Historias Vagabundas | Carmen Dugarte: “El peligro me persigue”

Con los pies descalzos, pocos dientes pero sonriente se encuentra en Altamira esta joven merideña que nació en un pequeño pueblo llamado Santa Cruz del Moro. Vino a Caracas en busca de una mejor vida que todavía no conoce.  

Historias Vagabundas | Carmen Dugarte: “El peligro me persigue”

Vivió 9 años en La Guaira hasta que se hartó y se fue a la capital, huyendo del maltrato verbal y psicológico que, según ella, sufría de sus padres. Su mirada delata que ha pasado por varias rehabilitaciones por culpa de su adicción a las drogas. “No aguanté la presión y me fui de mi casa. De mi vida, deberían hacer una novela”, confiesa al pie de una de las escaleras que comunican con la estación de Metro de Altamira.

Pero en la vida de Carmen Dugarte no todo es tragedia.  Dice que una de sus más grandes alegrías son sus dos hijas, María y Daniela, quienes -asegura- se encuentran estudiando y la ayudan a vender objetos usados con los que se gana la vida.

La experiencia de vivir en Caracas es “indescriptible”, confiesa esta joven indigente, de 27 años, con la expresión de miedo en su cara. La droga se encuentra por todas partes y para quienes viven sin un techo saben que es constantemente una tentación: “yo fumaba día y noche, me puse delgada y apenas pesaba 20 kilos”.

Historias vagabundas. Plaza de Altamira.

El peligro es latente en la vida diaria de Carmen. Ella intenta rebuscarse la vida vendiendo objetos junto a los artesanos que se agrupan en la entrada del Metro. Algunas veces sus hijas la ayudan, entregándole artefactos que encuentran por el camino para que los pueda vender. También se busca la vida, barriendo las calles o atendiendo en pequeños locales. “El mundo de la calle no es fácil, para nadie es fácil”, insiste.

Historias vagabundas. Plaza de Altamira.

Como una de las experiencias más amargas vividas, recuerda Carmen, fue la de un trabajo como limpiadora en un hotel.  Allí se vendía droga y la prostitución circulaba por las habitaciones. En varias ocasiones, fue amenazada de muerte y de no ser por un amigo que vendía drogas en el lugar, su vida pudo haber acabado hace años. “El jefe era mi amigo, él era el pran del hotel y no confiaba en nadie. Una vez le dispararon en el estómago y yo era la única que limpiaba sus heridas. Fue el único que me protegía”, asegura.

Un sueño cambió la vida de Carmen. Recuerda que estaba en un camino blanco con personas a su alrededor y una llama flotando. “Yo nunca había visto un camino tan hermoso”. Afirma que la voz de un hombre buscándola la despertó. “Yo no estaba lista para morir”. Tras el sueño, dice que comenzó a llorar.

Para ella, ese sueño fue la segunda oportunidad que la vida le había concedido. Desde entonces, se ha sentido inmensamente agradecida con el mundo.

A partir de esa “señal”, la vida de Carmen comenzó a mejorar a cuentagotas. Jura que ahora se enfoca más por el trabajo que por las drogas. Tiene dos metas trazadas: una, ingresar a una academia de baile para aprender bachata y, la otra, entrar a una escuela de canto. “Yo dejaría todos los malos vicios por la danza o el canto” confiesa.

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