Joker, la película que no quieren que veas

Desde su estreno en el Festival de Venecia y su leonización inesperada a manos de Lucrecia Martel, siguiendo los pasos de Tarkovski, Visconti o Cassavetes,  la cantidad de cobertura en redes dado a este film ha sido, cuando menos, de proporciones épicas.

El film de Todd Phillips ha dividido al mundo en defensores o detractores  de esta obra.El director es mejor conocido por sus comedias, Road Trip y The Hangover, antes de ser mundialmente aclamado o detractado por Joker, la idea del autor puede haber sido hacer una película acerca del vacío cultural en que habitamos como sociedad, pero en realidad, algunos puntos de su guión me hacen pensar que justamente el film puede ser irremediablemente un ejemplo de ese vacío.

Arthur Fleck es una persona con serios problemas, posee una especie de síndrome Touretiano que le hace reír incontrolablemente bajo situaciones de estrés, un buen giro de la razón de su risa/tos tan particular. Es un hombre triste, solitario, que vive con su madre, con quien obviamente tiene una relación de amor-odio.  Más adelante vemos como el el saco de boxeo de la humanidad entera, Arthur es retratado como una víctima, un producto de la sociedad que es injusta con él, nos vemos obligados a simpatizar con el monstruo, a verlo como alguien que simplemente reacciona ante un mundo cruel sin ser responsable por sus decisiones y actos.

Gradualmente vamos observando como va pasando de alguien inestable, que toma siete medicamentos distintos,  a una persona perturbada, hasta finalmente alzarse como un maníaco homicida. El problema con este planteamiento, es que este tipo de comportamiento, lo hemos observado por años, lo leemos cada fin de semana, gente sola y deprimida que le cae a tiros a los niños de su escuela, a los de su iglesia o a un jardín de infantes, y sin embargo no sentimos empatía con los victimarios.

No me malentiendan, la actuación de Joaquín Phoenix es brutalmente desgarradora, no tiene sentido compararla con la de Heath Ledger o Jack Nicholson, pues los anteriores no estuvieron en el centro de sus respectivas películas, en esta, cada cuadro está diseñado para adentrarnos en la sique de este personaje. Ninguna otra historia de origen de un villano había sido tan oscura, ni siquiera Venom, es un fuego que inicia muy bajo y va ardiendo lentamente hasta ocasionar una explosión al final.

Es muy difícil pensar que otro actor podría haber interpretado este personaje en esta película, Phoenix le da una dimensión y una profundidad glacial a su personaje, para ello, bajó mas de veinticinco kilos de peso, quedando en una musculatura deslavada, que a veces se siente monstruosa en parte por las posturas trabajadas por el actor quien se aprovecha de su propia deformidad (Joaquin tiene un desplazamiento inusual en su hombro y brazo izquierdo) para retratar este villano.  Su cara en ocasiones parece labrada en piedra y en otras parece ser de plastilina, un palo de performance, una nominación al Oscar ya está en camino.

Lawrence Sher, Director de fotografía,  ha trabajado ya con Todd Phillips en las tres películas de la saga Hangover, The Dictator y Paul, sin embargo en los últimos años se ha dado a conocer gracias a trabajos como Godzilla, God of Monsters, se luce con los encuadres, siempre adaptándose al diseño de producción, Arthur nunca se ve reflejado como enorme en la pantalla, siempre lo vemos minimizado, rodeado de cosas, en realidad incluso ahogado en cosas, por momentos tan lleno de elementos está el cuadro que es todo un logro de la cámara el lograr ese vacío entre Joker y su entorno, usando lentes largas en las que lo vemos desde lejos, como una fracción minúscula de Ciudad Gótica, protagonista siempre presente en todo el film, y por los primeros minutos de la película esto se mantiene, hasta que llega el primer acto en el que sentimos empatía por el personaje, que es cuando recibe la paliza de los pandilleros en la calle que le roban su cartel, es justo en este momento cuando Sher rompe con lo anterior y usa un angular amplio y nos presenta al personaje muy de cerca, lo humaniza.

La música de  la cellista Hildur Guðnadóttir’s  es hipnótica, una especie de trance que va in crescendo para confabular con la atmósfera lenta y tensa del film encontrando en el cello el instrumento que marca la pauta del score.  Aunado a eso, escuchamos referencias a canciones clásicas americanas  de soledad y despecho que referencian al mundo de Arthur. Unicamente hacia el final es cuando ese tipo de canciones cambia, y encontramos 3 opciones muy arriesgadas: That´s Life, de Sinatra, cuando el personaje se tiñe el cabello de verde. Rock N Roll, de Glitter, en la fantástica escena de la escalera. White Room, de Cream, cuando ocurre el clímax al final y el Joker se asume a sí mismo. Estas 3 canciones son oscuras y desafiantes, como el personaje en su pináculo.

Finalmente, el Joker afirma no estar ligado personalmente con  tendencia política alguna, sin embargo eso no lo hace menos político. Acá el director pudiera estar planteando mostrar los riesgos del Populismo Revolucionario o de la Anarquía, y quizás una severa crítica a la derecha que aspira gobernar el mundo por siempre. La verdad es que no es un territorio claro, pero se nos muestra a la familia más rica y famosa de la ciudad del lado de los villanos, colocando al Joker como  un personaje amenazante y oscuro, pero a la vez, correcto por ser la imagen e ícono de una revolución hacia los dinosaurios dirigentes que tratan al pueblo como ciudadanos inferiores.

Lo que sí es menester es verla, no deje que se la cuenten, menos aún politiqueros que tratan de justificar posturas seudo beatas echándole la culpa al cine por promover cierto tipo de actos. Como si la sociedad y los individuos no tuvieran responsabilidad de sus propias elecciones.