Jacob Handeli: “De las cenizas de Auschwitz puede salir la cura del cáncer”

Jacob Handeli, “Jackito”, es uno de los últimos sobrevivientes de Auschwitz que pueden contar de primera mano los horrores de la maquinaria de la muerte nazi.

“Yo me llamo Jacob Handeli, en casa me llamaban Jackito, tenía dos hermanos grandes y tres hermanas, yo era el más chiquito”, dice uno de los pocos sobrevivientes de la maquinaria de la muerte y el horror de Auschwitz.

Hoy 75 años después se recuerda la liberación del campo de exterminio y se conmemora a las víctimas y sobrevivientes del holocausto nazi.

Jackito, como prefiere que lo llamen, es originario de Tesalónica o Salónica. Es un griego que habla español ladino, un español antiguo que mezcla con algunas palabras, en su caso, griegas y hebreas.

“Hablaré de los judíos de Salónica, Salónica era la madre de Israel. Los judíos de Salónica vinieron de España, mi familia vino de Cataluña en el siglo XVI cuando fueron expulsados por los reyes católicos”, cuenta.

“Mi familia vino de Cataluña, no sé de qué lugar. Fuimos en oleadas a Salónica y allí creamos lo que llamábamos Cataluña Haddash o Cataluña la nueva. Antes de la Segunda Guerra Mundial había en Grecia 74.000 judíos, de estos 55.000 estaban en mi ciudad”, sigue.

Jackito afirma que Salónica era una ciudad judía, y su puerto cerraba en Shabat. “Judíos de España y de Portugal iban allá con muchas provisiones, condimentos. El puerto era muy primitivo pero con el trabajo lo convirtieron en el tercero más importante después de Estambul y Constantinopla, Salónica era el tercer puerto más importante del imperio Otomano”.

Era una época dorada, explica que 95% de los trabajadores del puerto eran judíos y todo el comercio estaba dirigido por ellos.

Su vida comenzó a cambiar en 1940

En 1940 Mussolini conquistó Albania.

“El sueño de Benito Mussolini era Grecia, pero no pudo tomarlo porque los griegos eran orgullosos”, afirma.

“Mi padre era Shlomo, mi madre tiene un nombre complicado para ustedes Tutuk, un hermano que se llamaba Louda, mi hermano el mayor se llamaba León y mi segundo hermano se llamaba Samuel, mi hermana se llamaba Perla y le seguían Luz y Bienvenida. Me dieron el nombre de mi tío, pero me llamaban Jackito. La gente que me conoció en el campo de concentración en Auschwitz aún me llama Jackito”, dice.

“Al empezar la guerra a mi primer hermano, León, no lo tomaron los soldados. El segundo, Samuel, era grande, atlético, yo tenía 13 o 14 años de edad y quería ser como él. A él sí lo reclutaron. La guerra no era en Grecia sino en Albania. Los italianos no entraron en Grecia, no son buenos combatientes, les place las mujeres y el vino. Luego de tres meses Mussolini le pidió ayuda a Hitler por lo que los alemanes entraron a Grecia”.

El primer año de la guerra, recuerda, en 1941, las cosas estaban normal. Sí había escasez porque toda la producción era enviada a Alemania, la gente comía lo que encontraba. Jackito vio a niños de 5 y 6 años de edad, que buscaban lo que fuera para comer e intentaban comprarles a otros judíos fuera de la ciudad. Poco a poco el dinero perdió valor y las personas empezaron a hacer trueque.

“Mi padre era comerciante de cemento, hierro, ladrillos y otros materiales de construcción. Teníamos una casa grande y bella en el centro de Salónica. Él era buen comerciante y negociaba todo lo que podía en el mercado negro así que yo no tuve hambre. Pero sí vi a niños desnutridos”,  señala.

Judenstatt

Al final de 1941 vino Adolf Eichmman y llamo a Salónica “Judenstaat”, la ciudad de los judíos. En Salónica había 50 sinagogas y un cementerio judío de más de 865 años. La primera cosa que hizo Eichmman al llegar a la ciudad fue entrar con bulldozer, con máquinas para derribar las tumbas.

Hoy en el mismo lugar en el que estaba el cementerio está la segunda Universidad de Grecia, solo la de Atenas la supera. Hay un cementerio nuevo hecho en 1942 afuera de la ciudad.

Los alemanes querían enviar a los judíos de Salónica a Polonia para usarlos como trabajadores. En esa época los alemanes atacaron Grecia y la Unión Soviética.

“Hubo judíos que, ante la amenaza, terminaron siendo colaboradores de los nazis”.

“En 1943 Hitler entró en Salónica. Mi padre no se asustó porque dijo que si nos mandaban a Cracovia, Polonia, habría trabajo y la comunidad judía nos recibiría con las manos abiertas”, manifiesta y agrega que su padre era un hombre ingenuo.

“Él pensó que debía cambiar los dracmas, moneda griega, por zlotys, moneda polaca. Yo tenía ya 15 años de edad, mis hermanos eran hombres. Samuel era héroe de guerra, tenía una medalla”, indica.

Shlomo, el padre de Jackito, comerciaba zapatos porque sabía que en el frío de Polonia eran muy necesarios. “La casa en la que nací estaba frente al mar. De ella nos obligaron a salir, no con maletas, sino con sacos de 20 kilos para nuestras pertenencias. Si tenías más de 20 kilos pagabas sobrepeso como en los aviones”.

El día que llegaron los alemanes entraron en la casa de Jackito 5 personas. Los montaron en una carreta con el saco de 20 kilos. Todo lo demás quedo allí.

Raus, Schnell

“Estuvimos en Salónica hasta 1942 mis tres hermanas, mis dos hermanos, mis padres y mi abuelo que murió cuando los alemanes entraron. Lo enterramos y luego de tres o cuatro meses los alemanes profanaron las tumbas”, rememora Jackito.

A partir de ese momento les hicieron poner las estrellas de David. Jackito y su familia fueron obligados a montarse en un barco sin conocer el destino a donde irían. No volvería a ver su hogar hasta el fin de la guerra y todo lo que alguna vez tuvo allí se perdió.

“Mi amigo Elie Wiesel escribió un libro… La noche… es un  libro muy importante porque todos los transportes que fueron a Auschwitz, todos, llegaron después de la medianoche”, afirma.

Inocente de lo que acontecía, Jackito pensó que los polacos debían saber lo que estaba pasando con los judíos.

“Nos llevaron en ese vagón para caballos, enfrente había camiones con las luces prendidas y alemanes de la SS con perros, perros grandes que ladraban y los alemanes gritaban ¡Raus!, ¡Raus!, ¡Schnell!, ¡Schnell!”, pronto sabría que esas palabras significaban afuera, rápido.

Pronto vio los vagones que lo llevarían al campo de exterminio de Auschwitz. “Los vagones eran muy altos. No había rampa para bajar, yo era joven y podía saltar al igual que mis hermanos, pero mis padres y hermanas no. ¿También me preguntaba que iba a hacer con los 20 kilogramos que traíamos de casa? Un ladino nos dijo que dejáramos todo dentro del vagón”.

Pronto Jackito empezó a ver la crueldad y mentiras de los nazis. “Empezaron a bajar a la gente. Mi madre tenía 50 o 52 años de edad y mi padre como 57 o 58, no podían saltar y los nazis los empujaban con sus garrotes. Abajo empezó la selección, hombres, mujeres y mujeres con bebés, aparte”.

La selección

En el campo de exterminio de Auschwitz les dijeron a los recién llegados que quien no pudiese caminar se metiera en unos vagones que estaban en el lugar. Tenían el símbolo de la Cruz Roja. “No voy a olvidar que había allí cuatro escaleras para poder entrar en esos camiones. Como eran grandes le hicieron escaleras para que entraran las personas con dificultades, mujeres y niños, incluso los nazis le daban las manos para que entraran”.

Este proceso duraba 6 o 7 minutos en Auschwitz II Birkenau, la más grande máquina de muerte que había en ese tiempo en el mundo entero.

“Era una industria de la muerte”, afirma.

Jackito Sobreviviente del Holocausto

Tras la selección, separaban a hombres y mujeres. “Nos pedían la ropa, ellos supuestamente la guardaban con números y nos la devolverían al salir de un baño. Todo eran mentiras. Estuvimos 8 días dentro del vagón y no había agua para nosotros solo Zyklon B -la sustancia química empleada en la cámara de gas-”.

En la selección fue la última vez que vio a su madre, padre y hermanas.

“Mi padre estuvo conmigo en una parte de la fila, pero como no era joven lo apartaron. Me quedé con mis dos hermanos. Quedé frente a mis hermanas y vi cómo se llevaron a mi madre con el grupo de los ancianos y a mi hermana mayor”, señala.

La mitad de su familia

Su prima –que hoy vive en un asilo de ancianos en Tel Aviv- también fue enviada a Auschwitz, por ella pudo saber que sus otras hermanas, las menores, estuvieron en muy malas condiciones en el campo. “Mi prima estaba en un lugar llamado Canadá que era una bodega donde los alemanes guardaban todas las pertenencias de los judíos que quedaban dentro del vagón. Los polacos lo llamaban así para referirse a la Tierra de Leche y Miel”.

Su prima las vio, y supo que estaban muy mal. “Ellas no estaban acostumbradas a trabajar porque en casa no tenían mayor cosa que hacer de trabajo y en Auschwitz trabajaban por 13 horas diarias. Mi prima quiso ayudarlas y robar cosas para dárselas a mis hermanas, una vez sí pudo. Ella supo que estaban vivas luego de la selección, pero solo las vio una vez y nunca más”.

Así perdió Jackito a más de la mitad de su familia. Al menos aún estaban sus dos hermanos que eran jóvenes y fuertes para pasar el proceso de selección. Jackito coincidió también en el campo con el escritor italiano Primo Levy, quien terminó siendo su amigo.

En Auschwitz I vivió en casas de ladrillos de dos pisos. Allí estaba con la ropa con la que llegó de Salónica.

“Antes de entrar a las barracas nos mandaron a que nos desnudáramos y allí nos revisaban si teníamos algo de plata u oro. Nos mandaban a abrir la boca y si teníamos dientes de oro, nos lo quitaban con tenazas y,  por supuesto, sangraban mucho. Ni mis hermanos ni yo teníamos oro”.

Jackito recuerda que su padre si tenía muchos dientes de oro, a él no lo vieron pero está seguro que le arrancaron sus dientes.

El 115.003

Luego de la inspección un alemán fue y le cortó todo el cabello, les ordenaron desnudarse y los hicieron pasar a un lugar para tomar un baño.

“En cuatro días no había tomado una gota de agua. Uno puede pasar sin comer mucho tiempo pero sin agua es imposible. Cuando entramos a tomar el baño, decía que el agua no es para beber y yo dije no me importa nada y abrí la boca y tomé como medio tobo de agua”.

Luego del baño empezó el proceso de desinfección, en el que no había jabón, tras el baño le dieron un pantalón, ropa interior, camisa, unos zapatos duros y un gorro.

“A mí me dieron un gorro grande, a otro le dieron uno pequeño, así que luego entre nosotros los cambiamos. Allí nos tatuaron el número. Mi número es 115.003, mi hermano León era 115.002, Samuel era 115.004. A partir de allí ya no tenías nombre, eso quedó atrás, eras ese número y debías saberlo en alemán”, dijo.

Lejos de casa

Los hermanos Handeli estaban muy lejos de casa, pero aún luchaban por mantener la mayor normalidad posible. Hablaban español como en casa. Las personas más educadas hablaban un poco de francés, que era el idioma más importante en ese tiempo. “Yo sabía un poquito de francés, mis hermanos si sabían hablar francés”.

La mayor dificultad que había para los judíos de Salónica era el idioma y el clima. “Nosotros nacimos al lado del mar, bajo el sol del Mediterráneo. Es como Tel Aviv –clima templado- y no como Jerusalén –frío en los inviernos-, era importante porque en Polonia hace 16 o 17 grados bajo cero en invierno y estamos con un pijama, y zapatos de madera. No hay toallas, solo teníamos el gorro”.

“La mayoría de los judíos que estaban ahí y los que estuvieron allá antes de nosotros son ashkenazis, judíos polacos y nosotros no sabíamos hablar nada de yiddish o de alemán. Todo estaba en nuestra contra, el clima, el idioma, la gente que estaba allá que nos decía que no somos judíos porque no sabemos hablar el yiddish, la lengua de los judíos. Incluso tenemos otra fisonomía. Hay gente que sabe decir el Shemá Israel –plegaria judía- bendición u otras oraciones, pero aun así nos ven como judíos pero no como ellos, sino otro tipo de judíos”, señala.

La destrucción de un pueblo

Tres meses después de llegar a Auschwitz, 70% de los judíos de Salónica ya no existían. “Jóvenes como mis hermanos, que estaban casados, perdieron a sus bebés y esposas. Ellos no querían vivir”.

La dieta también era muy dura y explica por qué morían tantas personas. Durante tres o cuatro meses comían un pedacito de pan y mantequilla en la mañana, en la tarde, si eran afortunados un litro de sopa de rábanos. Trabajaban desde las 4:00 am hasta las 6:00 pm.

Para los judíos de Auschwitz era difícil, muy difícil, saber qué los separaba de la vida y de la muerte.

“Un día nos hicieron ir a un vagón y cargar sacos de cementos a un almacén. Cada saco pesaba 50 kilogramos, nosotros cargábamos todo los que podíamos para que ellos entendieran que no nos espantaba trabajar pero en verdad no entendíamos qué querían”, afirma Jackito.

“En las barracas a veces dormíamos dos, tres, cuatro y hasta cinco personas en una cama depende de la gente que venía en el transporte, muchas veces tan juntos que no se podía mover o tenías que rodar por encima del otro para poder salir”, señala.

Jackito explica que, en la noche, si querían orinar no había baño y debían acumular los desechos en un balde. El último era el que debía vaciarlo en el baño lejos de la barraca.

“Se tenía que pedir permiso y tener cuidado sobre todo en la noche con los alambres electrificados que tenían un voltaje muy alto, de tocarlos te electrocutabas, y te hacías carbón. A los alemanes no les gustaba dar permiso a estas cosas porque en la mañana debían apagar la cerca eléctrica para mover a esta gente y enviarlas a los hornos crematorios. Además no les gusta porque sin electricidad la gente podía escapar”, indica.

El experimento de Mengele

En su ardua odisea, Jackito tuvo el infortunio de toparse con el “ángel de la muerte”, Joseph Mengele.

“Me quisieron someter a un experimento médico. No lo puedo decir porque es complicado, pero una serie de circunstancias hicieron que el nazi me descartara”.

A los 15 años de edad, Jackito iba a ser sometido a un proceso de esterilización, otros judíos en el campo de Auschwitz que estuvieron al tanto le aconsejaron sobre cómo evitarlo, al ser pequeño, también parecía que no estaba sexualmente maduro y pudo evitarlo.

“Los doctores revisaron si teníamos eczemas u otras cosas y me enviaron a servir a los SS al igual que a otros jóvenes de 14 a 16 años”, dijo.

Los oficiales de las SS tenían sus casas en las afueras fuera del campo y trabajaron para ellos como sirvientes.

“A mí me mandaron a la cocina. Yo podía tomar algunas cosas como pedazos de papas crudas y meterlas en mi boca, pero no podías tomarlas contigo y llevarlas al campo, por lo que no podía ayudar a mis hermanos. Si te veían que traías algo como una papa los alemanes te mataban, revisaban el gorro y la ropa”, rememora.

La caída de un héroe de guerra

Así tuvo que ver decaer a su hermano Samuel. “Se puso en muy malas condiciones, era solo huesos y piel, se secaron sus músculos, era un esqueleto, cada dos semanas nosotros pasábamos desnudos delante de un doctor de la SS y el con el dedo indicaba, él no hablaba con ninguno, mucho menos nos tocaba, solo nos miraba, en especial atrás en el trasero”.

“Cuando uno se pone en esas condiciones no hay carne en los glúteos. Lo importante no es que se vean o no los huesos, sino que no haya carne en el trasero. Con el dedo el médico indicaba y el jefe de la barraca anotaba los  números. Un camión afuera los llevaba a Auschwitz II-Birkeanu, que tenía 4 crematorios encendidos, y cámaras de gas funcionando las 24 horas. Cuando ibas a ese camión sabías tu destino”, afirma.

Jackito recuerda la inocencia de los Handeli al llegar a Auschwitz.

“Cuando hicieron la selección y tomaron a mis padres y mi hermana mayor pensábamos que iban a tomar un baño, pero ahora sabíamos de las cámara de gas y el Zyklon B”.

Sin embargo, esa vez si sabía dónde iría Samuel. “Yo quería ser como él fue, el hombre grande y fuerte, héroe de guerra en Albania. Sin embargo, aquí lo tomaron porque se había convertido en un esqueleto”.

Jackito volvió con el único rastro de familia que le quedaba, su hermano León, sin embargo enfermó rápidamente. Lo llevaron a la clínica del campo, a la que Jackito no podía ir. “No me dejaban visitarlo y quedé solo. No tenía a nadie a ninguno de mis parientes, ni de mi familia o del barrio del que venía. Solo yo quedé. Ya tenía 16 años de edad y poco después empecé a perder peso y a quedar como un esqueleto”.

Mi amigo de Amberes

En su recién adquirida soledad, en pleno 1944, Jackito consiguió un amigo, su único amigo en este proceso. “Él era de Bélgica, familia hasídica, su padre cortaba diamantes y eran muy religiosos. Recuerdo que él era más joven que yo y que para comunicarnos yo le intentaba hablar en francés e incluso en yiddish”.

En Auschwitz a las 6 de la tarde todos los judíos debían entrar a la barraca y prepararse para dormir.

Era en este momento que charlaban, así lo hicieron durante 4 días. “Hablamos un poco, él de Amberes, yo de Salónica y preguntábamos por nuestras familias. Así nos hicimos amigos, cada vez que podíamos hablábamos un poco. Él era un poco más bajo que yo y usaba lentes. En aquel tiempo eso era un lujo”.

Un día de rutina en el campo de exterminio, Jackito esperaba para hablar con él.

“Vi de lejos lo que pasó. Un alemán se le acercó y le dijo algo. Cuando un alemán te hablaba uno debía quitarse el sombrero, pararse derecho y callar”.

Jackito vio como el soldado le quitó los lentes, los tiró a la tierra y los destrozó con sus botas.

Apenas se fue el soldado su amigo empezó a llorar porque no podía ver nada. “Yo corrí hacia él y le dije: ‘Deja de llorar, mañana con tu pedacito de pan y con el mío ,vamos a buscar uno que tenga dos pares y lo cambiamos’”.

“Yo sabía que le decía una mentira porque no había una sola persona en Auschwitz con dos pares de lentes”, señaló Jackito.

Esa fue la última vez que vio. “Se lo llevaron. Si no podía ver no lo necesitaban. Fue lo último que supe de mi amigo de Amberes”.

Repliegue de los nazis

Con la llegada del invierno de 1944 su salud empeoró, pero uno de los oficiales alemanes más importantes del lugar lo envío a trabajar a la cocina del campo. Su trabajo era limpiar la olla de la sopa de rábanos de la tarde.

“Hay un rabino en Brooklyn que dice que yo vivo porque le daba la sopa a la gente y los mantenía con vida. El tiempo que estuve en la cocina me hizo fuerte porque podía tomar restos de sopa y comer papas”, manifiesta.

Con la llegada de 1945 los alemanes empezaron a replegarse. El 18 de enero de 1945, los rusos llegaron a tan solo 20 kilómetros de Auschwitz.

“Nosotros escuchábamos los cañones y las ametralladoras. Los alemanes dejaron a los moribundos, pero a todos los demás nos obligaron a una marcha en la nieve, era una ‘marcha de la muerte’”.

Jackito cree que tan solo de describir la marcha se puede escribir un libro.

La marcha de la muerte

“Nos obligaron a caminar 65 kilómetros en la nieve. Los mismos alemanes que estaban a nuestro mando no podían caminar”, indica.

La marcha desde Auschwitz como bien indica su nombre solo buscaba eliminar a más judíos. “Yo era joven y fuerte. Nos hicieron pasar por una fábrica de ladrillos y un campo que se llama Graivitz. Yo tenía medio pan, me cortaron la camisa y me robaron la comida”.

Durante el trayecto, totalmente agotados, los oficiales alemanes, se detuvieron para descansar en el frío.

“Tenía una persona a mi lado que estaba dormida, sin embargo cuando íbamos a reiniciar la marcha notamos que estaba muerta, lo llamamos pero no se levantó, era un pedazo de hielo. Durante la fría noche, murieron muchas personas”, rememora.

“Estábamos en una estación de tren, sin nada que comer. Solo podíamos meternos nieve a la boca para tomar agua, un poco de agua”, expresa.

En la estación, los alemanes les ordenaron entrar en los vagones de carbón. “Los vagones de carbón no tienen techo y nos apilaron en ellos como sardinas en lata, no había lugar para sentarnos, solo estar de pie”.

Así, los nazis empezaron a trasladarlos.

“El vagón se movía y nos caía nieve encima. Cuando la gente moría tomábamos su lugar. Lo lanzábamos por encima del vagón sin techo para tener más espacio. Fueron cuatro días y sus noches en el vagón, sin comida, ni agua, ni siquiera podían tomar nieve por el movimiento del tren y era poco lo que caía en su boca”.

Para sobrevivir debió beber orina. Era caliente y amargo pero en este caso salvó su vida y la de otros tantos de sus compañeros.

Dora Mittelbau

El terrible viaje en tren lo llevó a Dora Mittelbau, un campo en que los alemanes hacían túneles para los misiles V1 y V2. “Trabajábamos allí como ratones durante 24 horas, estábamos llenos de piojos. En Auschwitz no había piojos pero allí sí”.

Su trabajo era cada vez más difícil pues los rusos y los americanos bombardeaban en fuego cruzado. La guerra estaba por terminar, pero no para Jackito.

“Los alemanes nos movieron una vez más el 3 de abril al campo de Bergen Belsen –bien adentro del territorio alemán- y de nuevo me puse esquelético. Pero pronto acabó la guerra. El 15 de abril de 1945 los británicos llegaron a la zona. Yo andaba muy mal, muy desnutrido”, señala.

Jackito sufría de hambre y por la desesperación comió papas crudas que estaban en una olla en el campo, por lo que le dio disentería.

“Cuando escuché llegar al primer jeep inglés yo estaba muy enfermo. Miles de personas murieron el día de la liberación. Recuerdo que buscaron al alcalde de la ciudad vecina de Bergen Belsen que se llamaba Schede y lo trajeron junto a la población para que vieran los miles de cadáveres alrededor del campo, con topadoras hicieron fosas y enterraron a los muertos”, asevera.

Como pudo se recuperó y junto a un nuevo amigo que acababa de hacer intentó alejarse de los doctores británicos pues creían que no harían nada por ellos. Mucha gente necesitaba atención y estaba en peores condiciones.

Con los estadounidenses

“Salimos del campo y sin saberlo pasamos del lado inglés al estadounidense. Recuerdo que queríamos robar unas gallinas para comerlas pero hicieron mucho ruido y nos delataron y no teníamos fuerzas para huir”, recuerda.

Un soldado estadounidense estaba cerca y les preguntó si eran italianos, les dijeron que no, ¿griegos?, a lo que respondieron que sí.

“Hablábamos en español e italiano. Nos ofreció cigarros pero no queríamos. Con un teléfono contactó con otros soldados y luego de 20 minutos vino un jeep con un capitán que hablaba griego. Nos preguntó que quiénes éramos y respondimos que estábamos en el campo de concentración. Estábamos llenos de piojos. Nos llevó a su campo con el doctor”, explica.

El doctor Goldberg era un estadounidense de origen hebreo que habló con Jackito y su amigo en yiddish y algo de alemán. El doctor llamó al sargento que los llevó afuera, les hizo quitarse la ropa y la quemó.

“Escuchábamos a los piojos quemarse con el fuego”, dijo.

Los estadounidenses les dieron abrigos y tomó por primera vez en casi tres años su primera ducha con agua caliente y jabón desde que salió de Salónica.

“Salimos desnudos y nos dieron ropas, chocolates, medias, zapatos. Luego de 30 minutos preguntamos por la comida. Nos dieron comida. Estuve con la armada norteamericana y aprendí a hablar inglés. Conduje un jeep, era el mensajero. El estadounidense que estaba allí era de origen italiano, un católico que hizo todos mis papeles. Yo no tenía papeles, era un número, pero él hizo todo por ayudarme para poder irme. Aún no existía Israel”, cuenta.

Epílogo

Tras salir de Alemania me enviaron a Marsella, Francia, donde estuve hasta la creación del Estado de Israel en 1948. Jackito salió de Francia en un barco de bandera panameña aunque lejos de la costa izaron la bandera israelí. Al llegar al puerto de Haifa se unió a la Armada y participó en la guerra de independencia israelí.

“Fue allí donde conocí a mi mujer que es siete generaciones jerosolimitana. Con ella tuve a mis dos hijos: Dafna, casada en Tel Aviv, y mi hijo Shlomo, llamado así en honor a mi padre. Él es doctor de Microbiología, hace investigaciones sobre el cáncer y ha publicado muchos libros. Mucha gente habla de revancha o no entiende por qué nos pasó esto. Yo solo me siento contento y pienso que de la ceniza de Auschwitz puede salir la cura del cáncer”.

Esta entrevista surgió de un encuentro con el sobreviviente en enero de 2009 cuando tenía 80 años de edad. Jacob Handeli “Jackito” sobreviviente de Auschwitz aún vive en Jerusalén, tiene 92 años de edad.