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Intensamente y la torre de control de la revolución

Uno de los segmentos más inquietantes de Intensamente son sus créditos finales, que echan un vistazo a las torres de controles de cerebros de terceros.

Con vaselina, la película Intensamente introduce en función de matiné y para toda la familia (las colas han estado brutales: las de los cines) la noción del determinismo neurocientífico: olvídese de la voluntad, del libre albedrío, del raciocinio, de la preciosa individualidad. Todas las decisiones que tomamos en realidad responden a la consola de DJ de cinco muñequitos de colores en nuestra corteza cerebral.

Emociones básicas. Alegría, Tristeza, Miedo, Desagrado, Arrechera. Se reparten las guardias nocturnas para vigilar nuestros sueños y pesadillas. Cuatro contra una. Si Alegría, la única que parapetea más o menos el optimismo para levantarse todos los días, abandona la torre de control por una imperiosa necesidad fisiológica, imagínese la que se puede armar. Ahora se explica porqué el mundo está como está.

Por cierto, cuando estaba haciendo la cola para ver lo nuevo del estudio de animación digital Pixar en el Unicentro El Marqués el pasado viernes al mediodía, nos pasaron corriendo al lado choros y policías con armas en alto, como en una película. Miedo, desagrado, desagrado, tristeza, más o menos en ese orden.

Muchas de las ideas expuestas en Intensamente fueron resumidas en “Lo lamento, pero su alma ha muerto”, un artículo escrito a finales de los noventa de Tom Wolfe, pionero estadounidense del nuevo periodismo, que se aventuraba por las implicaciones sociales de los avances de la neurociencia y los escáneres cerebrales. “Nuestras veneradas elecciones morales no son elecciones desde el punto de vista del libre albedrío, sino tendencias grabadas en el hipotálamo y las regiones límbicas del cerebro”, especulaba Wolfe acerca de los hallazgos de neurocientíficos como Edward O. Wilson.

“En consecuencia, para 2010 o 2030, un nuevo Nietzche anunciará: ‘El yo ha muerto’. Aunque si tiene una vena poética, como la tenía Nieztche I, probablemente dirá: ‘El alma ha muerto’ (…). Y el caos que se desatará hará que la frase ‘transvaloración de todos los valores’ parezca endeble”, pronosticó entonces Wolfe.

Quizás no imaginaba (quizás: ni con un escáner exploraremos todas las callejuelas de un cerebro) que su profecía se consumiría en 2015 junto con cotufas y refresco en el Cine Ayacucho, cerca del Metro de Capitolio, que fue donde terminé viendo el estreno más taquillero de la historia de Pixar (90 millones de dólares el fin de semana).

En Intensamente, una niñita de unos 10 años, que no parece ser precisamente la mata de la inteligencia (“nadie quisiera descubrir que es un mediocre genéticamente programado”, advierte Wolfe), es gobernada por la alegría, una especie de Campanita encargada de enviar metras de pensamiento de tecnología táctil mayoritariamente amarillas (alegres) a las islas constitutivas de la personalidad.

“Según los sicólogos evolutivos, la felicidad del individuo depende fundamentalmente de los genes. Algunas personas están programadas para ser felices; otras, no”, expone Wolfe. Por supuesto, ocurre una crisis, porque si no, no habría película.

Alegría mide 90-60-90 y tristeza es obesa, miope y muy similar al fantasma de la Llorona Myrtle de Harry Potter, lo que a mi juicio es discriminatorio contra los que, a mucha honra, hemos sido programados como depresivos. A Intensamente y a su director Pete Docter se le puede criticar una u otra cosa (la visión en extremo conservadora de la familia, el sentimentalismo desbordado en la tierra del olvido, muy similar al cementerio de juguetes desahuciados de Toy Story 3), lo que no se pone en duda es que estamos ante uno de los estrenos más revolucionarios y trascendentes de Pixar al menos desde Up (2009).

Uno de los segmentos más inquietantes de Intensamente son sus créditos finales, que echan un vistazo a las torres de controles de cerebros de terceros. La mamá (miope) de la niñita Riley es gobernada por una especie de tristeza serena (cabría preguntarse si todas las mamá son en el fondo tristes). El papá, por una ira administrada. Una niña gótica del colegio de Riley, por un desagrado intrínseco.

Y he aquí que llega la otra gran pregunta que deja Intensamente: ¿quién ha gobernado durante todos estos años en los cerebros de la revolución, en especial con los que se han quedado con la torre de control del país tras la muerte cerebral de la Gran Corteza?

La conclusión fácil con Diosdado Cabello es que detrás de esos ojitos claros manda la ira y el desagrado, lo que es visible y notorio cada vez que pronuncia despectivamente la palabra “ellos”, en la que mete en un saco a todos los que no somos “nosotros”.

Con Nicolás Maduro, no estoy tan seguro. Quizás hay genuina alegría en sentirse el Míster Increíble de los que nada tienen, más allá de que a mediano plazo terminen igual de fuñidos. Quizás controla la consola un colosal temor a admitir que todas las políticas económicas del chavismo han estado equivocadas y que Francisco Faraco siempre tuvo la razón.  Quizás, como en la película, ha ocurrido una crisis, se reventó el saquito de metras de los pensamientos centrales y la gran cuestión cinematográfica que habría que hacerse es dónde está el piloto.

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