarentena y un temido brote del Covid-19.

Un comedor que no falla

En su casa de Caucagüita, una de las barriadas más pobres en el paupérrimo Este de Caracas, recibe a los niños con un plato de comida preparado por su mamá y otros parientes.

El comedor subsiste con donaciones tramitadas por una ONG llamada Alimenta la Solidaridad, que ha logrado atenuar focos de desnutrición en comunidades de la gran zona metropolitana de Caracas.

En estos días de cuarentena obligatoria para intentar detener la propagación del coronavirus que provoca la enfermedad respiratoria Covid-19, los niños retiran su plato de comida y los llevan a sus respectivas casas.

Normalmente los beneficiarios –de entre un año y 12 años- deben comer ahí, para que los activistas estén seguros de que el esfuerzo va a quien más lo necesita más.

En Caucagüita, como en otras partes de Venezuela, hay hambre, y siempre existe el riesgo de que los adultos, o los más grandes, les arrebaten comida a los más pequeños.

Venezuela ya estaba sumida en lo que los expertos llaman «una emergencia sanitaria compleja», antes de la llegada del coronavirus.

Ahora, la cuarentena y los casos detectados aquí han terminado de paralizar una economía que ya estaba postrada.

 

En la sala de la casa de Vivas quedan las huellas en el piso de cemento, después que desde las 11 de la mañana de ese martes desfilaran los infantes para llevarse sus raciones en potes reciclados de margarina y de arroz chino.

Meses atrás, durante otra visita, los periodistas de El Estímulo presenciaron cómo el bullicio de los niños animaba toda la humilde casa.

“La situación está muy difícil aquí, en la parroquia, porque estamos en cuarentena. No hay transporte, tenemos más de cuatro meses sin una gota de agua por tuberías”, dice Vivas.

La huella de la enfermedad

Las huellas de la insuficiencia renal son visibles en su rostro y en su andar. Henry Vivas tiene cuatro días sin dializarse.

Le tocaba el lunes, pero no pudo llegar porque estuvo esperando transporte desde las 4:15 de la mañana hasta las 7:00 a.m “y no pasó ni un carro”. Tuvo que devolverse a su casa.

“Se podrán imaginar todo lo que tenemos que hacer para cocinarle a 65 niños a diario. Hay que tener mayor precaución, mayor limpieza. De verdad es muy difícil. Pedimos a las autoridades que surtan el agua”, denuncia Henry Vivas.

Por estos días, la normalmente agitada Caucagüita está un poco más tranquila, mientras sus habitantes ansiosos esperan por cisternas de agua. Filas de tanques azules están alineados en las calles.

Cuatro meses sin agua

Desde noviembre no sale agua por las tuberías.

Para mantener activo el comedor de los niños hay que acarrear agua -llevada a los vecinos y de vez en cuando por camiones cisternas – desde un estacionamiento de unos pequeños edificios residenciales adyacentes a la casa de Henry Vivas.

“Esto es lo que nos queda de agua”, dice el activista social al levantar la tapa de un tanque de unos 2.000 litros ubicado en un corredor que da a un barranco. El otro recipiente está vacío.

Este administrador de empresas, de 50 años, que trabajó durante 20 en la banca, es uno de los pocos activistas comunitarios en una barriada donde la mayoría solo parece esperar a que aparezca alguien del gobierno para asistirlos.

En 2010 tuvo la suerte de conseguir un trasplante de riñón, pero solo le duró dos años.

Su organismo terminó rechazándolo porque no consiguió mantener el uso de los medicamentos inmunosupresores, ni los antibióticos para combatir una infección.

Ahora, él mismo está en la línea de alto riesgo en caso de que la pandemia de Covid-19 se cebe sobre Venezuela con la misma furia que lo ha hecho en Italia.

Todos los sanitaristas del mundo insisten en que el mejor método de prevención del coronavirus es lavarse las manos, al menos cada 20 minutos. También, mantener la higiene de todas las superficies que nos rodean.

Pero eso es un lujo en lugares como Caucagüita.

Problemas de sobra

En la calle cercana al comedor, algunos vecinos gritaban a los periodistas que no los mataría el virus sino el hambre. Intentaban comprar algo en un ventorrillo vecinal.

Otro hombre reclamaba que las mascarillas valen un dólar. “¡Un dólar, y hasta cinco dólares!”.

Con un dólar todavía era posible comprar esta semana una pieza de pan en una panadería en Caracas.

La hiperinflación ha repuntado por estos días con más virulencia que cualquier epidemia.

Pero Vivas no es un soldado solitario.

En realidad, activistas como él y ONG’s que los respaldan están más presentes que las propias autoridades electas, o que los propios militares que rigen el país con mano de hierro contra la disidencia política.

La joven Karina Quintero es otra activista social en Caucagüita, un complejo de ranchos (favelas, chavolas) en el municipio Sucre, una zona de Caracas conocida genéricamente como Petare.

henry vivas

Henry Vivas y Karina Quintero, frente al comedor en Caucagüita (Foto: Daniel Hernández/El Estímulo)

Ella trabaja en el sector Turumo, donde atiende en su casa otro comedor para 75 niños y 10 madres lactantes.

“Ellos iban a comer a la casa, pero por seguridad y prevención se les está dando para que se la lleven a sus casas, tomando precauciones por el virus”, explica.

“La comunidad no está realmente preparada para defender esta enfermedad, ya que no tenemos ningún insumo. Nos hace falta el agua, el cloro para combatir esta enfermedad”, agrega.

Petare vive de la informalidad

Los habitantes de Petare en su mayoría viven de la informalidad, se las arreglan por su cuenta, y siempre están a la espera de ayudas del gobierno, como la caja de alimentos racionados por el chavismo, llamada Clap.

Ese subsidio directo que llega esporádicamente,  es recibido por 50% de los hogares en marzo (en diciembre era 70%), según firmas de estudios de opinión como Delphos.

Pero los Clap también suponen un enorme negocio para los jerarcas en el poder, como ha sido denunciado dentro y fuera de Venezuela.

“La gente aquí vive de sus negocios, de cosas que pueda hacer por su cuenta, porque lo que les da el gobierno no alcanza para nada. Gracias a Dios tienen estos comedores que les da aunque sea una comida al día a los niños”, dice Quintero.

De los 70 niños, 10 están bajos de peso y pierden calcio por la orina, según estudios médicos auspiciados por Alimenta la Solidaridad, la fundación que los ayuda a cubrir estos comedores populares, cuenta la joven.

 

Ciudad Tablita: madera, hambre y olvido

En Ciudad Tablita, en el sector Caucagüita del estado Miranda, se reúnen todas las desgracias. Pobreza, hambre, abandono, desempleo, enfermedades, desdichas familiares. Una trágica muestra del país a pequeña escala de una ciudad levantada con madera. Ahí el tiempo marcha distinto, cada quien anda en lo suyo, tratando de sobrevivir el día a día sin sucumbir en el intento. Dentro de tantas adversidades, comedores comunitarios atendidos por los propios vecinos del municipio Sucre son la muestra de la solidaridad en los momentos más oscuros