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Humanos: ¿monos + loros?

En este artículo, Oscar Doval plantea la escasa capacidad del ser humano de mejorar después de las crisis

Humanos: ¿monos + loros? por Oscar Doval

En estos días vengo hablando por acá y por allá del “nuevo orden mundial” tras la COVID-19, como un fenómeno positivo que nos hará evolucionar hacia una mayor conciencia colectiva y un mejor vivir.

Al escucharme, mi mujer me dio un golpe bajo al mandarme un artículo publicado en El País el 16 de mayo, por mi querido y admirado amigo Moisés Naím, titulado La pandemia: reacciones, exageraciones y confusiones.

De manera muy sucinta, Moisés desmonta con argumentos racionales la posibilidad de cualquier reorganización, cambio o desarrollo humano tras las crisis mundiales de gran impacto, incluyendo la COVID-19. Concluye diciendo que las cosas permanecerán más o menos igual después del coronavirus, y que no le hagamos caso a “charlatanes” que van pregonando por ahí cambios y evoluciones humanas.

Mi hijo, en la misma línea de su mamá, me dio una estocada mortal, diciéndome que el ser humano es individualista y narcisista en su esencia biológica y psicológica, y que solo se preocupaba de los colectivos cuando el miedo por su integridad lo obligaba a agregarse y volverse más cooperativo, como está ocurriendo con el caso de la amenaza letal de la pandemia.

De hecho, para ser más preciso, el muchacho, muy convencido, me comentó que desde el punto de vista de morfología cerebral, entre un chimpancé y un humano solo hay una diferencia de 3 a 4 milímetros en corteza cerebral, lo que nos permitía a los seres humanos hablar, pensar un poco más y guardar ciertas formas sociales cuando no nos ven. Incluso, tuvo el atrevimiento filogenético de asegurarme que los humanos nos comportábamos poco más que como una mezcla de un mono caminando erguido, y un loro, repitiendo las pendejadas que dicen los demás.

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Lo anterior, además, lo sustentó con una cantidad de argumentos históricos de peso indudable, que recorrían desde los asesinatos masivos de las cruzadas y la inquisición, hasta los últimos conflictos bélicos del medio oriente; sin que haya mediado mayor diferencia entre unos y otros, más allá de los siglos transcurridos, y diferentes argumentos, vestidos para la ocasión.

¿Pero no vamos a cambiar ni un poquito?

Terco en mi posición de un “nuevo orden mundial”, me volteo a referentes históricos recientes, y puedo ver que algunas grandes crisis han generado cambios geopolíticos, económicos y sociales. Asimismo, mi viejo, de 93 años -hoy me dio por meter en este rollo a la familia completa-, dice que todo tiempo pasado fue peor. Mi padre asegura que por asuntos de nuevos derechos y normas de convivencia internacional, y quizás algo de evolución social, la crueldad humana es sin duda hoy mucho menor que en la época de las carnicerías medievales.

Primera Guerra Mundial: nuevo orden geopolítico

La Primera Guerra Mundial, desatada en 1914 por el ánimo independentista serbio del Imperio austrohúngaro, generó una confrontación entre la mayoría de los países europeos, con las intenciones de restar poder bélico y económico a las potencias imperiales europeas dominantes del momento.

La alianza del Imperio austrohúngaro y Alemania, que dominaban buena parte de Europa, fue derrotada por una nueva alianza compuesta por Rusia, Inglaterra, Francia, USA y Japón. Tras cuatro años de combate y 20 millones de muertos, un nuevo orden geopolítico fue establecido en Europa, cuyo dibujo de países y fronteras cambió para siempre, con los antiguos imperios desaparecidos y el surgimiento de una decena de nuevos países en el mapa europeo. Asimismo, se hace un primer intento de garantizar la paz mundial, a través de la fundación de la Liga de Naciones, antecesora de la ONU.

Segunda Guerra Mundial: nuevo orden económico

Tan solo 20 años después, en 1939 y desencadenada por la invasión de Adolf Hitler a Polonia, se desata una furia expansionista mundial, en la que países como Rusia y Japón, encabezados por Alemania, fagocitan todo territorio cercano y lejano, movidos por el afán de control y dominio político y económico. 70 millones de muertos después -entre ellos cerca de 10 millones de judíos, por el simple hecho de ser judíos- y tras 6 años de devastación mundial, culmina el conflicto.

Tras la guerra, se establece un orden geopolítico y económico diferente, en el que la Unión Soviética y Estados Unidos surgen como las 2 nuevas potencias imperiales del mundo, colocándose en las aceras contrarias del comunismo y del capitalismo, lo que termina de definir otro nuevo orden político y económico.

En 1945, año de finalización de la guerra, se funda la ONU, tras el fracaso de la Liga de Naciones por preservar la paz; y 3 años después, en 1948, la ONU realiza la Declaración Universal de Derechos Humanos, una de las normativas más esenciales, robustas y burladas, sobre el derecho de la humanidad a seguir existiendo.

Tras terminar la guerra, también se crean el FMI y el Banco Mundial, después de haberse celebrado los acuerdos de Breton Woods en 1944, firmados por muchas naciones del mundo en New Hampshire. Estos acuerdos son una suerte de “pacto puntofijista”, en virtud de los cuales EE UU se consolida como imperio capitalista del mundo, decidiendo que el patrón dólar-oro pasa a ser el referente de intercambio comercial y financiero en todo el orbe.

En Breton Woods, se echa por tierra la romántica propuesta keynesiana de los británicos, en virtud de la cual los países podían disponer y prestar dinero a través de una cámara de compensación mundial, según los déficits o excedentes de dinero de la balanza comercial de cada economía. Una propuesta realmente solidaria, que los gringos patearon porque les restaba control y poder.

Guerra fría

Después de la Segunda Guerra Mundial, EE UU pasa a dominar claramente la economía global hasta nuestros tiempos. Entre los 50 y los 80 se desata una pugna política imperial con la URSS, la bien conocida guerra fría, que sostiene la amenaza con una guerra nuclear de haría explotar el planeta en pedacitos. Este oscuro período vio como los departamentos de Estado de esos países imperialistas, y sus agencias policiales políticas, la soviética KGB y la estadounidense CIA, respondiendo a intereses propios, ponían y tumbaban gobiernos en diferentes países del mundo, conflictos y muertos incluidos, por supuesto.

Empavada por Gorbachov y la Perestroika en los 80, la URSS deja de ser una potencia política y económica, mientras que otro portento comunista mundial, trabajando calladito, China, que no tiene paz con la miseria, se consolida como el segundo imperio económico del mundo entre finales del siglo XX y lo que va del siglo XXI.

Esto no gusta para nada a EE UU y particularmente a Trump, quien se da cuenta que más de un 50 % de la manufactura estadounidense depende del gigante asiático. Esto genera una confrontación retórica entre EE UU y China, en lo que podría ser el inicio de la tercera guerra mundial, de carácter económico y no armado. Mosca, esta guerra puede ser mucho más peligrosa y mortífera.

El conflicto en ciernes se ha agriado con la pandemia del coronavirus, de la que Trump culpa a China. Jamás culparía al neoliberalismo, a la globalización, a la destrucción de ecosistemas y biodiversidad, empujada por los gringos dentro de su afán de producir y acumular riquezas; así como al nefasto manejo sanitario que ha realizado EE UU para manejar la COVID-19 y que ha costado la vida a más de 100 mil de sus ciudadanos.

Otras crisis, otros órdenes

Mientras tanto, los gringos, elección tras elección presidencial, han ido produciendo conflictos bélicos en diferentes lugares. Estas guerras, hechas a la medida, las montan para ganar la adhesión de los electores, usando el miedo al terrorismo islámico, como un arma inefable para que los ciudadanos voten por un presidente protector.

Disfrazados con capas de superhéroes defensores contra el terrorismo y el narcotráfico, además de presentarse como adalides de la democracia y la libertad, han aniquilado chorros de gentes, con particular inquina contra el Medio Oriente y el norte de África. Los países donde siembran guerras los han dejado totalmente arrasados y en permanente conflicto. Para muestra, veamos las realidades actuales de Libia, Irak, Siria y Afganistán, tras el paso de la aplanadora bélico-electoral americana.

¿Y nosotros qué?

Ahora, para las próximas elecciones de USA en noviembre, que pretende ganar nuevamente el impresentable de Trump, Venezuela se erige como un nuevo target, con todas las características de los estados islámicos, pero en América Latina.

Tras 3 años de sanciones financieras salvajes, que han empobrecido más al pueblo venezolano, los gringos siguen ejerciendo medidas de presión como impedir la venta y el cobro de nuestro petróleo, y la importación de derivados, lo que ha producido una grave escasez de gasolina. También dificultan la compra de alimentos e insumos de salud, aun en la emergencia sanitaria de la pandemia, y para más, celebran la reciente salida de Directv.

Pregúntese usted, señor Trump, si con eso ha logrado movilizar un milímetro al gobierno de Nicolás Maduro, o al menos ha logrado consolidar un movimiento opositor, coherente y ético, que pueda confrontar al oficialismo. Pregúntese, además, si esto favorece condiciones para el diálogo entre el oficialismo y la oposición en búsqueda de una salida democrática para la crisis política venezolana. La clara respuesta es No.

Ante cualquier duda de los lectores, insisto en aclarar mi postura política: ni soy chavista, ni suscribo el liderazgo de Maduro, soy simplemente venezolano. Releyendo lo que escribo, le estoy comenzando a dar crédito a mi hijo. Las crisis globales como que no conducen a un nuevo orden mundial sino a un desorden internacional, y parece que ahora nos llegó el turno a los venezolanos.

¡Qué vaina!